martes, 5 de febrero de 2013

Es la Abuela - Cuento de M. C. Carper





En una ocasión el taller Forjadores propuso realizar un cuento colectivo con diferentes escritores donde cada uno inventaría un personaje viajando en el vagón de un tren. Todos nos pasaríamos las descripciones y con esa información haríamos un cuento con la única condición de que nuestros personajes estaban pasando por un túnel, no sabían que hacían allí y no podían ver nada del exterior. La idea era un desafío y al finalizar todas las historias se armaría el cuento. Como suele ocurrir a veces, una buena idea que  depende de más de dos personas tiene reveses, contratiempos y no consigue concretarse. Así fue que me quedé con este cuento en un cajón con el único destino de quedarse allí. Hoy me animo a mostrarlo. Es algo simple.





¡Es la Abuela!

M.C. Carper





¡Eh! ¿Y esto?

Estoy viajando en un tren, o eso parece…

¡Mierda, afuera no se ve nada! Esto se mueve, está andando. Y no veo casi nada porque llevo puestas las gafas negras, son buenas para ocultar las sombras oscuras en los párpados y las pupilas dilatadas. Bajo un poco los lentes y comprimo la cara contra la ventana, pero nada, sólo el reflejo de un rostro demacrado, el mío.  Las canas son una mancha blanca en el vidrio. Vuelvo a refugiarme detrás de los anteojos. Entonces la siento, rozándome en el suelo. La mochila, ahí, entre mis piernas. El sudor me cubre. Intento pensar en otras cosas, esperando que mi corazón se tranquilice, que nadie note mi presencia. Respiro hondo,  el alcohol en el estómago me sube a la nariz, confirmando que eso que recuerdo es verdadero. Tengo presentes todos los detalles. La habitación del hotel, el whisky, la droga y las tres…

¿Y después?

¿Cómo carajo llegué aquí? ¿Alguno de mis compañeros me metió en este vagón?

No. No me hubiesen dejado con la mochila.

El traqueteo es continuo acompañado de un bamboleo irritante, avanzamos en línea recta. Miró alrededor, tal vez algo me indique donde estoy. Pero no hay carteles de publicidad, ni planos de estaciones. Nadie sentado a mi lado. Bueno, esa es mi costumbre, no soporto a los desconocidos.

¿Quiénes más viajan en este tren?

Estiro el cuello para descubrir al resto de los pasajeros y lo que veo no me tranquiliza.

Una tipa de melena roja, con una rosa y una pluma negra en las manos, vestida de oscuro, una bruja sin duda. Por culpa de ellas mi vida se fue al caño. No fue por los mp3s, ni las descargas piratas de internet, fueron ellas.

Antes, recorría todo el país con la banda, recogíamos el dinero de las ventas y ya. Ahora estoy obligado a dar un show tras otro, en los lugares más recónditos del mundo para conservar las casas y los autos. Y las putas tarjetas de créditos para todos los vagos de mi familia.

¡Y me metí en un maldito tren! ¡Odio los transportes públicos!

Los que viajan conmigo parecen salidos de un manicomio. Ahí está esa otra perra, vestida como bailadora de flamenco, aunque su aspecto es desaliñado. Está mirando el infinito. Sin duda es otra perversa mujer meditando su brujería.

Porque todas son así, lo sé. En las giras se te cuelgan del cuello, llegan de todas las edades. “Sin compromisos” te dicen, hasta que logran enroscarte. Yo caí tres veces. Oh, sí, porque los estúpidos repetimos errores. Me llovieron juicios de divorcio y las malditas terminaron haciéndose amigas.

¡Brujas!

Quiero sonreír y al instante me doy cuenta de mi insensatez. No debería mostrarme feliz, es mejor para mí no demostrar ni un ápice de alegría. Miro como distraído a los otros, no puedo confiar en ninguno. Un tipo andrajoso y alto mueve las manos dentro de los bolsillos de su gabardina, un loco; me codeo con los de esa clase todo el tiempo. Un viejo de gris camina por el pasillo y se acomoda en un asiento fuera del alcance de mi vista. Su aspecto indica que debe estar en las últimas.

Esto es muy raro. La droga del hotel era la de siempre, me digo, y entonces me siento observado. Giro el rostro para encontrarme con una mujer vestida de jean que me mira con un par de ojos oscuros, enormes. Me arrebujo contra el lado de la ventana. Estas brujas tienen poderes hipnóticos. No voy a dejarme engañar por el aspecto sencillo de su ropa.

Con el movimiento del tren, uno de los bultos de la mochila, golpea en el piso. Clavo el mentón contra el pecho, imaginando que todos los pasajeros se vuelven a mirarme. El corazón me traiciona, martillándome en las costillas,  mis sienes se abultan e imagino mi cara roja como un tomate. Sin soltar la bolsa, llevo mis manos hacia el tórax, haciéndome un ovillo. El ardor en la garganta me ahoga. Pienso que tiene que pasar. Ya más tranquilo, respiro como me enseñó el médico.



Cuando empiezo a serenarme, recuerdo las risotadas de mis ex, allá en el hotel —El idiota del conserje les había dado el número de mi habitación, juntas podían sobornar a cualquiera—. Cuando abrí la puerta y las vi, me di cuenta que el infierno no puede ser tan malo. Pero la suerte no me había abandonado del todo. Ellas llegaron con papeles que necesitaban mi firma, mostrando desprecio, criticando mi estilo de vida. Haciendo comentarios mordaces o irónicos sobre mis muebles, mi ropa y todo lo que tuviese relación conmigo.



El tren disminuye de velocidad y una luz al frente aumenta, un resplandor plateado. De repente, como siempre, el corazón recupera su ritmo normal, suspiro. Quisiera putearlos a todos. Detesto a la gente, pero más odio a las mujeres. Ah, y a los maricas, son igual de histéricos. Los bultos de la mochila pesan. Los acomodo con hábiles movimientos de las rodillas, para que nadie se fije.

¡Qué puta noche de brujas! ¡Nunca fue más adecuada la fecha!

Cómo disfruté cuando las perras se enteraron de que la cosa era en serio, cuando las sonrisas se esfumaron. La habitación estaba preparada para reducir el ruido desde que la usamos para los ensayos, nadie escuchó los gritos. ¡Qué fácil se hunden los cuchillos de cocina en la carne! La única cagada fue la alfombra, pero siempre estoy provisto de bidones de lavandina. No lo planeé, se dio. Después me bajé todo el whisky y me clave la aguja, riquísima. A veces parece que alguien te ayuda desde el más allá, uno de los plomos se olvidó una sierra en la sala. ¿Para qué mierda usará eso? Lo ignoro, pero sí que es buena para descuartizar a unas brujas. Metí todos los pedazos de basura en bolsas de residuos. Los años en el hotel me enseñaron varios secretos: sé que el ascensor de servicio es manual, una reliquia y el ignorante del empleado termina su turno a las ocho, el mismo tonto me enseñó las calderas durante la última gira. Bajé al último subsuelo con las tres bolsas y encontré al viejo de mantenimiento roncando. Estaba tan borracho que parecía muerto. Metí los trozos de las brujas en aquel pequeño infierno, el olor fue insoportable, todavía lo siento en mi ropa y el pelo, pero me aguanté, mirando fascinado como se consumían. Claro que me guardé unos suvenires y después…



Después, me encuentro en este vagón lleno de locos disfrazados. Miró quién más está acá: ¡Júas!, ¡Un cura! ¿Un jesuita? Claro, si seré boludo: es Noche de Brujas...

¡Había quedado en visitar a mis nietos y llevarles calabazas para festejar Hallowen!

Después del largo túnel, la claridad empieza a inundar el vagón. Pero por el resplandor es imposible distinguir nada del otro lado del vidrio, ya debemos estar llegando a la estación. Me preparo para descender, con manos inseguras palpo el contenido de la mochila. Exhalo con alivio. Tengo que cortarla con la falopa, me está comiendo la cabeza. ¡Casi me creo que soy un asesino! Deliré mal. Esa mierda me trastornó la memoria. Al menos tomé el tren correcto.

Se detiene. Me arrimo a la puerta, en el andén veo a mi hija con sus tres críos. La encuentro muy flaca y ojerosa, con pliegues oscuros debajo de los ojos. Los chicos me descubren y se abalanzan para abrazarme gritando mi nombre. El más chiquito y osado tironea la mochila, pero la retengo con fuerza. Saludo a mi hija. Evito mencionar al padre de las pequeñas bestias mientras ella rebusca en la cartera alguna moneda, seguro que no le sobran, así que hurgo en mi bolsillo. Con la distracción, mis nietos me quitan la mochila. Sonrío y me encojo de hombros, de todos modos iban a tener las calabazas le digo a mi hija. En ese momento nos llegan los gritos espantados de los nenes. No me atrevo a mirar, no hace falta. El más chiquito se aproxima balbuceando, sosteniendo algo entre las manos, con ojos desorbitados que nunca conseguiré sacarme de la cabeza. Entonces comprendo lo que repite sin cesar. ¡Es la abuela! ¡Es la abuela!

lunes, 28 de enero de 2013

Para ver un Camión - Relato fantástico



La segunda historia que escribí sobre Sálvat surgió por el título de una canción de Spinetta. “Yo quiero ver un tren”. La canción aludía a un niño que había oído sobre los trenes en un futuro imaginado donde ya no existían. Bien, ese fue el punto de partida. Cuando le mostré el relato a Manuel Burón de la desaparecida Aurora Bitzine, no se mostró muy animado. En su revista solían publicarse cuentos que desbordaban acción, muchas luchas cuerpo a cuerpo. Para que aprobara su publicación vi como agregar una escena más o menos adecuada a su revista. Hoy, al leerlo, pasados unos años, me resulta acertada aquella adición.
                                 Para ver un Camión

                        M.C.Carper


Sabemos desde el principio
Si somos malditos o divinos
Somos los últimos de la lista

(Ronnie james Dio)



En el mundo de Arena no había tiempo para pensar en el futuro. De hecho no había futuro, ni esperanzas, ni deseos de mejorar nada.
La libertad había perdido el sentido antes de producirse el holocausto ecológico. Nada tenía significado, sólo comer y dormir, o tener sexo como un desahogo de la frustración.
Las Ciudades Estado eran iconos de nostalgia que resurgían en los escombros de la barbarie mientras los sobrevivientes recuperaban las fuentes de energía y reactivaban la red satelital; poco a poco, la civilización se reorganizaba. Los orfanatos se llenaban, había miles de chicos abandonados y madres muertas por hambre. Muchas veces se tenía un hijo para vender como conejillo de indias o como comida. Sólo se conocía la realidad de la lucha por sobrevivir, aunque todo indicase que no valía la pena.
Sálvat se adaptó rápido, protegiendo a su hermano Dlanki en todo momento. Como ocurre con todos los prisioneros, se hicieron de amigos. A los doce años es más fácil tener amistades. Néstor, Rossiter y Farias formaban parte de su grupo. A veces, incluían a otros niños en las correrías, pero los únicos confiables de verdad eran su hermano y Néstor, el bajito, su mejor amigo. Sálvat podía percibir los pensamientos de sus camaradas con naturalidad y sabía que Néstor y Dlanki lo querían de verdad, tal como era.
A pesar de vivir una infancia opresiva, los niños se aferraban a la inocencia. El primer año en el orfanato, Sálvat confesó su capacidad de leer la mente a Néstor. Su amigo lo creyó con la simplicidad de los niños, guardando el secreto con firme lealtad.
Las monjas los ignoraban, prefiriendo esconderse bajo el único ventilador de techo del establecimiento donde se la pasaban contándose chismes. En el patio de la Casa Grande la arenisca giraba como un torbellino, víctima de las apuestas de los aburridos que trataban de predecir su rumbo. Desde el cuarto de Sálvat se dejaba oír el rumor del “Jevi Metal”, muy bajito para bendición de los siesteros y nada más acontecía dentro de esas viejas paredes.
Así transcurrían las calurosas horas después del mediodía.
Sudor y pesadumbre en las esquivas sombras de los rincones. Los ojos de Sálvat siguieron el andar de un ciempiés caminando por el muro del fondo. Siguió mirando como el bicho recorría seis metros de concreto macizo, del revoque castigado por lluvias y soles despiadados. A medio metro, Néstor practicaba su puntería con bolitas de vidrio. Nadie lo igualaba, su destreza le había servido para ganarle dos aceritos al Chungo. Uno de los grandes de quince años. En un principio, Chungo se había negado a entregar lo apostado, pero cuando Sálvat y Néstor lo apremiaron a cumplir su palabra, se acobardó. Los otros huérfanos grandes lo castigaron con burlas.
El “pac” seco del impacto entre las bolitas desconcentró la contemplación del muro, Sálvat codeó sin fuerza a su amigo.

—¿Qué hay detrás de eso, Nes?

El bajito dirigió sus oscuros ojos a la pared. Tenía cejas anchas y el cabello rebelde aclarado en las puntas, desteñido con lavandina robada, sonrió con una mueca y dijo:
—La calle —a Néstor no le asombraba que su amigo le hiciera ese tipo de preguntas. Podía leer la mente, se lo había demostrado en muchas ocasiones, pero también había muchas cosas que no podía descubrir con esa capacidad—, alguna vez escuché un camión pasar por ahí.
—¡Un camión! —sonrió Sálvat, acomodando una pila de revistas viejas. Casi todas con portadas coloridas de los músicos que habían desaparecido dos siglos atrás. La gente las cuidaba como reliquias. Incluso había museos donde las protegían, pero los huérfanos ignoraban eso. Sólo un par, sin carátulas, eran sobre vehículos. Los chicos soñaban con las motos y los autos. En la Casa Grande usaban dos camionetas, siempre que podían se ofrecían para lavarlas. De tanto curiosear, Sálvat, entendía cómo funcionaban los motores. La posibilidad de ver un camión encendió su osadía.
—¿Alguna vez viste uno? –dijo
—Tendría que subir al techo pero eso se castiga en la fosa de la capilla. Podríamos robarle la escalera a “Peluca”, pero tiene el buche muy grande, es un bocón —agregó con gesto cómplice Néstor—. Aunque me parece que no serviría, es muy alto.
—¡Cómo me gustaría mirar más allá de ese paredón! ¡Salir! —dijo Sálvat rascándose el cabello claro, desaliñado y cortado con aspereza por tijeras oxidadas. Los usaba sobre el cuello desafiando a los celadores, estos ya habían agotado sus amenazas para que lo usara más corto.
—Los grandes se escapan. —murmuró Néstor.
—¡Qué! —Esta vez Sálvat se sorprendió de verdad. La mayor parte del tiempo evitaba los grupos de personas, la avalancha de pensamientos era muy molesta, hasta insoportable, la música metálica a máximo volumen acallaba el rumor lacerante de los pensamientos cercanos.
—No sé como lo hacen pero sé que es así —continuó diciendo Néstor—. ¿Recuerdas los ipods y las zapatillas de los “Eyis”? No vinieron en ninguna encomienda, las trajeron de afuera.
Los “Eyis” eran los gemelos jefes de los grandes. Tan iguales de rostros como diferentes de carácter, pero sus códigos eran los mismos. La mayoría de los celadores no se metían con ellos ¡Tenían dieciséis años!

Dos horas después de tragar el mazacote de cosas recalentadas que la Vieja Buitre, llamaba cena, Sálvat seguía despierto en la penumbra del dormitorio, con sus pensamientos afuera, en la calle. Usaba La cama superior de la cucheta. Debajo se ubicaban Juanca y Dlanki. En el otro extremo dormían Farias, Rossiter y Néstor que por supuesto usaba la más elevada, para estar a la altura de su amigo.
Un sonido apagado desde abajo lo alertó. Sonrió al reconocer que Juanca se estaba masturbando. Con una bolita de vidrio lo golpeó llenándolo de insultos. El aludido se paralizó debajo de las frazadas y al cabo de un rato volvieron a oírse sus ronquidos.
—¿Qué tienes? —preguntó Néstor desde su camastro.
—Quiero ver un auto o un tren —suspiró—. No quiero esperar a tener dieciocho años para salir de aquí, Nes
—Sí —sonrió el otro—. Cómo la canción de Bon, que escuchamos en la radio: ¡Sixteen years in Hell! Dieciséis años en el Infierno. Yo creo que los Eyis les consiguen cigarros a los celadores, a los del turno noche. Además, que les importa, si dentro de poco van a salir.
—Si ellos se escapan, nosotros podemos hacerlo.
—Claro ¡Como cuando nos peleamos con la banda de Juanca y Gonito en el otro patio! ¿Recuerdas? ¡Éramos treinta peleando! Lo único malo fue que nos comimos el castigo sólo nosotros dos.
Sálvat sonrió con todos los dientes haciéndoles pocitos en las mejillas. Miró hacia abajo.
—¡Juanca! —Gritó— ¡Juanca! Ya no te hagas el dormido que estás escuchando todo.
—¿Qué quieres? —replicó el otro. Era un muchacho tostado por muchos soles, uno de sus trucos favoritos era esconderse en las sombras.
—¿Cuando tienes que ayudarle a Lucy con la bolsa de mandados? —murmuró el chico rubio.
Esa era la ley en la Casa Grande, Los más chicos tenían que asistir a los mayores. Generalmente se daba la situación por inercia. Rara vez era a la fuerza, eso sólo se reservaba para los rebeldes y los tontos. Lucy era la marica de Walt, el Eyi más accesible. Era un flacucho demasiado bonito para aquel lugar. El primer día, los grandes lo violaron. Los siguientes continuaron del mismo modo, nadie notó en qué momento dejó de ser Luis para ser Lucy. Era de los pocos que los celadores permitían dejarse el pelo largo. Tenía ciertas concesiones como salir de compras con ellos. Walt tenía recelo de eso. Celos, se oía decir.
Pues bien, Juanca era él que llevaba las bolsas de Lucy. Nada difícil ni peligroso, nada más una obligación.
—Pasado mañana. —contestó a la pregunta de Sálvat.
Juanca conocía únicamente dos cuadras hasta la proveeduría. Comentaba que la calle le daba miedo y al poco rato sentía ganas de volver a la Casa Grande.
—Algo debe tener —replicó Sálvat—. Tiene que haber avenidas llenas de autos y motos.
—Nunca vi algo así. —negó rotundo Juanca.
—Eso era en otros tiempos, Sálvat —agregó Néstor—. No hay nafta ni agua para eso. Sí, habrá muchas bicicletas.
—Sí una vez oíste un camión, todo es posible, tenemos que averiguar cómo se fugan.

Por las noches, la rutina de los celadores era conocida hasta por los nenitos de cinco años. La mayor parte del tiempo la pasaban en la cocina jugando a las cartas y tomando café. A las once de la noche y a las cuatro de la madrugada daban una vuelta. Entre esos horarios se podía deambular, siempre y cuando no se hiciera ruido.
En la noche, Sálvat y Néstor, se ocultaron bajo la escalera que daba a los cuartos de los mayores. La oscuridad y los mosquitos los acompañaban. De vez en cuando les llegaban los rumores de los dormitorios, respiraciones, ronquidos y algunos jadeos. Néstor miró suplicante a Sálvat señalándole una constelación de picaduras en sus brazos. En la cara redonda del otro se dibujó una amplia sonrisa. No sabía por qué, pero los mosquitos lo ignoraban. A veces argumentaba que su sangre era tan rara que no les gustaba.
De repente le llegó un flujo de pensamientos, hizo una seña a Néstor para advertirlo.
Sintieron la madera del descanso, sobre ellos, hundirse por el peso de personas. El polvo que cayó en sus narices por poco los delata. Unos seis muchachos “de los grandes” caminaron sigilosamente bajando por la escalera. Iban Los Eyis, Tronco, Pit, el Negro Cartoon y Kio. Siguieron recto hasta la lavandería.
No bien cerraron la puerta, los dos pequeños corrieron, descalzados para no hacer ruido. Sin mediar palabra se metieron en aquel lugar prohibido, ninguno de los internos entraba a la lavandería. Vieron sogas colmadas de sábanas. Tres enormes lavadoras automáticas cerca de una gran plancha a vapor. Todo lo demás eran cestos para ropa y un par de piletones. Había agua por doquier, la humedad del sitio les escocía en los huesos. Mas, nada de esto les interesó. Los grandes se habían esfumado, no existía duda, la salida secreta estaba en ese lugar. Sin perder de vista el rumbo de los otros, descubrieron tras una lona, una pared de madera. El tiempo y la humedad habían podrido las tablas. Era fácil removerlas y colocarlas de nuevo en su lugar. El hueco dejaba espacio suficiente para un adulto. Sálvat quitó una, por ahí asomaron sus cabecitas.
Vieron la calle, una ancha línea de piedras en pendiente con una hilera de pinos del lado opuesto. Eso era todo, pero para ellos significaba muchísimo. La brisa del aire fresco les acarició el rostro y lo agradecieron sonrientes, hasta el aroma era diferente.
Totalmente tentador.
Néstor palmeó la espalda de Sálvat.
—¡Vamos! Ya pasamos mucho tiempo aquí.
—Sí. —conminó el otro cayendo en la cuenta de que si los descubrían jamás podrían hacerlo otra vez.
Con sigilo retornaron a sus lechos, sus compañeros de cuarto los esperaban despiertos para atacarlos con preguntas.
—¡Shhh! —les ordenó Sálvat imponente—. Duérmanse. Por la mañana les contaremos todo. —el tono perentorio lo usaba con todos los de su edad, a excepción de Néstor. Con él, su trato siempre era grato; de igual a igual. En una única ocasión habían jugado a pelear. El chico bajito demostró ser más hábil e incluso más fuerte que Sálvat. Eso había pasado hacia tres años y desde entonces se convirtieron en grandes amigos.
Feliz como hacía tanto tiempo que no conseguía recordar. Ya acomodado en su cama, llegaron a su mente pantallazos de su infancia, en lo que parecía un hospital, un lugar donde siempre le extraían sangre. Su memoria le traía las nebulosas imágenes de camillas y paredes blancas, montones de parches adheridos a su cuerpo con algo pegajoso. Trenzas de cables y monitores unidos a él. Al igual que a su hermano. Sin embargo, allí, se sentía querido, lo atendían con mucha consideración. Tenía un patio de juegos llenos de juguetes.
Hacia muchísimo tiempo, antes de la Casa Grande. El agotamiento de las emociones fuertes lo dominó y se quedó dormido.

Sabiendo que el tiempo es un terrible enemigo del papel, Sálvat desplegó con sumo cuidado el póster que mostraba a “Halford” sobre una moto enorme. Halford era uno de esos vocalistas de alto registro que parecía cantar desde las alturas. Al joven muchacho le gustaba mucho, aunque tenía otros preferidos como “Dickinson” o “Hughes”. Todos ellos personajes de una época que no regresaría jamás. En una actualidad llana y vacía como la que le tocaba; esos recuerdos ajenos eran el único consuelo que uno podía digerir.
El brillo del sol se apagó cuando alguien se detuvo frente a él. Era Lucy, un mal presagio. Era una ley muy clara que los grandes no hablaran con los chicos, Sálvat casi dejó de respirar.
—¿Qué haces, negrito? Ven conmigo.
No pudo más que obedecer. Fueron hasta los baños del patio, con grises paredes manchadas y las puertas llenas de grafitis. Sergio, el peor de los Eyis, estaba ahí con casi toda su banda, fumaban formando ese humo espeso que hace picar los ojos y la garganta.
—Pon el grabador. —dijo el Eyi a Lucy. La música que se dejó oír le era conocida: “Smoking in the boys room”. La voz de Vince y los acordes de Mick crearon un muro entre el exterior y el fondo del baño. El Negro Cartoon se movió para descubrir que aferraba con fuerza el pescuezo de Néstor.
Los grandes lo rodearon.
—Ustedes dos se pasaron de la raya. Uno les da la mano y se agarran del miembro —empezó Sergio—. Les falta mucho, tienen que aprender a respetar. —le alcanzó un cigarrillo a Sálvat indicándole que se lo metiese en la boca. El chico aspiró. Inmediatamente comenzó a toser sintiendo como el piso se mecía de un lado a otro. El “Eyi” le dio un fuerte palmazo en el estómago con lo que todos estallaron a carcajadas. Después, un sopapo en la cara le dejó la oreja colorada.
—Necesitan un correctivo. —El Eyi sonaba como un celador, sin duda obtendría trabajo en el orfanato con la mayoría de edad.
El sucio zapato comprimió la cabeza del chico contra el piso húmedo. Los olores de la orina y el tabaco se mezclaban. Oyó gritar a Néstor, alguien subió aún más el volumen del grabador. El negro Cartoon, sádico como ninguno, le apretaba los testículos. La amplia boca de labios carnosos sonreía cada vez más.
—¿Querías salir? —el Eyi acercó su cruel rostro, los ojos oscuros eran ranuras, la nariz y la boca diminuta en una mueca despiadada. El olor de su transpiración le llegaba junto al pútrido aliento.
—¿Podemos hacerle dos amigas a Lucy? —dijo uno de ellos.
Sálvat se retorció con furia. Un par de patadas en las costillas lo paralizaron. Todas sus esperanzas se desvanecieron. Su adaptabilidad le hizo considerar, en medio segundo, las probabilidades con que contaba.
Pocas…
… y sombrías.
—¡¿Qué pasa aquí?! —se escuchó una voz fuerte entre la música. Todos pararon lo que estaban haciendo. Walt, el otro Eyi, se adelantó desde la puerta.
—Deja a estas pulgas —dijo a su hermano. El ceño fruncido de los dos creaba una imagen descabellada. Un reflejo que se desafiaba a sí mismo—. Son chicos, pero nunca nos delataron. Estos dos conocen las reglas y además —les echó un vistazo. Ambos doloridos en el suelo no eran ninguna amenaza—, saben bien lo que les conviene.
Sergio respiró hondo.
—Tá, bien —dijo y agregó dirigiéndose a los chicos—. Hagan menos ruido la próxima vez.
Todos los grandes salieron. Ninguno se animó a moverse hasta que volvió el silencio absoluto.
Néstor se arrastró hasta su amigo.
—¿Y bien, Sálvat? ¿Ahora qué?
—Ahora que tenemos la aprobación de los grandes… Vamos a hacerlo.

Pasaron diez días.
Los asuntos se calmaron. No hubo ningún “apriete” más. Se dieron cuenta que para salir se necesitaban más de dos. Las elecciones obvias eran Rossiter y Farias pero como Juanca era el único que conocía algo de la calle se desligaron de Farias. A Dlanki lo descartaron desde el principio por ser demasiado chico.
A medianoche se escabulleron hasta la lavandería. Los corazones de los cuatro eran tambores retumbantes. Temerosos a pesar de saber que nada tenían para perder. Las maderas estaban allí, tan flojas como siempre. Lo diferente era que esta vez iban a hacerlo. Sería la primera vez en sus cortas vidas que deambularían fuera de esas paredes. Cuando todos estuvieron del otro lado, sus piernas se petrificaron. Los ojos devoraron todo, por inercia, como sonámbulos que no desean despertar, avanzaron lentamente junto al muro. El cuarto creciente que atisbaba entre los pinos derramaba ante ellos una esquiva luz. Era cierto que un repentino miedo pujaba en la garganta compitiendo con la enorme curiosidad, la maravilla de ver aquello que sólo existía en sueños o en viejas revistas.
Las calles estaban dominadas por el mutismo, apenas roto por el croar de alguna rana o el chiflido de un súbito murciélago. De repente Sálvat se dio cuenta que el rumor constante de los pensamientos era apenas audible, las mentes de sus amigos no le molestaban, estaba acostumbrado a oírlas y las conocía a la perfección, sólo demostraban asombro.
Colándose entre las roturas de la vereda, pastos altos, poblados de luciérnagas, formaban una pared en el sendero. Tentados por la sensación de verse rodeados por los luminosos insectos, se perdieron durante fatigosos minutos para caer repentinamente en un terreno abandonado. Armatostes de hierros oxidados apuntaban en la oscuridad a las estrellas. Eran escaleras que no llevaban a ningún lado. Ruedas o volantes que giraban sin trasmitir ningún movimiento. Reconocieron algunos bancos ferrosos casi sepultados entre la maleza. En ciertos lugares quedaban vestigios de una vieja madera podrida atornillada con oxido.
El primero en descubrir los muñecos bajo un mugriento toldo fue Néstor.
—¡Sálvat! ¡Eh, vengan! —llamó.
Los colores habían desaparecido en pequeños autos con asientos y animales de cuatro patas de fibra plástica. Representaban caballos y los conocían por las historietas y las canciones. Poco quedaba de ellos. La delicadeza de la pintura aún se adivinaba a pesar de la erosión. Jamás habían visto esos animales, hasta dudaban si habían existido.
—¿Qué? —frunció el entrecejo el joven Sálvat.
—Es…Era una calesita. Son juegos para niños. Debe llevar décadas abandonada.
Los objetos alrededor los llenaban de una tristeza ajena. Eran fósiles de una época pérdida, los cadáveres de un mundo donde los niños eran niños. Allí, en las tinieblas de la noche, mostraban su desencantada melancolía resistiéndose al olvido. Sin quererlo, guardaron un minuto de silencio.
Con ojos taimados, Rossiter estudió los aparatos. Ensuciándose de rojo, quitó las capas de oxido de un pequeño volante. Al tratar de girarlo, el chirrido sobresaltó a todos.
—¡Shhh! —chistó Néstor al tiempo que salían corriendo.

En la huída se hundieron en fríos charcos de agua estancada, pero eso no los detuvo. Atravesaron un descampado hasta llegar a un ancho camino de asfalto. Los niños se miraron diciéndose con los ojos: ¡Una ruta! ¡Una avenida! Al otro lado les guiñaban unas luces. Un viejo temor les hizo pensar que tal vez algunos celadores los esperaban ahí. La sola expectativa de los misterios de la otra vereda disolvió cualquier recelo. Los pies daban pasos cortos, renuentes a abandonar la vista panorámica de las líneas de la carretera uniéndose en lontananza.
Ya del otro lado les llegaron los vozarrones de los borrachos, Sálvat lo había sentido antes en su mente, pero no dijo nada. Alguna cantina se mantenía abierta, oculta en una calle aledaña, una de tantas afluentes sombrías de la avenida. Escondiéndose en cada hueco, caminaron estirando sus cuellos sobre vidrieras, precarios jardines o enrejadas ventanas. Sólo el chillido de los insectos, duros sobrevivientes, era constante en la noche. No parecía que hubiera muchas casas. Todas estaban maltratadas. Sin pintar, con humedad subiendo en las paredes. Aún así, a sus ojos, eran hermosas. Alcanzaron una esquina ocupada por malezas. Un sitio lleno de rincones umbríos. Oculta en el fondo se veía una casa en ruinas. Las paredes se alzaban para terminar en tirantes podridos de un techo desaparecido. Los cuatro avanzaron a hurtadillas hacia ese prometedor campo de juegos. Sálvat contempló maravillado, el tizne en los ladrillos desnudos, mirando extasiado las ruinas de ese baldío. El hueco, sobre ellos, dejaba ver las estrellas como nunca antes. Entonces lo percibió. Su especial talento para detectar el peligro le hizo erizar los cabellos de la nuca.
Había algo ahí.
En ese momento surgió de la oscuridad un bulto enorme. Cayó sobre ellos en una confusión de arañazos, golpes e imprecaciones. Cualquier otro niño de doce años no habría reaccionado, pero ellos conocían la violencia y el odio. Sin perder un segundo devolvieron los golpes. El loco de Rossiter pulverizó un ladrillo sobre el agresor. Un momento después tenían ante sí al despojo de un ser humano. Un viejo desdentado que olía a muchas cosas desagradables, jadeaba con un brazo en alto para proteger su ajada existencia.
—¿Qué ibas a hacer? —rugió Sálvat con los puños apretados. En su mente se reprodujeron imágenes obscenas de toda índole. Deseó matarlo, pero a la vez le inspiró lástima, había lugares peores que la Casa Grande. El viejo chilló algo incomprensible y huyó rengueando hacia las sombras. Permanecieron un rato sin decirse nada. Ya era tarde y la distancia les provocó temor, hacía mucho rato que habían dejado el orfanato. Como si tuvieran el mismo pensamiento, iniciaron el camino de retorno, todos a la vez.

Había desilusión en Sálvat. Su esperanza de ver un vehículo motorizado acababa en nada, ni siquiera un carro tirado por animales.
Con un andar pesado y mudo volvieron cabizbajos. Fueron los vivaces ojos de Rossiter los primeros que descubrieron al enorme camión aparcado a unos metros del boquete de maderas podridas.
Un monstruoso vehículo de carga pesada con dos acoplados. Las tres aristas de la marca brillaban sobre el parabrisas abovedado del morro. Las gruesas llantas eran bajas pero poderosas. Sálvat no resistió y corrió hacia los estribos de la cabina. Sus ojos embelesados con todo, desde los altos escapes a los parachoques y la parrilla de ventilación. ¡La pintura y los espejos! La tentación de meterse fue irresistible.
Sin embargo se hallaban a escasos metros del hueco en el muro que les había servido para fugarse.
Sálvat saltó con presteza a la vereda para dirigirse con paso decidido hasta las puertas traseras del acoplado. Los otros trataron de hacerlo desistir aunque conocían el espíritu inmutable de su amigo. Néstor no habló, cualquier palabra era un desperdicio en ese momento. Sálvat forcejeó con rudeza en la manivela hasta que cedió con un seco ¡Clanc! Y la puerta se abrió apenas, revelando un resplandor blancuzco en el interior. La ansiedad del chico era visible en cada gesto. Dentro, el aire estaba acondicionado a una temperatura inferior a dieciséis grados. En contraste con la exterior de cuarenta y dos, les pareció un glaciar.
—Vengan —murmuró Sálvat.
—No —replicaron los otros—. Nos quedamos de campanas, no te demores.
Néstor saltó detrás de su amigo, no por curiosidad sino por amistad.

Pegada a las paredes había cortinas plásticas transparentes. Unos peculiares trajes blancos equipados con escafandras colgaban del lado izquierdo. Para cruzar el cubículo era necesario abrir una cremallera en la división de plástico transparente. Sálvat le dio un tirón y pasaron. El interior del acoplado no tenía nada que ver con algo conocido para ellos. Una fila de monitores estaba adosada en la pared del fondo de los cuales partían mangueras y cables. Todo era blancura y transparencia. Había muchos recipientes de cristal con líquidos y cosas flotando dentro. De pronto el olor del ambiente atrajo oscuros recuerdos a la nariz de Sálvat.
—Oh, oh. —su piel comenzó a erizarse. Imágenes fugaces de enormes agujas clavándose en su carne y los sollozos inconsolables de su hermano le asaltaron la mente.
—¡Mira esto! —dijo Néstor con un temblor en la voz. Su índice señalaba unos frascos con formas blancas dentro. La visión los horrorizó, eran bebés diminutos, algunos con colas, otros con extremidades apenas desarrolladas.
—Embriones y células madres —leyó Néstor—. Aquí lo dice —tomó un talonario colgado en la pared—, destinados a Progreña, un país lejano. Es para usar los tejidos… No entiendo nada.
Sálvat se encogió de hombros, volviéndose hacia el conducto que unía al siguiente acoplado.
—¿A dónde vas? —Dijo su amigo—. Este lugar me da escalofríos.
Si lo oyó, Sálvat no dio muestras de ello. Al entrar en el otro cubículo halló una mesa con instrumentos de cirugía. Dos grandes estanques burbujeaban con una sopa negra. La cabeza de Néstor asomó por sobre el hombro de Sálvat. El olor que provenía del líquido era nauseabundo, de esos que invitan al vómito.
—¿Qué mierda? —dijeron acercándose a los piletones. La oscura sustancia no permitía identificar que contenían a simple vista. Atisbaron a través del cristal. Los ojos se les salieron de las orbitas, el susto les hizo perder el equilibrio y caer. Estaban aterrorizados, tanto que sus miembros parecían embotados. Se apoyaron uno en el otro para levantarse.
Aquel caldo estaba formando por cuerpos de niños. Niños que ellos pudieron reconocer, pues habían vivido en la Casa Grande. A esos chicos, supuestamente, los habían trasladado a otro lugar. Ambos se abrazaron con fuerza cuando vieron en las repisas unas latas apiladas. Iguales a las que recibían aquel caldo por medio de manguerillas.
—¡Malditos sean! —la ira y el miedo de Sálvat crecieron a la par. Cobró ánimo para empujar a su amigo en dirección a la salida.
Abrían el último cierre cuando el sonido metálico de la manija desde el exterior los paralizó. Quién fuera, no les permitiría irse para contar lo que sabían. Acabarían como los otros niños en el asqueroso caldo. Sálvat envió de un suave empujón a su amigo al hueco de la otra puerta. Luego se agazapó como un felino bajo la mesada de los monitores. Una sensación de odio se apoderó de su cuerpo, la misma que lo asaltaba en los momentos críticos. No lo atraparían, ni a Néstor. Buscó con la mirada algo que le sirviera de arma, pero nada había de utilidad.
El contorno de un sujeto pesado se perfiló en la entrada, enseguida lo reconoció. Era “Cráter de Pus”, el gordo estúpido que conducía a veces las camionetas. Conocía bien a Sálvat por lo que este no podía fallar. Corrió con toda la rabia de la que fue capaz, lanzándose de cabeza al estómago del hombre. Sintió un sonido apagado cuando le quitó todo el aire. Los ojos del gordo se dieron vuelta. Sálvat tomó el brazo de Néstor tan bruscamente que casi se lo arrancó. Se arrojaron al suelo empedrado lastimándose las rodillas. Desde luego; ni Juanca, ni Rossiter seguían ahí.
Corrieron como posesos para meterse enloquecidos por el hueco de la lavandería. Al cruzarlo sus remeras se rasgaron, el filo de algún clavo lastimó un hombro de Sálvat causándole un morado rasguño, anduvieron sin pausa hasta su habitación. Treparon con presteza sin tener un respiro para cerciorarse de la presencia de Rossiter o Juanca. Ya bajo las sábanas, el calorcito de su familiar refugio les dio algo de seguridad. Cuando la respiración se fue acompasando escucharon la voz de Dlanki.
—¿Y? ¿Los descubrieron? —en un murmullo.
—No.
—¿Cómo? ¿No los vio Cráter de Pus? —era la voz ladina de Rossiter.
—Creo que le desinflé la panza —comentó Sálvat—. Hay que negar todo. Sobre todo tú, Juanca, que tienes una bocaza.
—¿Yo? —protestó el aludido.
Entonces les llegó el estruendo de los cucharones golpeando las ollas por los pasillos. Eran los celadores, había una requisa.
Con rapidez se cambiaron de ropas, poniéndose otras para tapar las lastimaduras de las rodillas. Sálvat no tenía otra camiseta, tomó un viejo pulóver de su hermano que le quedaba chico.
Una mirada mortal de Néstor a Juanca le advirtió a este último que le esperaba si se le escapaba un suspiro.

Las luces del patio se encendieron. Como era usual, los hicieron formar en filas de a uno. Frente a ellos, en el otro extremo, estaban los “Eyis” dirigiéndoles el mismo tipo de mirada que recibiera Juanca instantes antes.
Todos temblaban intentando disimular los amplios bostezos. De pronto apareció la Vieja Buitre con Cráter de Pus. La cara de este hecha un despojo y la de ella un mapa de arrugas agrietadas. Tenía cierta dificultad para desplazarse aunque en sus ojos brillaba la energía de un espíritu de hierro.
Ignoraron a los más chicos y fueron directo a la fila de doce años.
—¿Esta acá? —la voz cascada de la directora le llegó a Sálvat mezclada con aliento a té con leche.
Un verdadero asco.
Cráter de Pus los miraba con mil dudas en su mente. Se tomó más tiempo frente a Néstor, los ojos impasibles del niño le devolvieron la mirada y el gordo frunció la boca.
—No sé. Estos no son, tal vez eran mayores. —dijo.
—¿Se da cuenta que son casi las cuatro de la mañana? —sentenció la Vieja Buitre con la voz cargada de un reto ominoso.
—No sé…
—Tal vez lo tomó desprevenido un ladronzuelo. Sólo a usted se le ocurre descuidarse.
—Necesitaba descargar la vejiga… —se defendió estúpidamente Cráter de Pus, las carcajadas del grupo de los mayores apoyaron su comentario.
—Es un pedazo… —escupió la vieja entre los dientes podridos y ordenó—: ¡Se acabó! ¡A sus camas!

Al día siguiente todo transcurrió sin el menor comentario, Néstor y Sálvat esperaron la pesadumbre del mediodía para hablar.
—No has dejado de pensar en ello ¿Verdad? —comenzó Néstor.
—No, Nes. A veces es preferible no saber algunas cosas. La Casa Grande nunca me pareció un lugar lindo, ahora estoy seguro de que tenemos que huir, pero no tengo idea a donde.
—Sí. Aquí hay monstruos y afuera hay otros monstruos. —comentó Néstor mirando los ladrillos desnudos del muro.
—¿Y qué haremos? —suspiró Sálvat.
—Sobrevivir, creo. Es lo único que sabemos hacer. No sé para qué, pero lucharemos para sobrevivir.



martes, 22 de enero de 2013

Él es la ley - Artículo sobre Comics



Entre otras cosas también he escrito algunas notas sobre cosas que me gustan. Una de tantas es la historieta británica Judge Dredd. El siguiente artículo está actualizado, pero en su mayor parte fue publicado en Alfa Eridiani.


Él es la ley
por M.C.Carper











En 1976 el comic mundial estaba en procesos evolutivos hacia nuevas narrativas y diferentes estilos gráficos, en (EEUU) la Liga de la Justicia con todos los superhéroes y supervillanos de la DC organizados en diferentes bandos tenía vaivenes de ventas.
En Francia, un grupo de dibujantes liderados por Druillet, Dionet y Moebius se mostraban insatisfechos con sus editores por los derechos de autor y la libertad de expresión, un año después, eso daría nacimiento a Les Humanoids, con una inédita manera de mezclar sexo, CF y crítica social.
En Japón, Ozamu Tezuka cedía terreno a nuevos creadores como Leiji Matsumoto y el proyecto de llevar a Capitán Harlock a su versión Anime.
En argentina H. G. Oesterheld daba vida a una segunda parte del Eternauta y la revista Skorpio tenía apenas dos años de existencia presentando sus historietas de aventuras. España por su parte mostraba clásicos de aventuras y se animaba en Blue Jeans y Tótem a mostrar una inteligente cantidad de historietas de ciencia ficción que mostraba la crisis política que atravesaba ese país.
¿Y Gran Bretaña? 

 

Inglaterra pasaba uno de sus peores momentos, con desempleo, agresividad callejera y olas de crimen. Las editoriales disputaban entre ellas cual mostraba mayor violencia en las páginas de sus comics. Luego de fracasar en sus primeros intentos durante ese año, Pat Mills guionista y editor da vida el 26 de febrero de 1977 a 2000 A.D para mostrar violencia en viñetas pero dentro de ambientes de ciencia ficción. Junto a Jhon Wagner, guionista y colega esbozan muchas historias y personajes para la revista. Pronto se une a ellos una nueva generación de guionistas y dibujantes influenciados por el punk y la actitud antisocial en contra del sistema, Alan Moore y Alan Grant como guionistas y entre los artistas a Dave Gibbons, Mike McMahon, Ian Gibson, Carlos Ezquerra y Kevin O’Neill. 

 


Muchos buenos personajes salieron de sus mentes, como los caza recompensas llamados Perros del Estroncio o Rogue Trooper, el Guerrero Azul que podía respirar NAPALM y llevaba las memorias de sus compañeros de pelotón en diferentes piezas del equipo. Harry 20, una especie de Alcatraz Orbital, Los ABC warriors (Los guerreros de la guerra atómica, bacteriológica y química) o el Cazador de robots, pero quien se convertiría en estrella de la revista fue por lejos, Juez Dredd. 

 

La idea era tener un personaje que representase a la ley y solucionara el crimen sin largos procedimientos. Alguien que fuese al mismo tiempo, juez, jurado y ejecutor. El dibujante Carlos Ezquerra se encarga de diseñar el personaje y los escenarios. De sus lápices nace el motociclón de Dredd y la pistola (Lawgiver) la justiciera. También las primeras panorámicas de la ciudad que bautizan Megacity Uno (todo parecido con Deltacity de robocop es una mera coincidencia). 


 
El primer guión aparece el 5 de marzo de 1977, Juez Dredd no dejaría de editarse desde entonces. La riqueza de los relatos de Dredd proviene más del entorno futurístico que del argumento mismo. Cuenta que en 2070, el último presidente norteamericano inicia la guerra nuclear convirtiendo casi todo el planeta en escombros. Los sobrevivientes se agrupan en las costas de EE UU y originan las megacitys. En ellas los rascacielos superan por cientos de pisos a los edificios actuales, la estatua de la libertad está rodeada de autopistas, el Empire State es una construcción insignificante y desalojada. Los bloques llevan nombres de artistas del siglo 20, uno de los más salvajes es el Ozzy Osbourne. Los habitantes de Megacity (alrededor de 800 millones) son una variedad de mutantes, patoteros, rockers, cyborgs y locos. En ocasiones las poblaciones de un bloque entran en guerra con un bloque vecino, en fuertes choques armados, cabe recordar que a medida que descendemos los niveles, los barrios son más marginales hasta los subterráneos cloacales donde habitan las peores alimañas.

 

 Juez Dredd recorre las calles efectuando detenciones o ejecuciones, según el crimen al grito de: “Yo soy la ley” es un grandulón del que sólo podemos ver la expresión hosca de la boca y el poderoso mentón, pues jamás nadie dibujó su rostro sin el casco (hay una excepción en la saga del Juez Cal, pero el rostro de Dredd está tapado por vendas). Es el producto de manipulaciones genéticas y un entrenamiento de 15 años. La ley lo es todo para él. Se atiene a ella sin atenuantes y puede ser justo y honesto de acuerdo a este código. A veces de maneras muy extremas como en el capitulo en el que un chico de catorce años salta el muro de una vivienda para mirar el jardín, algo que no molesta a la dueña de la casa, pero según la ley merece seis meses en el reformatorio. El personaje resuelve cada aventura en las doce páginas de cada número, con un tono irónico de la sociedad actual y comicidad con atisbos sarcásticos a las estrellas del rock; hasta el grupo Ánthrax le dedicó una canción: “I’m a Law!”.

 

Carlos Ezquerra comenzó dibujando las primeras apariciones de Juez Dredd. En esos días no había alcanzado la soltura y la calidad que demostraría después en “Perros de Estroncio”. Durante el primer año se unió a la revista uno de los artistas más perfeccionistas del comic mundial, un genio que luego sería famoso por hacer el primer comic book de DC, Camelot 3000 y una versión inolvidable del Joker con guión de Alan Moore, la Broma Asesina. Se trata de Brian Bolland, el artista que otorgaría al Juez una calidad impresionante precipitando el éxito que aumenta día tras día. Muchos otros virtuosos de distintos talentos continuaron dando vida a Dredd, siguiendo fieles a los bocetos de Ezquerra y el trazo preciso de Bolland, hasta hubo una versión americanizada dibujada por el exótico y fabuloso Simon Bisley (Lobo, Slaine y Death Dealer, Hellblazer).

 
Con el correr de las historias se sumaron compañeros y villanos en las viñetas, mencionarlos a todos es una tarea maratónica pero no pueden dejar de referirse los más destacados. Entre los amigos está la jueza de la unidad PSI, Anderson que después tuvo revista propia.
Max Normal, el informante del Juez y el robot doméstico Walter, que más de una vez lo auxilia en los casos.
 

Pasaron muchos Jueces Líderes a través de las ediciones, en las primeras historias era el Juez Goodman que es asesinado por el Juez Cal y luego el Juez Griffin que soportaría las obsesiones del Juez, hoy ocupa ese puesto, otra compañera de patrulla de Dredd, la Jueza Hershey.
Entre los villanos tenemos al Juez Rico, el clon de Dredd que es condenado a veinte años en la prisión de Titán después de que nuestro héroe lo arresta, lamentablemente Rico volvió para vengarse y sólo encontró su propia muerte
 
 
El Juez Muerte, la criatura sobrenatural que posee a desprevenidos ciudadanos de Megacity para disponer de un cuerpo y sus secuaces caníbales, los Jueces Miedo, Fuego y Mortis. Aquí es asistido por Judge Anderson para exorcizar a estos Jueces Oscuros.
Orlok, el asesino en las Guerras de los Bloques
Sabbath, el Necromago que resucita a todos los muertos de Megacity poblándola de zombies

 
 El Hombre Lobo Blanco de los subterráneos, traficantes de órganos artificiales o robots con fallas de fábrica.
Un malo recurrente suele ser Máquina Loca Ángel, el único sobreviviente de la familia Ángel. Vale contar la historia, pues muchos guiones se continuaban durante cinco o más números convirtiéndose en sagas. La primera fue la de la Tierra Condenada, el desierto ruinoso que separa Megacity Uno de Megacity Dos, construida en Las Vegas, en la costa opuesta de Norteamérica. Una parte de la misma fue censurada en USA, cuando Dredd debe intervenir en una competencia armada entre cadenas de Hamburguesas con obvias alegorías a dos muy conocidas. Otra saga es la del Juez Cal (apócope de Calígula) que nombra juez secretario a su pez telescopio y sentencia a muerte a todos los habitantes por no adorarlo. 

 

La saga que introduce a la pandilla de los Ángel es La Búsqueda del Juez Niño. Dredd debe recuperar a un niño que lleva en sus genes todas las nociones de la ley y que unos secuestradores planean vender. La persecución transcurre por la Tierra Condenada y una variedad de planetas hasta llegar a un alejado rincón de la galaxia. La pandilla estaba compuesta por Pa’ Ángel, Link, Júnior y Madmachine. Este último era el único que no se divertía matando o descuartizando colonos desprevenidos. Preocupado por esta “oveja blanca” en su familia, Pa’Angel le amputó el brazo y le operó el cerebro colocándole un dial en la frente para graduar su violencia. Juez Dredd los mata a todos para descubrir que la profecía del Niño Juez es una farsa y abandona al niño malvado con otros traficantes.

 
En 1994 se rodó una película protagonizada por Silvestre Stallone y esa fue la primera falla. En la segunda escena Juez Dredd se quita el casco y nos muestra la cara de Rocky Balboa, además los escenarios parecen de utilería, la moto lawmaker se ve muy artificial y en su conjunto está muy alejado del concepto oscuro de Megacity de los comics. Fergie, el gigante rodeado de moscas, bruto y letal se muestra en la persona del pequeño actor de “Gigoló por accidente”Rob Schneider. Diane Lane interpreta a Hershey, Armand Assante a Rico y Max Von Sydow a el Juez Líder (actor de interesantes apariciones en Dune, Conan, Flash Gordon, El Exorcista o Minority Report), pero están desperdiciados y todo es una especie de secuela de Demolition Man.

 

Los años pasaron sin ninguna noticia sobre una nueva adaptación de nuestro Juez en la pantalla grande, hasta el 2012, donde llegó DREDD dirigida por Pete Travis y con el gran Karl Urban interpretando al personaje. Digo “gran” porque he aprendido a respetar a este actor que ha encarnado a Eomer en  ESdlA, a nada menos que al “nuevo” Doctor Leonard “Bones” MacCoy en la nueva Viaje a las Estrellas y también aparece en la versión fílmica del video juego Doom, el primero en 3D y primera persona. En esa película trabaja Dwayne Jhonson, The Rock. 

 

Cuando comencé  a verla pensé que era el protagonista central de la peli pero hacia la mitad el que se come toda la acción es Urban. La película se llama Dredd a secas y me parece muy bien, como diciendo que la cosa vendría de pocas palabras, directo a la acción y sin mucho circo. La verdad es así. Esta vez no cometieron el error de querer sintetizar veinte años de comics en una película como en la desastrosa Linterna Verde, hay una situación. Dos jueces quedan atrapados en unos bloques de viviendas a merced de todos los bandidos que lo habitan a las órdenes de una mafiosa llamada Ma Ma. Por suerte y con una actriz super adecuada, aparece Juez Anderson, la de la División Psi, pero aquí como una novata que Dredd debe probar. La interpreta Olivia Thirlby.
 

 

 
 La música de Paul Leonard-Morgan remite un poco a Terminator y a Robocop, lo que me parece muy acertado. Pero lo magnífico de esta película es su respeto al comic. Acá Dredd jamás se ve sin el casco, el casco es parte de su cara y la expresividad la da el mentón, la boca y los dientes. Hay una escena de interrogatorio, con un Dredd ya muy hastiado done vemos primeros planos de la parte inferior del rostro y nadie puede dejar de recordar las cientos de viñetas del comic donde vimos eso mismo. La historia no dura más que noventa y cinco minutos y me juego que pronto se convertirá en una película de culto para los fans de Dredd. Sólo falta cruzar los dedos para que se animen a realizar una secuela,
Con más de treinta años de existencia Juez Dredd continúa afirmando que él es la ley.