jueves, 17 de enero de 2013

Cazador de Nostalgias - Cuento



Se ha escapado de mi memoria que circunstancias me llevaron a escribir el siguiente cuento. Creo que no tenía nada planeado, fue uno de esos días cuando comenzamos con el papel en blanco y se dispara una frase con un personaje ocultándose detrás de una columna. Luego se introdujeron desde el subconsciente mis queridas historietas y sin mencionarlo un cameo de mi personaje “Sálvat”. Nunca esperé nada de este pequeño relato, pero recuerdo que cuando mi editor amigo, José Joaquín Ramos le dio luz verde para aparecer en un número de Alfa Eridiani, hubo muy elogiosos comentarios.


Cazador de Nostalgias
M. C. Carper



Se ocultó detrás de la mohosa columna. Arriba, un tren oxidado obstruía el paso de la caravana de agua que protegía un pelotón de mercenarios. No les hizo el menor caso. Toda su atención estaba dirigida hacia el anciano. Era su objetivo. Decían que tenía más de cien años.

¡Quién sabe como habrá eludido los programas de Eutanasia Senil! , pensó.

Eso tampoco le importaba mucho. El pobre viejo era un bocazas. Estaba senil y había cometido el error de hablar poniendo en peligro su vida. Llevaba siguiéndolo desde la mañana. Ignorando la perturbadora llovizna, cruzando montañas de desperdicios para no perderle el rastro. Ya estaba muy oscuro cuando entraron al Barrio Desalojado. Uno de esos villorrios donde se refugiaban los desamparados. El no tener conocidos ahí hacía aquel trabajo muy peligroso. Avanzó en silencio por la calle derruida imaginando ojos llenos de odio observando por las ventanas sin vidrios ni luces interiores. No oía rumores de ratas, significaba que había humanos ahí, alimentándose con ellas. Los perros y los gatos habían desaparecido un siglo atrás, cuando aquel lugar bullía de vida. Cuando, se decía, había combustible y comida; y el amor o la amistad eran ilusiones creíbles.
Ahora todo era diferente.
Se trataba de sobrevivir y pocos empleos dejaban la remuneración que obtendría. Su labor era odiosa, fea, de lo peor. Sin embargo la prefería a ser un Hurgón, uno de esos tipos provistos de cámaras de video interactivo del Canal Cincuenta y seis, o un Vigilante Nocturno. O un político.
Era un Cazador de Nostalgias.
Quizá el más persistente de todos. La mayor parte del tiempo lo dedicaba a bajar de la Red, archivos de cualquier clase. Era información que los satélites devolvían a su origen porque los aparatos en orbita se habían transformado, sin pretenderlo, en el almacén virtual del Planeta Arena. Mucho podía conseguirse de la memoria en bytes que rebotaba desde el espacio.
Se acomodó las alas del sombrero para ocultar sus facciones. Unos movimientos entre la basura lo pusieron nervioso. Palpó con aprehensión la culata de su pistola de dardos. No eran muy protectoras. No contenían ninguna sustancia, solo una punta afilada. Avanzó con un sonoro chapoteo sintiendo seres atentos desde los huecos oscuros. Ya había jugado su carta. Sabía que no eran horas para que un desconocido deambulara en la zona. Cubrió aun más su rostro pegando el mentón contra el pecho, los ojos en la punta de sus zapatos. Maldijo el poste luminoso que lo enfocó como un reflector. Continuó de todos modos sintiendo una amenaza suspendida a sus espaldas. Duró casi un minuto, hasta torcer en la esquina.
Allí encontró la Calle Séptima.
No había luces. Tan solo los subrepticios relámpagos lejanos sobre los edificios. La acera estaba atestada de escombros y hierros oxidados. En ambos lados se elevaban gruesas edificaciones con umbrías oquedades. Miró el reloj.

Once y cuarenta

Lo recorrió un escalofrío de sólo pensar en que podía verse obligado a buscarse un agujero para pernoctar. Por puro instinto, atravesó la acera en un ligero trote, hasta las sombras de unas viejas columnas. Eludió el montón de basura. Todo tipo de alimañas podía ocultarse ahí. A veces alimañas humanas.
Ingresó en una espesa negrura. No traía linterna pero de tenerla no la habría encendido. Dejó que sus ojos se acostumbraran mientras usaba la pared como guía. El rumor de la lluvia fue apagándose para ser reemplazado por el tenue silbido del viento. Desde lejos, llegaba el repiquetear de algunas goteras. Descubrió la malla corrediza de un ascensor tirada en el piso, pero la ignoró. A pesar de ser antigua no pagarían mucho por ella. Era algo muy fácil de fabricar e imitar.
Lo que buscaba un Cazador de Nostalgias era algo totalmente diferente. Objetos imposibles de imitar. Algo original como un libro, un Cd de época o una historieta. En la Red había mucho material, un buen buscador podía hacerse enormes colecciones, pero todo era digital. No importaba la extensión del archivo. Podía decodificarse todo. Años atrás había ocurrido una verdadera guerra por obtener preciados Codecs, plugins y cracks. No obstante, duró poco. Los Neonerds se dedicaron a pasar semanas frente a monitores contemplando el progreso de las descargas. Poniendo todo su ingenio para descifrar los acertijos informáticos.
La mayoría de la gente se conformaba pagando por programas, videos, audio, imágenes y todo tipo de archivos.
Pero había unos pocos, una Logia secreta y celosa, que no se contentaban con eso y deseaban más. Autenticas reliquias que tocar, sentir y leer. Tal era el anhelo de tener que no les importó corromperse al punto de llegar a asesinar por la obtención de uno de esos objetos. Legaban el trabajo sucio a inescrupulosos mercenarios que se autollamaban Cazadores de Nostalgias.
 Halló la escalera con facilidad. Las huellas de barro dejadas por el viejo no se habían secado aún. Se preparó. Trataría de ser lo más rápido posible y esperaba que el viejo no le ocasionase problemas. Pero no podía confiar en ello. Buscó por costumbre alguna trampa en el umbral de la puerta. Nada. Movió el picaporte y entró.
El anciano le sonrió sentado frente a una tetera humeante y una canasta con masas. Le hizo señas para que se uniera a su modesta cena.
─¡Pase, joven! Antes de hacer lo que ha venido a hacer permítame invitarlo. ─dijo.
─El tiempo no me sobra, viejo ¿Dónde lo tienes?
─¿Qué cosa?
El Cazador lo tomó del cuello sin miramientos. Notó la fragilidad del anciano. Su cara llena de arrugas y el escaso cabello blanco. Parecía que se quebraría en mil pedazos.
─¡Colabora para que no te mate! ¡Lo más valioso que posees! ¿Dónde?
El pequeño hombre señaló la habitación contigua mientras acariciaba su pescuezo. El Cazador estudió la entrada e ingresó al cuarto. Quedó boquiabierto ante lo que se presentaba a sus ojos. Las paredes estaban cubiertas de repisas. Todas ellas repletas de historietas originales. Leyó los lomos entre balbuceos. Cada ejemplar en una bolsita de polietileno.
─¡Tótem! ¡Blue Jean! ¡Conan dibujada por B. W. Smith! ¡Maldito seas, viejo! ¡Esto vale una fortuna!
─Llévate lo que puedas cargar y déjame en paz.
─¡Claro que lo haré! Pero antes debo separar el encargo por el que me contrataron. Debes ayudarme. Puedo pasar horas tratando de dar con el.
─El miserable que te pagó podía habérmelo pedido, sin embargo prefirió enviarte. Lo que sea que desee no podía caer en peores manos.
─¡Basta ya! ¡Los fascículos a todo color de El Eternauta! ¡Dámelos!
─Oh, no.
─¿Qué ocurre?
─No los tengo.
─Sí, los tienes. Te escuché en la feria mientras hablabas con ese grandulón de pelo largo. Le diste muchos detalles de las portadas. Cuando me enviaron para investigarte creí que fanfarroneabas. Pero al escucharte ya no tuve dudas. Tú los tienes.
─Es que… Ese muchacho me los pidió prestados.
─¿Y se los diste, así nomás?
─Me aseguró que los devolvería apenas terminase de leerlos. Cuando abrías la puerta pensé que eras él.
─¡Viejo demente! ¿Crees que alguien se animaría a venir por aquí a estas horas? Te han engañado como un idiota.
El centuagenario volvió a la mesita, a su té. Tal vez le dejarían disfrutarlo, antes de matarlo. El Cazador se revolvió nervioso. Tomó otra silla y se sirvió un té para él. Estaba tan amargado que ninguna palabra salía de su boca.
─Él vendrá ─aseguró el viejo─. ¿Nunca has leído historietas?
Una mirada furibunda fue la respuesta.
─Sólo para investigar. Nunca tengo tiempo. Trabajo más con los Cds, es más práctico.
─Escucha ─suplicó el viejo─. Antes de matarme, concédeme un par de horas. El joven vendrá y tendrás tu premio.
El Cazador miró su reloj. Pasaba media hora de la medianoche. Decidió esperar. Sin embargo carecía de paciencia para hacerlo. Tamborileó los dedos mientras el anciano se ocupaba leyendo unas historietas. Cuando el tiempo se le hizo insoportable gruñó:
                           ─¿Qué lees?
─Sin City de Miller, el mismo autor de Elektra Renace.
─Hace un año encontré la Saga del Incal y una colección en un idioma extraño de Alvar Mayor. Me pagaron muy bien.
─¿Los leíste?
─Comencé el Incal pero lo entregué antes de terminar.
─Ahí atrás tengo La Casta de los Metabarones completa y Unos volúmenes de Bárbara cuando Barreiro era el guionista.
Un destello de duda brilló en los ojos del Cazador. A regañadientes fue al cuarto contiguo. Transcurrieron unos minutos. Demoró bastante en decidirse hasta retornar a la mesa con varias revistas bajo el brazo. El viejo le sonrió y empujó suavemente el manojo que traía para ver las tapas.
─Yo, Cyborg dibujada por Olivera, guión de Grassi ─leyó en voz alta─. Una sabia elección.
Leyeron juntos sin percibir el tiempo. Cada tanto, el Cazador interrumpía al viejo con preguntas relacionadas con alguna historia o algún autor. Conocía de ediciones y colecciones pero las aventuras lo absorbían. Devoró números completos de Metal Hurlant apoyándose en té caliente y pan tostado para combatir el sueño. Los ideales y el talento de muchas personas residían en aquellas hojas. Habían sido concebidas para disfrutarse y alimentar el espíritu de todos los que las leyesen. Eran en sí mismas una ventana a otros mundos y otros tiempos. Se dejó llevar a través de las viñetas por infinidad de situaciones y lugares. Disfrutó de los orígenes reinventados de La Cosa del Pantano en La Lección de Anatomía y la delirante Broma Asesina de Moore.
La claridad matutina comenzaba a colarse por una ventana desvencijada. No podía creer que las horas hubiesen pasado tan rápido. Descubrió que, de ser otra persona, preferiría permanecer más tiempo así, leyendo historietas y bebiendo té. Los guiones y los dibujos se complementaban en la narración sin poder ser independientes uno del otro. Estaba impresionado por los relatos. De pronto tenía un hambre voraz de llegar hasta el final de esas largas sucesiones de capítulos. No le era difícil sentir simpatía por esos héroes de papel, abnegados y llenos de honor como Nippur, el Metabarón, Alef Tau o Juan Salvo. Escuchó pasos afuera y apartó al grueso volumen del Corto Maltés de su atención.
Creyó que la lectura había afectado sus sentidos porque en el vano de la puerta había un gigante de dos metros de alto. La ropa no disimulaba el abultamiento de su prodigiosa musculatura. Lucia pelo largo y lacio de color paja. Cuando se miraron, aquellos ojos café lo perforaron. No entendía como pero notó comprensión en la mirada del hercúleo recién llegado. Era un personaje de historieta vivo. Como Or-Grund o los X-Men. Se convenció aún más, cuando el recién llegado lo tomó del cuello dejando sus pies balanceándose en el aire.
─¿Ibas a lastimar a mi amigo? ─la pregunta era una sentencia en labios del gigante.
El anciano intervino.
─Está bien, muchacho ─dijo─. Tal vez no sea necesario matarlo.
─Cuando era Nómada, en el Gran Erg, muchos insensatos morían por motivos menos importantes. ─aclaró el gigante sin soltar su presa.
El Cazador se sentía perdido sin remedio. Colgado en el cinturón del Nómada, en un bolso, logró distinguir las revistas que buscaba. Sin quererlo, sintió simpatía por aquel desconocido que había cumplido su palabra. Una virtud que había encontrado en casi todos los personajes de historieta. Con valores más importantes que el dinero y el poder. Una sensación incomprensible le aseguraba que el gigante sabía con certeza lo que estaba pensando. Dejó caer sus brazos en absoluta rendición. El Nómada lo liberó.
Arrojó contra su pecho el bolso con las revistas.
─¿Qué harás? ─le preguntó.
El Cazador tardó un tiempo en responder.
─Apenas lo termine de leer, volveré con las revistas. ─se despidió de ambos con una inclinación de cabeza y bajó las escaleras.

El viejo preparó un desayuno para el gigante.
─Desayuna y lee lo que quieras. Yo estoy exhausto y me caigo de sueño. ¿Qué opinas? ¿Será necesario que me mude?
─Por ningún motivo. Él regresará con todos los fascículos. Ya es como nosotros ─el nómada frunció el entrecejo. ¿Cómo lo consigues?
─Yo no hice nada. Fueron ellas ─dijo el viejo con una sonrisa─, las historietas.



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lunes, 7 de enero de 2013

La Prueba en La Prueba - Cuento de CF



Estando en Taller Siete, Sergio Gaut vel Hartman sugirió un ejercicio, armar una historia basándonos en una imagen. Un dibujo al azar para cada uno de los miembros del taller. A mí me tocó algo medio abstracto que interpreté como un asteroide orbitando un planeta con algunos arcos voltaicos aquí y allá. En esa época trabajaba como administrativo en unas oficinas de un anexo de La bolsa de comercio. El ambiente de esos lugares reúne a gente de todo tipo, pero se estimula muchísimo la competitividad. Y hay personas que sucumben muy mal cuando aceptan que la vida es ver quien es mejor y que opinan las personas sobre uno. Conocí casos en verdad muy tristes. Se me ocurrió hacer una historia sobre eso. Claro, se preguntarán que tiene que ver un asteroide con la rivalidad entre empleados de oficina. Bueno ahí es donde se demuestra que una historia de ciencia ficción abarca cualquier otro género literario. El cuento fue publicado en el Número 9 - Segunda Época de Alfa Eridiani.








LA PRUEBA EN LA PRUEBA

M.C. Carper





Una Misión de Exploración, una nave espacial y dos profesionales: Álvarez y Carter.

Ambos demostraron aptitudes elogiables. Habían competido durante décadas para participar en esa misión. Nadie antes había logrado alejarse de los puestos de avanzada espaciales en sólo tres saltos. Tuvieron dificultades para congeniar desde el principio. El genio de la Administración que propuso unirlos en una tarea conjunta no tenía la menor idea sobre incompatibilidad. Sin embargo, eran profesionales y sabían adaptarse a todo tipo de condiciones adversas. Como únicos tripulantes del Osadía I, se necesitaban el uno al otro.

Carter era un hombre de contextura cuadrada, todo era cuadrado en él. Desde la mandíbula hasta los hombros y los puños. Una sombra de cabellos rojizos coronaba el rostro macizo de ojos color cielo. Estaba de pie, apoyado sobre un codo en el asiento de piloto que ocupaba Álvarez. Le gustaba demostrar a cada momento su fuerza física. Muchas veces rompía las cosas que se disponía a reparar como por un descuido, una pequeña falta de control de su propia fuerza. Era un fanático de los deportes y había conseguido un par de copas en los torneos lunares de carreras a baja gravedad. Ahora que se había acostumbrado a las tareas de oficina, su abdomen y bíceps estaban redondeándose.

Álvarez era egresado del Laboratorio Astrofísico de M-57, cuna de casi todos los científicos de los Puestos Avanzados. Llegó a ser muy reconocido por la teoría del Transportador de antimateria en Agujeros de Gusano, pero para él no era gran cosa. En su interior, reconocía que el laboratorio necesitaba publicidad para recaudar fondos y la teoría había ayudado. Se tomó el puente de la nariz con los índices, contemplando el espacio exterior. Los ojos oscuros en el rostro afilado no miraban otra cosa, ignorando deliberadamente la presencia del otro.

 —¡Ahí está! Es el mismo espectáculo que capturaron las cámaras del Aventurero IV —dijo Álvarez—. Una roca de atmósfera tenue con extrañas fosforescencias en la superficie.

La sonda que había hecho el descubrimiento, el Aventurero IV, había dejado de transmitir después del contacto. No existían detalles de las razones. Carter lanzó un bufido y se dirigió a la consola de navegación.

 —Los sensores captan las radiaciones normales. Dispondré el lanzamiento de la primera sonda —anunció sin esperar la opinión del otro.

 —¡Un momento! ¿A qué te refieres con radiaciones normales? No tenemos la menor idea sobre esas fosforescencias en la superficie. No estoy de acuerdo.

 —Ya estudiaste los análisis previos. Nitrógeno, amoniaco y metano. Nada nuevo sobre este pálido sol. El diámetro de ese mundo es de dos mil setecientos kilómetros. Si no fuera por esas extrañas formaciones luminosas nadie se habría molestado en enviarnos aquí. El procedimiento del reglamento es lanzar la sonda.

 —¿Y si se trata de una forma de vida?

 —¡Ah! No he recorrido tantos pársecs para escuchar tus estúpidas especulaciones sobre los líquidos disolventes de la naturaleza —protestó Carter con hastío; los conocimientos de Álvarez lo enfurecían, más aún cuando ensombrecían su fama de “conocedor del espacio” en la base—. Ahí no hay ningún ciclo-del-agua, ninguna molécula se une a otra en sacos líquidos en esa superficie. Es un maldito fenómeno, sólo eso.

 —Me rehúso a activar la sonda. No tenemos la completa seguridad de que nuestras acciones pueden provocar algún daño a una forma de vida desconocida. ¡No puedes hacerlo sin mi consentimiento!

 —Lo reportaré —amenazó Carter, y no era la primera vez que lo hacía. Muchos investigadores habían perdido su empleo debido a los informes que Carter enviaba a los directores de la base. Se decía que los espacionautas con cargos superiores siempre eran reemplazados por el servicial Carter cuando éste comunicaba sus falencias a los directivos de la Misión.

 —Por supuesto —dijo Álvarez ante la amenaza.

Carter se apartó hacia una de las consolas laterales; fingiendo examinar un espectrograma. El temperamento volátil había enrojecido sus mejillas, detestaba el aplomo de Álvarez. Él era un hombre de acción. Decía tener una muchedumbre de admiradores en la base, casi todas jóvenes cadetes, a pesar de llevar un matrimonio admirable con una reconocida profesional en Propulsión, pero muchos desconfiaban de ese rumor, podían ser sólo fanfarronadas. Carter no entendía como podía estar en esa misión Álvarez,  un filósofo imbécil que había dedicado la mitad de su vida a viajar y escribir libros. Apretó los dientes, conteniendo el orgullo, y regresó junto a su compañero de misión. Estaba sólo a dos pasos cuando percibió el sutil movimiento en los monitores.

 —¿Viste eso? —dijo Álvarez con una media sonrisa.

 —¿Qué registró? Por la frecuencia yo diría que son… ¡Géiseres!

 —Llegan a los doce metros —comentó Álvarez mirando sus pantallas—. Hay calor debajo de esa cáscara helada.

 —¿Cuál es tu sugerencia, capitán? —preguntó Carter.

Álvarez lo miró. Deseaba descender. O mejor, hubiese preferido que ambos lo hicieran, pero ningún reglamento lo autorizaría. Conocía la ansiedad de su compañero por las entrevistas y ese tipo de reconocimientos. Sonrió para sus adentros y dijo:

 —Baja tú. Yo supervisaré todo desde aquí.

 —Bien.

Carter sentía ganas de cantar y bailar. Ser el primero en pisar ese suelo extraño lo llenaría de fama. Era mucho mejor que Álvarez, no necesitaba demostrarlo, por supuesto. No quería que un mentecato, seleccionado por casualidad, descendiese.

Hizo la comprobación de todos los sistemas, corroborados por Álvarez desde la cabina de monitoreo. Las luces de la cámara reguladora de presión cambiaron de color, anunciando la apertura de la compuerta exterior. Condujo la pequeña navecilla de exploración monoplaza con los propulsores de maniobras, lanzando diminutos residuos de luz al espacio. Era la herramienta más dócil para efectuar un planetizaje.

A través del comunicador oía a Álvarez haciéndole recomendaciones y alentándolo, prefirió cerrar el canal de comunicación. Detestaba su voz. Se juró a sí mismo que aquello no volvería a suceder: haría la próxima misión con conocidos, personas que nunca le cuestionaran nada. Hablaría con las autoridades de la Administración. Si en algo apreciaban su aptitud y valor, comisionarían a Álvarez para investigar la Nube Cometaria de Vega, el sitio más alejado y aburrido de la galaxia. Sonrió al imaginarlo. Momentos después, tocaba la superficie.

Revisó el traje para atmósferas hostiles un par de veces antes de salir. Piso el suelo del planetoide y camino haciendo gala de seguridad y entereza. Tomó muestras del suelo. Ya había plantado los instrumentos que transmitirían los resultados del análisis químico a diez metros del tren de aterrizaje.

Estuvo tentado a enviarlos como un informe personal a la base, ignorando a Álvarez, pero no encontró una excusa convincente. La actividad de los géiseres había desaparecido y, extrañamente, las luminiscencias tan visibles desde el espacio, no eran percibidas en ninguna dirección. En ese momento un enorme cuerpo celeste ocupó la mitad del cielo. No podía ser un satélite, no habían detectado ninguno.

Ahí estaba, una mole de roca con zonas iluminadas. Parecía que caía sobre el pequeño planeta. Activó el comunicador.

 —¡Álvarez! ¡Álvarez! ¿Lo ves? —gritó.

En la cabina del Osadía I, Álvarez se debatía con los controles para apartarse del rumbo de aquella mole. Su mente le advertía que algo andaba realmente mal. Ningún objeto celeste podía aparecer así, salido de la nada. La nave se desplazó con el empuje de los impulsores de babor. Estaba tan próxima a la imprevista luna que los sensores crearon un registro cartográfico perfecto. El llamado de Carter llegaba en ese momento.

—Lo veo y no lo entiendo, Carter —dijo Álvarez—. Nuestros sensores funcionan a la perfección pero no detectaron este planetoide. Apareció de la nada. Por la velocidad que lleva debimos toparnos con él antes.

—¿Cuánto tardará en ocultarse tras el horizonte? —rugió Carter; siempre le era más fácil estallar de ira cuando estaba lejos de las personas.

—Es demencial. En sólo diez minutos dejarás de verlo. Intentaré seguirlo. Tal vez si doy una circunvalación completa descubra por qué no lo vimos antes.

 —¡Nooo! No arriesgues la nave de esa forma. Mantén tu posición. Continúa monitoreando la zona de aterrizaje, mi posición.

 —¿Quieres retornar?

La pregunta tardó varios segundos en ser respondida; Carter odiaba tener que hacer algo parecido a una huida. Además, ése no era el único inconveniente: había realizado un descenso sobre la orbita ecuatorial, el mismo curso que estaba describiendo el satélite salido de la nada. Para evitar una posible colisión tendría que llegar a uno de los polos en su reencuentro con el Osadía I.

 —Voy en camino —replicó con amargura.



Respirando con fuerza para contener la ira, Carter voló hacia el Osadía I. Apenas abandonó la cámara reguladora de presión, se quitó el traje con violencia y lleno de furia se dirigió al encuentro de Álvarez; éste seguía en la cabina mirando impasible al exterior.

 —¿Qué pretendías hacer? ¿Dejarme solo en ese paraje? —le espetó.

 —Estabas seguro en la superficie —contestó Álvarez sin inmutarse—. El objeto tendrá que aparecer en dos minutos, teniendo en cuenta la velocidad. Siéntate y tranquilízate. Te he preparado un cóctel de ansiolíticos para que te repongas del sobresalto.

 —¡Una mierda con eso! —Gritó arrojando a un lado la bebida—. Si estoy alterado es por tu incapacidad para cumplir las funciones. ¡Eres un incompetente!

 —Ésa es tu opinión —respondió Álvarez, mirándolo fijamente; Carter tenía problemas para compartir los roles en un trabajo común—. Tienes la libertad de pensar así, pero no la autoridad para que yo lo consienta. Nuestra prioridad no son nuestras diferencias de criterio, sino el éxito de esta investigación. Debemos colaborar.

 —¡Palabras! Tus acciones te contradicen. No tienes motivaciones, no le pones pasión. ¡Jamás te enojas! No tienes sangre en las venas. Yo obtuve premios, fui condecorado en tres bases espaciales. Puedo mostrarte diplomas y recomendaciones de altas personalidades. ¿Qué tienes tú?

Álvarez sorprendió a Carter una vez más al responder con una carcajada. En ese momento cayó en la cuenta de que su compañero tenía grandes dificultades para controlar sus nervios. Apenas pudo reprimir su hilaridad, dijo con calma:

—Lo que ha sucedido contradice las leyes de la física. Nuestros instrumentos no están rotos, pues funcionan con normalidad en los análisis ajenos al planeta. Por consiguiente, creo que ambos hemos sufrido una especie de alucinación.

 —¡Mi salud es perfecta! —Se excusó Carter, sintiéndose agredido por el comentario—. Además, ¿cómo pudimos experimentar la misma alucinación?

 —No lo sé. Pero estoy seguro respecto a los instrumentos. Razona un poco. Nadie, ni siquiera en Control de Misión, percibió ese satélite gigantesco.

 —Hm —gruñó Carter.

En ese momento se iluminó el espacio sideral más allá de las ventanas. Las estrellas y el planeta desaparecieron para convertirse en un telón grisáceo. También se extinguieron las luces de los paneles y las consolas; sólo la luz del techo permaneció encendida. Oyeron una puerta abriéndose desde la sección de popa. Varios pasos y el murmullo de gente acercándose. Álvarez y Carter se miraron. Doce personas los saludaron, entre ellos estaban los médicos principales de la base. La Psicóloga en Jefe sonreía al presidente y al secretario, mostrándoles un notebook de pulsera. Los espacionautas recorrieron los rostros para reconocer la misma expresión alegre en todos. El presidente se dirigió a ellos con los brazos abiertos.

 —Álvarez, Carter. Los felicito —dijo—. Han pasado la prueba exitosamente. Como ya habrán descubierto, jamás partieron con el Osadía I. Ambos se ofrecieron para un experimento de convivencia espacial. Luego de las sesiones hipnóticas, recreamos esta situación de crisis extrema para registrar sus reacciones. La psicóloga está de acuerdo en que han superado todos los obstáculos. Ahora les daremos una dosis de descanso junto a la comisión acordada. Lo diré una vez más, caballeros: felicitaciones.

No hubo otras palabras. Los médicos los llevaron a sus camarotes. El Osadía I, o el plató que lo representaba, estaba atestado de personas yendo de un lado a otro. Álvarez dejó que su mente se aquietara. Quería meditar, pero algo extraño no le permitía olvidar los hechos. No recordaba en absoluto haberse ofrecido para esa prueba. Quizá la hipnosis había borrado algunos recuerdos; se sentía como un peón abandonado en un inmenso tablero de ajedrez. En la soledad de su cuarto intentó distraerse mirando por la claraboya que daba al espacio. Las estrellas correspondían al registro de las cámaras del Aventurero IV: en el exterior brillaban las mismas constelaciones que él había catalogado durante el viaje ficticio. Algo no encajaba. Mientras pensaba, llamaron a la puerta. Era la psicóloga y uno de los Jefes de instrucción. No traían la sonrisa de la primera vez.

 —Señor Álvarez, ¿cómo está?

 —Bien. Algo confuso, podría decirse. ¿Tiene efectos secundarios la hipnosis?

 —No. No tenemos ningún antecedente —se apresuró a asegurar la mujer—. Lo siento, señor Álvarez, pero no soy portadora de buenas noticias. Nos hemos enterado por el señor Carter de su conducta incompatible durante la Misión. En estos momentos, las autoridades de la Base están tomando una decisión al respecto.

 —Pues, confío en el buen juicio que tienen. Descubrirán que Carter me odia, aunque nunca le di motivos para ello. Me comporté como un profesional en todo momento.

Ninguno de sus interlocutores hizo otro comentario. Se retiraron dejándole con una vaga sensación de desasosiego. No podía creer en la bajeza del otro espacionauta; reflexionó y llegó a la conclusión de que las autoridades de la base descubrirían que se valía de mentiras y calumnias para convencerlos. El acto en sí era cobarde. Pues había expuesto protestas a sus espaldas. Trató de dormir, de convencerse de que de ninguna manera podían considerar un mal desempeño de su parte.

Al día siguiente, a primera hora, fue convocado por la Psicóloga. Ella había improvisado una oficina en la cabina del Osadía I. La expresión con que lo recibió fue una máscara impasible.

 —Siéntese, Álvarez.

 —Buenos días, doctora.

 —Sí —le extendió unos formularios—. Llénelos, tiene quince minutos para abandonar la jurisdicción de la base.

 —¡Me están destinando a Vega! Sólo los criminales son enviados allá. ¿Por qué?

 —Estamos haciendo una reestructuración del personal, lo lamento.

Álvarez completó los espacios en blanco y firmó por triplicado los papeles.

Se retiró envuelto en una furia contenida, sintiéndose estafado. Todos sus esfuerzos habían sido traicionados por la indignidad de las autoridades de la Base. En uno de los pasillos se cruzó con Carter; éste bajó su rostro, concentrado en la punta de sus zapatos. Le pareció patético y continuó hasta la salida.

Bajó la rampa del Osadía I. Ante él se extendía una pista que no conocía, era de noche. Volvió a estudiar las constelaciones. Ahí estaban otra vez, no eran las que podían visualizarse desde la Tierra. Se estremeció pensando que podía tener un desorden mental. Había sido manipulado y descartado. Luchó con su ira, tratando de recobrar la armonía que lo caracterizaba. Entonces todo se iluminó.

A su alrededor, desapareció la astronave y la pista. Varios cúmulos de luz se definieron frente a él, podía percibir a través de ellos, el mismo paisaje del planeta extraño, el que no había podido visitar. De improviso, las luces hablaron.

 —Álvarez, lo felicito. Ha pasado la prueba exitosamente.

 —¿Prueba? ¿De eso se trata?

 —Nos disculpamos por abusar de sus emociones. Creamos una situación de conflicto para contemplar su reacción.

 —Entonces… ¿el viaje en el Osadía fue real?

 —Desde luego. Fue una carnada, por así decirlo. Cuando llegaron, lo primero que detectamos fueron los pensamientos antagónicos en ambos. Mi especie considera que la diferencia entre los seres civilizados y los que no lo son estriba en la capacidad de superar los sentimientos por medio del intelecto. Si bien tenemos acceso total a sus recuerdos, no teníamos otra forma de esclarecer nuestras dudas que hacerles pasar por esta situación desagradable y esperar sus reacciones. La prueba de Carter devino en un rotundo fracaso, no entraré en detalles. Pero usted, amigo, ha demostrado que hay una línea genética en su raza que promete. Debo admitir que es escasa, ya que la gente de su especie no deja mucha herencia. Su colega Carter tiene cuatro hijos a los que legará sus aptitudes. Tal vez sea una cuestión de equilibrio natural. Sin embargo, deseamos que sepa que gracias a usted, permitiremos el diálogo entre nuestras civilizaciones.

 —No sé qué decir. Es que… No sé dónde estoy.

 —Está descansando en su camarote. Esto que experimenta es algo aproximado a uno de sus sueños, lo recordará perfectamente. Ya estamos estableciendo contacto con su Control de Misión.

Álvarez estaba inundado de alegría. Después de haber sufrido una horrible depresión, descubría que alguien reconocía su profesionalidad. Entonces se percató de un detalle que hasta el momento no había tenido en cuenta.

 —¿Y Carter?

 —Nuestra especie cree en el equilibrio por sobre todas las cosas. En este momento, su compañero de misión, viaja velozmente hacia la Nube Cometaria de Vega —dijo el ser-luz con satisfacción.



© M. C. Carper