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jueves, 26 de diciembre de 2013

Los Crímenes del terrestre - Cuento - M.C.Carper




Me encontraba en un edificio de departamentos viendo al portero llevando una canasta con un montón de murciélagos que había matado. Me contó que se metían en los balcones. Por curiosidad le pregunté si no le daba pena tener que matarlos y me dijo: ¡No! ¡Son sólo animales! ¡Bichos! Todos los meses tengo que matar algún gato o rata que se mete a las cocheras. En otra ocasión conversando con el kiosquero del barrio vimos pasar una bandada de teros y enseguida acotó: Cuando era niño siempre trataba de darles con mi gomera. Muchas veces vi a personas entusiasmadas cargando rifles de aire comprimido para volver con historias de cómo mataron  y acosaron algún animal. Todo esto fue mi motivación para escribir el siguiente cuento. Fue publicado en NM.

Los Crímenes del terrestre

M.C.Carper


El hombre intentó reconocer el lugar. Una sala circular con veinte estrados, ocupados por alienígenas. El terrestre estaba justo en el centro. Molesto, cambiaba el pie con que soportaba su peso cada tanto. Mientras hacía sonidos con la boca para mostrar su hastío.
Los alienígenas eran tan diferentes entre sí como extraños para el humano. Algunos tenían apariencia humanoide, otros eran gelatinosos. Uno parecía formado de espuma rosada.
 Un ser con cara de equino y gesto adusto, golpeó tres veces un martillo de madera en el estrado.
—Damos comienzo a la evaluación de conducta número  796543/6. Se ha seleccionado al azar al Señor Eduardo Miguel González, un nativo típico del planeta en cuestión. —dijo.
El terrestre carraspeó fastidioso, levantando la mano para pedir la palabra.
—¡Eh! ¡Eh! —Gritó—. Esto es un rapto. Una abducción que le dicen ¡Devuélvanme ya mismo a la Tierra!
—¡Silencio! ¡El nativo debe guardar silencio! Sólo tiene permitido hablar para responder las preguntas del Fiscal. ¿Va a elegir a un representante para su defensa?
El terráqueo estudió a las criaturas que lo rodeaban. No tenía la más mínima idea de por qué estaba allí. Minutos antes, caminaba en medio de la calle pateando una botella de plástico. Hubo un fogonazo y un segundo después apareció en medio de aquel circo de fenómenos dementes. Le pareció una locura dejar que una de esas “cosas” hablara por él.
—No tengo idea del motivo de la acusación, pero rechazo de plano al representante. Si necesito defenderme, prefiero hacerlo yo mismo. —declaró.
—Rechazo aceptado —dijo el equino—. Queda asentado.
Eduardo metió las manos en los bolsillos del pantalón. Empezó a silbar bajito. Los alienígenas le parecían muy formales en sus modos. Toda la escena tenía un tono surrealista. Inocencia y estupidez importadas desde el país de las maravillas.
—¿Y por qué carajo me trajeron acá? —Estalló Eduardo para probar el carácter de las criaturas, cansado con la situación.
—¡Compórtese! —ordenó cara de caballo.
—No, no me callo nada. Ustedes me trajeron. Yo soporté sus modos, ahora aguántense los míos.
Por la forma de actuar, el equino era un magistrado con autoridad, un juez. Sostuvo la mirada de Eduardo unos segundos.
—Eso no hablará en su beneficio —declaró—. Pero conociendo el carácter de su especie, iremos al punto en cuestión. Los delitos que lo traen ante este tribunal son los siguientes: Contaminación del hábitat, Polución en el aire, la tierra y el mar. Extinción provocada de numerosas especies. Deforestación indiscriminada y masiva. Esclavitud de congéneres y otras especies. Uso de la tortura y asesinato de semejantes y otros seres vivos. Que incluye depredación y flagelos. Violencia gratuita hacia toda forma de vida. Mala praxis de la ciencia para desequilibrar el ecosistema. ¿Cómo se declara?
Eduardo buscó algún gesto delator entre los presentes. ¡Aquello era una broma! ¿Qué tenía que ver él con todo eso?
—¡Inocente! —respondió con voz alta y clara.
En ese momento se abrió un panel lateral por el que entró al círculo de luz una figura encapuchada envuelta en un manto. El rostro invisible entre los pliegues de la ropa. Una especie de vapor blanco se escapaba entre las arrugas de la vestimenta. Se ubicó ante el humano y dijo: —Soy el Fiscal, señor González. Dígame ¿Almorzó hoy?
Eduardo lo observó casi sonriendo ¿Qué clase de pregunta le hacía?
—Sí —respondió—, una hamburguesa con papitas y un huevo frito. ¡Riquísimo!
El encapuchado se volvió veloz hacia el estrado.
—¡Que su respuesta quedé asentada, su señoría! —exigió exhalando vapor—. El acusado admite alimentarse del cuerpo triturado de un esclavo indefenso, de tubérculos atacados por sustancias envenenadas y de cigotos producidos bajo tortura. ¡Tres crímenes monstruosos para la obscena práctica de devorar conciudadanos!
El humano agitó los brazos hacia el juez.
—¡Paren! ¡Paren! Así es la costumbre en mi planeta. ¡No es un crimen! No se considera un delito, es sólo comida.
El encapuchado humeante se alzó intolerante ante el hombre.
—La forma en que minimiza ese acto revela su naturaleza, señor González. Yo he visto como se tortura a las aves en las granjas. Tenemos grabaciones de la actividad de los mataderos y de sus aeroplanos arrojando veneno en los campos. Tóxicos que enferman incluso a sus congéneres. —Se giró hacia el Juez—. Esas grabaciones se adjuntan a las pruebas, su señoría.
El humano pidió la palabra.
—Todos los que vean esas grabaciones comprobarán sin duda que yo no estoy presente en ninguna de ellas.
—Usted participa, señor. —Dijo el Fiscal—, no es necesaria su presencia. Al consumir produce la demanda. Si no fuera por usted, esos maltratos no existirían.
—Pero yo desconocía sobre esos maltratos. Acabo de enterarme —hizo un esfuerzo para evitar una carcajada—. A partir de hoy dejaré de comer.
El Fiscal encapuchado caminó de un lado a otro como un animal enjaulado.
—Usted nos cree ingenuos, Señor González. Sabemos que está bien informado. Quiero que vea la prueba número veintiséis.
El humeante mostró a todos los presentes un objeto manual dentro de una bolsa transparente. Lo extendió hacia Eduardo.
—¿Puede decirnos que es eso, señor? —pidió el Fiscal.
—Sí, es… —comenzó a decir el humano contemplando el objeto. Se mordió el labio anticipando las intenciones el encapuchado. Tenía que pensar muy bien las respuestas—. Esto es una honda, una gomera de fabricación casera.
—¿Puede explicar para que sirve este artilugio? —siseó el encapuchado.
—Es para practicar puntería. Se coloca una piedra en el extremo y se tensan las tiras elásticas, luego se dispara. Es un juguete para niños.  
—Tenemos cientos de grabaciones con infantes humanos usando estos “juguetes”. Practicando puntería contra seres inocentes e indefensos. Los proyectiles los destrozan y muchas veces los dejan moribundos por horas. Estos asesinatos no son para conseguir alimento ni defenderse. Se trata de una especie de diversión humana.
Un murmullo de asombro inundó la sala. El Fiscal levantó un brazo envuelto en ropa para señalar al humano.
—¿A cuántos mató usted con su honda, señor González? No me responda, pregúnteselo usted mismo.
Eduardo entendió que aquel circo no iba en broma. La cosa era muy seria. Tenía que exponer una defensa creíble. Alzó la mano.
—¡Señor Juez! ¿Si se me encuentra culpable cual será mi castigo?
El ser parecido a un caballo indicó al Fiscal que respondiera la pregunta del acusado.
—En el Universo aparecen criaturas destructivas que eliminan toda clase de formas de vida, dejan por completo estéril su hábitat y luego terminan extinguiéndose ellos mismos. Es una naturaleza que carece de lógica o algún rasgo positivo. Por eso se formó el Consejo de Evaluación de Conducta, en el que ahora está siendo evaluado. Si su especie demuestra capacidades para corregirse, se le concederá un plazo para rectificar sus atropellos. Si se da el caso contrario, procederemos a eliminar toda la especie hasta el último individuo. Luego se guardaran un par de muestras de ADN en una cámara de seguridad contra amenazas biológicas.
El humano tragó saliva palideciendo. Sudó en abundancia al sentirse perdido. No se le ocurría ningún argumento para salvarse.
—Supongo que el señor Fiscal debe tener otras pruebas reservadas para provocar más golpes de efecto —dijo para ganar tiempo mientras pensaba—. Yo no sé cómo serán sus planetas, pero en la Tierra nada es fácil. Los humanos tenemos cuerpos débiles. Fue gracias a nuestro intelecto que conseguimos sobrevivir. Para eso inventamos las armas, para defendernos y conseguir comida. Para hacernos abrigos. Ustedes ya han visto nuestras grandes ciudades. Tenemos vehículos para desplazarnos más rápido. Hemos descubierto la cura de numerosas enfermedades. Nuestro carácter es osado y curioso.
De entre los pliegues de la capa del fiscal salió más vapor que en las ocasiones anteriores.
—Todo lo que dice es irrelevante. Esos logros que menciona fueron obtenidos con mano de obra esclava, mediante torturas morbosas en especímenes cautivos. Sus ciudades producen cantidades enormes de basura y contaminación. —declaró el Fiscal sin piedad.
—¡No somos todos así! ¡Es injusto condenar a toda una especie por el error de algunos! —protestó Eduardo.
—Por supuesto que hay excepciones —coincidió el Fiscal—, pero el porcentaje es insignificante. Los humanos son peligrosos en grupo y como individuos. Hacen apología de la violencia en cada una de sus acciones. Recompensan la agresividad en los empleos, en los deportes. Basan la finalidad de su existencia en el éxito de unos sobre otros, sin tener en cuenta ningún escrúpulo. Si usted poseyera un arma en este momento no dudaría en usarla justificando nuestras muertes como único recurso para salvarse ¿no es así? 
La pregunta del Fiscal quedó vibrando en el aire. Aquella era una pesadilla que se ponía peor a cada minuto. Eduardo decidió exponer otro ángulo del asunto.
—En los albores de nuestra historia —explicó—, hubo profetas que interpretaron la palabra de dios. El creador nos dio potestad sobre los animales, la tierra y el mar. Fuimos creados a su imagen y semejanza. Elegidos para reinar en la Tierra.
Todos los alienígenas se mantuvieron en silencio por largos minutos. Eduardo simuló tranquilidad, algo le decía que había tocado un lado sensible de aquellas criaturas.
Los hombros el Fiscal se encorvaron mostrando cansancio.
—Hemos analizado mucho tiempo esa estrategia intelectual que llaman religión. Usted dice que un ente cuya existencia no se puede probar le dijo que su raza es  “la elegida”. Y basándose en eso de dan permisos para torturar, esclavizar, estafar y sumir en el miedo a sus congéneres. ¿Usted quiere ayudar a su especie con eso?
Dominado por los nervios, Eduardo se rascó la cabeza con insistencia. Cerró los párpados con fuerza hasta hacer doler sus ojos.
—Los humanos poseemos valores —dijo con voz temblorosa—. Ética y moral. Tenemos un sentimiento que nos impulsa, el Amor. Amamos a nuestros padres, a nuestros hijos, a parejas y amigos.
—Sin duda —afirmó el encapuchado—, el Amor es un sentimiento conocido por todos los seres de la galaxia. Es un motivador, como usted dijo. Pero los humanos combinan al amor con arrebatos hormonales incontrolables. Con ansias de posesión, sumisión y despotismo. Cuando separamos los sentimientos sinceros de la excitación sexual, el porcentaje vuelve a ser desfavorable en esta evaluación. ¿No dicen ustedes que todo vale en la guerra y en el amor? Ponen en el mismo nivel de importancia al genocidio masivo con el cariño. Su sociedad usa un concepto virtual para controlar la economía. En consecuencia originan un mundo de esclavos que comercian con venenos alucinógenos. Con sexo y con la salud. Ustedes le ponen precio al agua y a los medicamentos. Inclusive al amor.
Eduardo se dirigió desesperado al círculo de magistrados.
—¡Estamos trabajando en las soluciones para todo eso! Tenemos gobernantes que se esmeran por crear un mundo mejor. Ocurre que hay muchos desacuerdos y los políticos sólo buscan enriquecerse. Mejoran sus vidas pactando con los empresarios. Depositan el interés en aumentar sus fortunas, descuidando las necesidades del planeta…
El fiscal se giró hacia las tribunas y sin volverse, dijo:
—¿Y quién escoge a sus gobernantes, señor González?
A Eduardo le demandó un gran esfuerzo continuar de pie. Quería irse de ahí, que todo terminase de una vez. Estaba cansado de responder.
—Nosotros. —musitó
El Fiscal torció apenas el rostro.
—¿Perdón? ¿Qué dijo?
Eduardo repitió la respuesta con un suspiro inaudible.
—¡Más fuerte! —Lo urgió el encapuchado—. Es necesario que el tribunal lo oiga.
—¡Nosotros! —Rugió Eduardo con el rostro desencajado— ¡Nosotros escogemos a los malditos! ¡Nosotros!     
—Tal vez ahora esté arrepentido de haber rechazado a un defensor. —dijo el Fiscal.
El comentario irritó al humano.
—¡Para nada! Es claro que todos ustedes ya tenían decidido el veredicto antes de traerme acá. ¡Esto es una parodia! —acentuó apretando los dientes.
—No me sorprende que tenga reacciones xenófobas. ¡Es típico de su especie!
El encapuchado se acercó al estrado del Juez para hablar en voz baja. Eduardo no podía oír una palabra desde su lugar. Un minuto después, el Fiscal se ubicó frente al humano.
—Con todo lo expuesto y sus declaraciones no es difícil anticipar la decisión de este tribunal. Sin embargo, es un hecho su total desconocimiento de nuestras leyes y códigos judiciales. Con la autorización de su señoría, voy a ponerlo al tanto de un artículo que puede beneficiarlo. Es el número Setenta y ocho. En caso de inevitables acciones punitivas que devengan en el exterminio de una especie, es válido para el tribunal presentar a un testigo de inteligencia desarrollada, que pueda comunicarse por medio de un lenguaje para hacerse entender. Este testigo tiene que haber sido víctima de algunos de los abusos que motivaron la evaluación. Si en su declaración, el testigo convocado declara a favor del acusado, serán levantados todos los cargos resolviéndose la total inocencia del acusado.
En los ojos de Eduardo apareció un brillo animado. Los alienígenas eran en verdad unos idiotas. No importaba a quien llamaran. Esa persona haya padecido el sufrimiento que sea, no condenaría a su propia especie. El propio instinto de supervivencia lo haría aliarse con su igual. Eduardo se dijo que haría todo lo posible para convencer al sujeto que trajeran.
Un  panel de la pared izquierda desapareció dejando al descubierto lo que parecía ser un estanque transparente. El Juez habló.
—Este tribunal convoca como testigo a la última ballena yubarta, cuya especie está extinta. Sus hijos y nietos fueron asesinados por humanos.
Eduardo miró abatido la punta de sus zapatos. No esperaba aquello. Para él, las únicas criaturas inteligentes y parlantes de la Tierra eran los humanos. Tuvo ganas de llorar.
—No tengo preguntas, su señoría.


© M. C. Carper


viernes, 19 de julio de 2013

La Ciudad Vacía - Cuento de Ciencia Ficción - M. C. Carper



Siguiendo la cronología de las aventuras de Sálvat en el mundo apocalíptico del planeta Arena. He aquí un nuevo cuento del Nómada. La idea de escribirlo fue consecuencia de una conversación entre amigos sobre esas ruinas del pasado que aparecen por todo el globo. Edificios que fueron testigos de otra época, envueltos es misterios, donde equipos de arqueólogos se esfuerzan por traducir códices. Me pregunté ¿Qué tal si Sálvat encuentra algo así? Claro, tiene que haber una dosis de ciencia ficción. Este relato ha sido publicado en diferentes medios.

La Ciudad Vacía

Ahora es el momento
El Hombre de Hierro liberará el miedo
Venganza desde la tumba
Viene a matar a los que una vez salvó

(Iron Man de Black Sabbath)



Sálvat y Dlanki huían para salvar la vida. Atravesando kilómetros de tunas gigantes. Heridos por las espinas, con la ropa convertida en hilachas. Se detuvieron a tomar aire cuando en el silencio del desierto escucharon el crujir mecánico que los perseguía desde el día anterior. Corrieron  dejando atrás la sombra de las tunas para continuar escalando una ladera de piedras desmenuzadas. Trepar con el estómago vacío fue una dura prueba para los jóvenes, pero prevalecía la infatigable adhesión a la supervivencia.
El mayor de los hermanos ajustó de un tirón la vincha en las sienes,  la larga melena de color paja, oscurecida por el sudor cubría su espalda. Un retorcijón en el costado  lo obligó a detenerse mientras el pecho bajaba y subía. A cada momento, ambos volvían la mirada con temor de tener encima los terribles cañones del enemigo, los ojos marrones de Sálvat apenas se distinguían bajo la sombra de las cejas. Estiró por costumbre su mano hacia la cantimplora para recordar que había bebido la última gota dos horas atrás.
Los rayos del sol amarillo azotaban el desierto. Ni siquiera podían maldecir, con la lengua reseca y los labios partidos.
Días atrás, se hallaban descansando en el Oasis del Loco, a la sombra de palmeras, oyendo el rumor del manantial, mirando las aves jugueteando. Su clan era conocido como Los Pumas, conducido por Ahnloc, el nervudo mutante que dirigía a cincuenta familias por el páramo. No tenían enemistad con otros clanes, pero tras varias incursiones a la opulenta Ciudad Oro se ganaron el odio de los citadinos, quienes no dudaron en contratar tanques robots para limpiarlos del desierto. Eran las unidades Painkillers, las Matadolores. Terribles bastidas autopropulsadas por piernas de hierro, en ocasiones apoyadas por helicópteros también robóticos.
Las posibilidades de  los nómadas eran nulas, los cuchillos y las flechas poco podían hacer contra armas de fuego de grueso calibre. Las fábricas del país norteño, Progreña, canjeaban el servicio de las Matadolores por alimento, agua o combustible, pues en esa parte del planeta se comerciaba por medio del trueque. En las Ciudades-Estado usaban papeles que no tenían ningún valor fuera de sus muros.
Las Matadolores habían cercado a Los Pumas al final del invierno. Las tormentas de arena les dieron una vía de escape hasta el comienzo del verano cuando los mortíferos proyectiles achicharraron el campamento de las mujeres y niños del Clan. En medio de una desordenada fuga, los hermanos vieron la cabeza de Ahnloc desecha por las patas de una PainKiller, fue una matanza. Las máquinas no sabían de piedad, cansancio o tregua. Nada más continuaban hasta cumplir su objetivo. Sálvat no se cansaba de buscar una debilidad en esos aparatos, pero los atentos ojos eléctricos descubrían su presencia siempre. Acercarse a menos de cien metros era muerte segura.
Huyeron en motos, pero los sensores de los robots les siguieron el rastro. Luego, sin agua ni combustible, las motos fueron inútiles. Los muchachos se enterraron en la arena, alimentándose de algún ocasional teyú. Transcurrieron un par de días hasta que se animaron a buscar comida, pero atisbaron la silueta de una Matadolores contra el horizonte carmesí. Con la certeza de haber sido descubiertos, emprendieron la huida hacia el sur, a través del mencionado bosque de tunas. Aunque los mecanismos que impulsaban las piernas eran muy lentos y no podían darles alcance mientras corriesen, la extenuación los estaba venciendo. Con el sonido de los engranajes encima, comieron las flores que aparecían a su paso y bebieron de las carnosas hojas sin dejar de correr hasta “Los Escombros”: una sucesión de montículos formados por cascotes al pie de las cumbres que bordeaban el Gran Erg. Decían que Los Escombros era una ciudad reducida por bombardeos en la época anterior, pero nadie tenía pruebas de esa leyenda. La cadena de cerros se extendía por varios kilómetros, elevándose gradualmente hacia el norte como frontera natural del desierto. Si lograban traspasar los médanos de pedruscos y las colinas, descenderían a las praderas del sur, hasta la costa.
Enceguecidos por el agotamiento, tropezaban con los desniveles del suelo para incorporarse como locos. Una pierna de Sálvat se hundió hasta la rodilla en la grava.
—¡Mierda! —exhaló con el sudor perlando su frente. Deseó tener una chilaba para que el agua de su cuerpo no fuera absorbida en el calor. Esta vez no quiso volverse, sabía que los perseguidores avanzaban imperturbables.
—¡Ya casi estamos en la cima, Sálvat! —exclamó Dlanki. El esfuerzo del ascenso los estaba llevando al límite de la resistencia, las piernas les punzaban de dolor.
 Llegaron a la cúspide y se arrojaron en la ladera del otro lado, un poco de sombra los alivió. Jadearon sin aliento allí tendidos, Dlanki fue el primero en incorporarse.
—¡Mira! —dijo señalando hacia abajo, donde la depresión se ensanchaba. Todo estaba en sombras. Sálvat concentró la mirada.
Pudo distinguir un puente en ruinas atravesando el abismo, los cables tensores y el armazón de hierro no eran de esa época.
—Después de todo hay algo de verdad en la historia del bombardeo —mencionó Dlanki—. Tratemos de cruzarlo.

Esa nueva oportunidad de escape los reanimó. El puente estaba en pésimas condiciones, pero pasarlo no fue gran obstáculo para los nómadas, habituados a saltar y trepar. Ninguna Matadolores podría avanzar por ahí, el peso de los tanques desarmaría el pasaje. Si ese era el único acceso a las colinas, podían considerarse a salvo.
Una vez del otro lado, treparon por una cornisa de la pared. Mirando fascinados la negrura del abismo, nadie podría sobrevivir a una caída. Doscientos metros más arriba había un terraplén con una inclinación que permitía un fácil ascenso. Se abría a una explanada con una pared rocosa al final, donde el viento corría furioso.
 Una hendidura oscura en la roca atrajo la atención de ambos; era una grieta carcomida por la erosión de un deshielo antiguo. Un corredor de roca. Por el que podía pasar  una persona de lado. La luz en el extremo opuesto resplandecía a unos cien metros, Sálvat decidió tomar la delantera, ingresando. Dlanki no tardó en imitarlo. Al salir, contemplaron la abertura de una gigantesca caverna, una garganta oscura con brillos extraños en el interior. Esos destellos en la negrura les erizaron los cabellos de la nuca.
Pero la curiosidad superó al miedo, sin prisa se internaron en la oscuridad.
El brillo que los asustaba no era otra cosa que el reflejo del exterior en los vidrios rotos de unas ventanas, había hoyos en el techo de la cueva. Allí, enterrados bajo toneladas de piedra y tierra, descubrieron construcciones de una extraña arquitectura. Jamás habían visto algo así, las escasas ciudades que conocían no tenían tantos edificios. El corazón comenzó a  golpearles el pecho de emoción, aquel lugar podía guardar riquezas que ningún habitante del planeta Arena había descubierto.
—Es una ciudad muerta, escondida. —Dijo Sálvat.
—¿Quién puede saberlo?
—¡El silencio! No se oye nada en este lugar. —apuntó el mayor.
—No sé por qué, pero me provoca escalofríos. —comentó Dlanki frotándose los brazos.
—Sí. Parece una tumba.

Afuera empezaba a atardecer. Dlanki había atrapado unas lagartijas para cenar. Los interiores de los edificios se conservaban bastante bien, pese al envejecimiento obvio de la madera y la tela, sin embargo era imposible que se mantuvieran así tanto tiempo.
 Tal vez el ambiente cerrado y seco las conservó, pensó Sálvat.
La ciudad, si lo era, carecía de un centro comercial o rutas para comerciantes. Parecía un pueblo aislado, pero con edificaciones majestuosas. Tras una breve exploración descubrieron que las construcciones se ubicaban como los radios de una rueda, desde un edificio central mayor con una especie de domo en uno de los ángulos. Lo rodeaba un muro por el que ingresaron sin dificultad, pues una parte se había derrumbado.
Estaban agotados, pero no soportaban la idea de dejar sin explorar la construcción del centro.
—El frente tiene una galería, no sé estimar cuantos pisos ocupa. —Comentó Dlanki.
—Este sitio fue abandonado antes de que naciéramos. Lo que los obligó a hacerlo debió ser una amenaza mortal.
—Tal vez esa amenaza aún exista. —murmuró el más joven, Sálvat se detuvo.
—¿Qué quieres decir?
—No sé. Quizá fue un veneno… o alguna peste.
—O radioactividad. —Acotó Sálvat.
—¡Deliras! No hay usinas nucleares aquí en el sur. Sólo en Progreña y por lo que he oído, venden muy cara la energía.
Aquello no era seguro, nadie recordaba cómo había sido ese lugar antes del declive del hombre. En el norte, las edificaciones eran restauraciones de ciudades antiguas, el sur no tuvo la misma suerte. Sálvat no aminoró el paso aunque el silencio y la oscuridad empeoraban su humor. Dentro del Domo, las condiciones de conservación eran muchos mejores que en los otros lugares, limpio y sin polvo. Las puertas eran en su mayoría transparentes, con cierre neumático. Una sola entrada, para salidas de emergencia se abría girando el picaporte, por ella ingresaron. El ambiente se mantenía seco y fresco. Dlanki buscó la manera de acceder a una ventana para mirar al exterior, la luz crepuscular se filtraba por la boca de la cueva, reflejándose en muros y columnas. Al llegar al ático, en el piso once, contemplaron los edificios bajos, muy cerca el techo rocoso de la caverna.
—Esto fue construido aquí dentro —conjeturó Sálvat—. La erosión pudo reducir el exterior de las colinas, pero esta caverna existía hace siglos. Este tipo de arquitectura es antiguo, del que vemos en las viejas revistas. Mira esas enormes barras de hierro bajo el techo de la cueva, esto era un refugio.
—¿Qué clase de locos vivirían en una caverna?
Sálvat no respondió. El lugar inspiraba desconfianza, lo sentía en los huesos. Estaba deshabitado; sin embargo todo el tiempo le escocía la sensación de estar siendo observado, con un enemigo al acecho. La oscuridad se acentuaba al internarse en la edificación con lo que sus sentidos se alertaron.
Descubrieron muchas escaleras. Juguetearon en una de amplios escalones que comunicaba varios edificios. La última que hallaron estaba disimulada en un pequeño cuarto. Bajaba hasta subsuelos no accesibles desde otros sitios. Por supuesto, descendieron.
Tras una oficina de recepción había una gran sala con paredes cristalinas, el interior tenía gabinetes y varios escritorios con computadoras, sólo la pared del fondo les llamó la atención, tenía una superficie irregular llena de aparatos, una mesa adosada con monitores y dos asientos. Se adelantaron con cautela y de pronto los asaltó el terror.
¡Las luces se encendieron!
El rumor de los aparatos les puso la piel de gallina. Los aires acondicionados, electrodomésticos, relojes de pared, todo cobró vida. Desde algún lejano grifo brotó un furioso chorro de agua.
Ambos nómadas se prepararon, lo que fuera que despertaba recibiría su violencia si los amenazaba.
Transcurridos unos minutos, nada ocurrió.
—Se activó automáticamente. —Gruñó Dlanki.
—Lo dudo. Esto no pudo mantenerse así tanto tiempo, es tecnología preholocausto. Alguien hace el mantenimiento…
—¿Robots?
Odiaban a los robots. Eran máquinas precisas de aniquilación, sólo los corruptos habitantes de Progreña los fabricaban. Sálvat anidaba un profundo rencor al país del lejano norte. Jamás había conocido a los norteños ni había estado en su territorio,  pero albergaba la esperanza de escarmentarlos algún día por enviar a las Matadolores contra ellos. Avanzaron dispuestos para la acción. En la pared izquierda pendían cuatro hileras de gabinetes. Tubos fluorescentes iluminaban todo, no había escondrijos a la vista.                                                                                        
—¿Qué es esto? —murmuró Dlanki, la respuesta le llegó con una voz estridente y desconocida. Los hermanos se pusieron en guardia.
—Mi denominación es M. R. Treinta y Uno. Soy el Computador Central de este refugio, El Bunker Número Cuatro.
Salvat aferró con fuerza su cuchillo, mirando con ardor en dirección al sonido de la voz proveniente de los paneles del fondo. Sin decir una palabra, ambos se adelantaron hasta el disimulado altoparlante.
—¡Bienvenidos al Campamento Número Cuatro! —los recibió cordialmente el Computador. Las cámaras se encendieron cuando cruzaron los sensores láser de la entrada. —añadió
—O sea que nos escuchaste. ¿Vas a atacarnos? —indagó Sálvat con los dientes apretados.
—Eso es inadmisible. Mi programación es evitar, y en situaciones extremas, minimizar el dolor y el sufrimiento humano.
Dlanki interrogó con la mirada a su hermano.
—No sé —dijo este—. Nunca nos topamos con algo parecido. —En realidad estaba fascinado con el encuentro, todo lo que había leído sobre las computadoras anteriores al holocausto atrapaba su curiosidad. Ahora tenía la oportunidad de conocer más. Era una fortuna que lo hubiese descubierto sólo con su hermano.
—¿Llevas mucho tiempo desactivada? ─preguntó al fin.
—Noventa y ocho años, cinco meses, dos semanas y seis días.
—Ffuuissss. ─silbó el Nómada─ ¿A qué se debió tu inactividad?
—Una rutina de ahorro de energía. Cuando dejé de percibir humanos durante medio año, cerré los sistemas uno por uno y sólo mantuve la vigilancia del perímetro y los sistemas de mantenimiento básicos, la presencia de un humano era lo único que podía reactivarme.                        
—¿Sabes qué ocurrió fuera de aquí durante tu sueño? ─quiso saber Dlanki.
─En eso deberé actualizarme. Si están dispuestos a ayudarme,  reuniré toda la información.
Contarle la historia como la conocían, no fue problema para los muchachos. En su infancia habían sido educados en una lejana ciudad, más tarde, los nómadas los instruyeron en supervivencia. Claro que tras cuatro largas horas de relatos sus estómagos mal alimentados comenzaron a quejarse. M.R. Treinta y Uno les informó de una sección destinada a fabricar comida en el nivel siguiente. Mecanismos automatizados conservaban y reciclaban los alimentos. Como habían supuesto, había muchos robots pero sólo eran aparatos simples con muy pocas funciones automáticas. Descubrieron como generaban los alimentos para los antiguos habitantes con una huerta hidropónica y algo denominado Biogranja, no tenían idea de por qué no la llamaban simplemente granja, pero pronto lo descubrieron. Una pequeña área de la huerta había sido desatendida, varias hortalizas nacían y morían de continuo ahí. La Biogranja los impresionó causándoles aversión. Ver cuerpos de pollos ciegos sin plumas colgando de cucharas de alambre bajo radiadores e inyectados de químicos les quitó el apetito. Fue aún peor, cuando vieron cómo se deshacían de los remanentes: Simplemente los arrojaban a un depósito de ácido, todavía vivos, si esa existencia podía denominarse vida.
Todo ello había cumplido e iniciado ciclos durante un siglo.
¿Con qué propósito hicieron esto los hombres de esa época?, esa pregunta los quemaba. Comieron frutas y legumbres, antes que las máquinas trajeran la comida de la Biogranja. Después siguieron conversando con el Computador, hasta que entre cada frase lanzaron enormes bostezos e inclinarán la cabeza con los ojos cerrados. Atento a cada detalle. M.R. Treinta y Uno les indicó dónde encontrar unos cómodos cuartos. Durmieron plácidamente como nunca antes en sus agitadas vidas.
Los días siguientes consistieron en intercambios intelectuales y un sin número de descubrimientos. Los baños los deleitaron. Para ellos, higiene y paz eran lo más cercano al paraíso. Pero la curiosidad de Sálvat era inagotable, no paraba de acosar con preguntas al cerebro computador sobre autos, música, armas y costumbres antiguas.
La música había acompañado a Sálvat desde muy temprano en su vida. Primero como huérfano en el hospicio y luego con los nómadas, en las ciudades se hacían copias de las antiguas grabaciones. Muchísimas antenas de radio se elevaban a lo largo y ancho del continente, los chicos siempre oían las radios que sintonizaban en el desierto. M.R. Treinta y Uno les informó de un equipo de radio de largo alcance que no demoraron en operar y las voces del mundo les llegaron claras, desde Fosa Fallac hasta Holania.
Sálvat pasaba tardes enteras grabando música. Distraído por la larga procesión de temas había olvidado hacerle una pregunta clave al computador, no espero a otro momento.
—¿M.R. Treinta y Uno? ¿Dónde están los habitantes de este lugar? ─habló bajando el volumen desde un mullido sillón.
—No lo sé, sólo puedo conjeturar que se han ido.
—¿Por qué? ¿Tenían algún motivo?
—Puedo mostrarte imágenes de los últimos días antes de  desactivarme. La sociedad de este campamento estaba administrada por el Alcalde Walsh. ─mientras hablaba, un monitor parpadeó mostrando video grabaciones de aquella época. Montones de gente, en la plaza de la entrada. Se veían árboles y flores. La ropa de la muchedumbre le pareció fantástica, pero les causaba pena: ese mundo  lleno de vida en un planeta fértil, jamás volvería a ser. En otro registro se veía al alcalde Walsh  dando un discurso a todo el pueblo reunido.                                                                                  —¿Estas imágenes no tienen sonido? ─las escenas mudas impacientaban a Sálvat.
—Es anómalo. Estos archivos se guardaron sin sonido.
—¿Hmmm? ¿Qué le estaría diciendo a la gente ese Walsh?
—El último mes, antes de ser desconectado, había pesadumbre en el campamento.
—¡Un momento! ¿No era que decidiste desconectarte al no aparecer ningún humano por medio año? —Sálvat sintió que el Computador no le había dicho todo.
—Es cierto. 
 —Acabas de decir que te habían desconectado... —El cerebro de la máquina necesitaba que le hicieran las preguntas precisas para responder.
—Eso fue antes de que la gente desapareciera. Hay un lapso de treinta horas sin registros en mi memoria. Fue después de activarme que no hallé a ningún habitante.
—¿Estás diciendo que todos desaparecieron en treinta horas? —A Sálvat no le gustaban las cosas turbias y menos que una máquina se hiciera la misteriosa— ¿Justo cuando no estabas activo?
—Así es, no hubo fallos en mis unidades lógicas. Es de suponer que se llevó a cabo un proceso de desactivación.
—Debe ser fácil desactivarte. —Remedó el Nómada pero M. R. no captó la ironía.
—Se necesita la aprobación de tres altos funcionarios para ejecutar esa acción, es extraño que no me hayan notificado.
—Muy extraño. ─acotó el Nómada frunciendo el ceño. —¿Escuchaste el discurso de Walsh? ¿Tienes idea que le decía a la gente?
—El Alcalde Walsh hablaba a la población urgiéndola a prepararse para el Apocalipsis, el fin del mundo. Su salud se deterioraba. Los últimos días vivió encerrado en su oficina con la única compañía de R.O.D, su leal asistente.
—¿R.O.D?
—Su androide, la mascota del Campamento Número Cuatro. Era muy querido entre los desaparecidos. Sus programas le impedían separarse de ellos. Algo que no podían concederme a mí.
—Gracias, M.R. ─concluyó Sálvat bostezando de cansancio.  El misterio del lugar era más oscuro de lo que había imaginado. Se despidió para irse al dormitorio diciendo a M.R. que continuarían conversando sobre ese asunto.
—No puedo confiar en esta computadora. ─se quejó a su hermano menor. Estaban en uno de los cuartos de las barracas externas, lejos de las cámaras del complejo central.
—No puede mentir, Sálvat. Es una máquina, como las PainKillers, tiene una serie de funciones limitadas. No existían en esa época aparatos pensantes.
El otro joven lo miró torvamente. Se preguntó qué podía saber su hermano en verdad. Todo lo que conocían, lo habían leído o escuchado. Ahora estaban frente a frente con el pasado; lo experimentaban en la realidad, no eran cuentos.
—La historia es muy rara ─protestó Sálvat─. Este es el Campamento Número Cuatro, o sea que hubo otros. Tenían un jefe, un alcalde. Sabemos que la decadencia y el cambio de clima comenzaron hace doscientos años, supongo que este campamento fue creado para refugiar a los sobrevivientes, antes de que comenzaran las grandes hambrunas.
—M.R. te dijo que lo desconectaron. Quizá no querían que se enterase de algo.
—Es obvio. Ese tipo se encerraba en su oficina. Voy a encontrarla y averiguaré todo.
—Sí ─replicó Dlanki en un bostezo─, pero mañana, ya es muy tarde.
Apagaron la luz arrebujándose en las camas.
Sálvat abrió los ojos y de un salto estuvo de pie. Vio a Dlanki tan alerta como él. Ambos lo habían oído. El “Blam” de una puerta cerrándose. Tomaron sus cuchillos y sin vestirse exploraron las habitaciones. Por último se dirigieron a la entrada que daba al complejo, no había huellas ahí.
—¿Qué crees? ─musitó Sálvat.
—No estamos solos —Afirmó Dlanki—. La otra noche me pasó algo raro, no iba a decírtelo pues creí que lo había imaginado.
—¿Qué?
—Dormía cerca del edificio en forma de domo, el más chico que está en el fondo de la cueva. De pronto me sentí observado y miré en la dirección que me molestaba. Creí adivinar una forma en las sombras. Fue un instante; al dirigirme al sitio no encontré nada.
—Igual que ahora.

Despertaron para ir directo a la oficina del alcalde Walsh. Tuvieron que forzar la puerta porque estaba cerrada con llave. Dentro todo estaba ordenado y limpio. Las cámaras de M.R. Treinta y uno habían sido destruidas ahí. Pero eso no les extrañó. Un par de sillones y un escritorio con un ordenador era todo el mobiliario. Sálvat se acomodó en un sillón y hurgó en los cajones.
—Mira, Dlanki ─dijo mientras levantaba en sus manos un revólver. Abrió el tambor. Faltaba una bala─. Fue disparado hace cien años.
—¿Por qué estaría armado el Alcalde? Algo lo atemorizaba.
Sálvat miró a las cámaras inutilizadas.
—Al parecer no quería que M.R se metiera en su vida. En estos cajones hay muchos papeles y backups en memorias portátiles. Todo bien conservado, seguro hallaremos una pista en ellos. Ocúpate tú —pidió a Dlanki—. Yo detesto leer cuando no hay fotos ni ilustraciones.
Dejó el lugar y caminó velozmente hasta la sala del computador.
            —¡Buenos días, Sálvat! —Lo recibió M.R.
—¿Qué enfermedad tenía Walsh? —inquirió Sálvat dejándose llevar por su intuición.
—¿Desea su historia clínica?
— Mencionaste que su salud empeoró. ¿De qué?
—Sufría trastornos psicológicos. Delirios de persecución. Paranoia. Era muy depresivo.
—Era un maldito loco a cargo de toda la población ¿Sabías que tenía un revólver? ¿Que las cámaras de su oficina están rotas?
—Los médicos le recetaron antidepresivos. Portar armas estaba autorizado para los funcionarios públicos. El desperfecto en las cámaras ocurrió antes de mi desactivación ¿Está reuniendo pistas para un trabajo detectivesco?
El humor de Sálvat se apaciguó. La pregunta de la computadora le hizo gracia. Tenía inocencia, aunque fría y calculada. Recordó otro asunto que le escamaba.
—¿Hay otras cámaras sin funcionar?
—Hay doscientas setenta y dos en total. Distribuidas en los sectores D, F y G.
—Muéstramelas en un plano.
En un monitor apareció el plano esquemático del Campamento Número Cuatro. Unos puntos blancos representaban las cámaras funcionales. Tanto el domo pequeño como las áreas circundantes y los edificios que rodeaban al complejo aparecían a oscuras.
—Vaya… ¿Qué diablos es ese domo?
—Es la central nuclear, está clausurada. —informó M.R.
—Pero no sabes qué ha pasado ahí en los últimos cien años.
—Muchos sistemas siguen operando, es un lugar que requiere mantenimiento. Sellaron el generador nuclear y lo llenaron de materiales para contener su actividad. Por supuesto, no puedo obtener ninguna imagen desde aquí.
Dlanki llegó corriendo hasta ellos, jadeaba y tomaba aire para poder hablar. En sus manos tenía una hoja.
—Acabo de imprimirlo. ─dijo al fin. Pertenecía a un archivo escaneado y guardado en la computadora de Walsh, estaba en manuscrita.
—¿Qué es? ─gruñó Sálvat.
—¡Lee!
—Sabes que no me gusta leer. —protestó el mayor, pero fue interrumpido por Dlanki.
—Es una nota de suicidio. Walsh se mató. Aquí dice que usaría una bala.
—¿No sabías nada de esto, M.R? ─indagó el mayor.
—No estaba enterado.
—¿Pudieron desactivarte sin la colaboración de Walsh?
—Solamente dañando mis archivos. Revisaré todas mis unidades lógicas.
—Faltan treinta horas en tus memorias, M.R. Tal vez no te desconectaron, sólo removieron esos registros ─dijo el Nómada. Contó a Dlanki sobre la cámaras─. Por suerte tenemos un arma. Tomaremos un par de linternas para inspeccionar la central nuclear. No descansaré hasta desentrañar este asunto.
Las linternas eran potentes. Discutieron unos minutos sobre quién llevaría el revólver. Sálvat no tenía mucho interés y dejó que Dlanki se lo quedara. Cuando llegaron al lugar donde no funcionaban las cámaras, descubrieron que muchas luces estaban rotas, destruidas a golpes.
—Buena idea la tuya de traer linternas —festejó Dlanki acostumbrado a los aciertos instintivos de su hermano—. Este es un pasillo que comunica con el domo —Elevó el haz de su linterna para hacer un hallazgo interesante—. ¡Mira las paredes! ¡Agujeros, impactos de armas de fuego!
—Alguien limpió todo, no hay cadáveres. —dijo Sálvat ceñudo.
Llegaron a un sector muy oscuro. Una compuerta entreabierta daba acceso a la central clausurada. Sálvat empujó con cuidado. Entraron en una antecámara donde colgaban trajes aislantes para la radioactividad. Los símbolos de advertencia nuclear estaban pintados  donde posasen los ojos. Rompieron la siguiente compuerta para ingresar al domo. Ante ellos apareció una cúpula de menor tamaño bajo las estructuras del interior, varias planchas de metal servían de pasillos, comunicando la entrada con una abertura en la cúpula menor.. A pesar de las linternas, la oscuridad ahí tenía presencia física, como algo sólido. El silencio les encogía el espíritu, el lugar no había sido visitado por humanos desde hacía un siglo.
Caminaron por el pasillo circular rodeando la cúpula negra, indecisos hasta tomar ánimo de cruzar la abertura en la pared curvada. Cuando metieron las cabezas en el hueco contemplaron un espectáculo abrumador.
Dentro había una montaña de huesos humanos. Los esqueletos conformaban una pila de ocho metros de altura, ennegrecidos por quemaduras. De los huesos emanaba una fosforescencia perturbadora, macabra. Ya no quedaba hedor en la carne convertida en polvo. Pero las cuencas vacías de las calaveras parecían expresar horror en las fantasías de la imaginación. Sálvat miró en cada rincón tratando de entender que había pasado ahí, en el ambiente flotaba una ceniza espesa. Bastaba un leve rozar de los pies en el suelo para agitar aquel vaho de residuos en el aire. Era un lugar desagradable que impulsaba a ser abandonado.
Los habitantes del Campamento Número Cuatro no se habían ido a ningún lado.
—No pudieron morir aquí. A estos los mataron y los trajeron. ─dijo Dlanki. Su voz sonó en ecos estridentes bajo el domo.
El cerebro de Sálvat seguía intentando deshacer el nudo de la intriga. Los esqueletos estaban muy resquebrajados. No había ropa ni objetos que hubiesen persistido al paso del tiempo. Ningún botón, ninguna hebilla. Se habían encargado de desnudarlos y acomodarlos allí. Cuando la carne se volvió ceniza, rompieron los huesos ocupando menos espacio. Un trabajo metódico y preciso.
—Esto lo hicieron en treinta horas ─razonó─, manteniéndose fuera del alcance de los ojos de M.R Treinta y Uno. Nadie podría ocultarse así por un siglo... ─unos sonoros pasos en la plancha metálica exterior les erizaron los cabellos de la nuca. Sálvat preparó los puñales asomándose. Lo que vio, respondió todos los interrogantes.
Opaca, con la cubierta tiznada por un lejano fuego, se hallaba de pie una máquina muy vieja; un robot que imitaba perfectamente la anatomía humana, el rostro era una emulación tosca. En muchas partes del cuerpo brillaban luces y números.
—¿R.O.D? ─alcanzó a decir Sálvat antes del ataque. De nada sirvieron los cuchillos. Las hojas se partieron contra la gruesa caparazón y las balas de Dlanki rebotaron inofensivas en las placas del robot. Los nómadas se separaron instintivamente para distraer al enemigo. El mayor de los hermanos se dedicó a llamar la atención de la máquina, dando la oportunidad a Dlanki de disparar contra el cuerpo metálico. Las detonaciones aturdieron bajo la bóveda, pero los impactos apenas abollaron la cubierta de acero. Sálvat saltó golpeando con las piernas el tórax artificial, sólo consiguió un terrible dolor en las plantas de sus pies. Huir era imposible con el adversario de hierro bloqueando la salida. Una mano acerada apresó la ropa de Sálvat, el nómada se vio sacudido como un muñeco. Aquellos brutales movimientos causaron múltiples heridas en su cuerpo, por fortuna, la remera se deshizo, liberándolo. Aquella contienda no podía ganarse por la fuerza, era imposible matar a algo que no estaba vivo, ni dañar a quien no experimentaba el dolor, la fuerza de ambos tampoco servía para contrarrestar la presión mecánica que enfrentaban.
El robot lanzó a Dlanki contra la pared de la cúpula externa. El impacto le hizo perder el conocimiento, mientras otra mano robótica buscaba el cuello de Sálvat.
—¡R.O.D! ─gritó Sálvat intentando ganar un segundo de tiempo.
—Debo evitar su sufrimiento, Amo. ─dijo el robot con una voz más artificial de lo imaginado por el nómada.
—¿Qué? ¿Fue Walsh, no? ¡Ese loco depresivo se mató por el futuro que vio! ─los dedos metálicos rozaron la garganta de Sálvat y los rasguños en la piel enrojecieron.
—Me mostró lo que ocurriría: Los efectos de la radioactividad, el fin de todas las cosas, un sufrimiento largo para los amos… —explicó el robot, parecía excusarse o tratar de hacerlos entender sus acciones.
—¿Qué pasó después del suicidio de Walsh? ─jadeó Sálvat, ya las manos de R.O.D se cerraban en el cuello, hilos de sangre tiñeron su rostro de heridas.
─No pudo hacerlo. Me dijo que yo era el indicado para evitar su dolor y el de los demás amos. Me pidió que usara el revólver. Antes, envenenó las cisternas; los amos simplemente perdieron el conocimiento.
—Pero algunos se defendieron ¿No es así? —el dolor en la garganta y la falta de aire disminuían las fuerzas del Nómada, a unos metros, Dlanki contemplaba todo impotente.
—Sí. No sabían del Apocalipsis que se avecinaba, les evité ese dolor.
—¡Ya! ─gruñó Sálvat forcejeando con la prensa de hierro que lo estrangulaba. Aún atontado, Dlanki tironeó de los brazos robóticos en un intento inútil de salvar a su hermano.
—Evitaré que sufra, amo. —Murmuró el hombre de hierro sin emoción.
—¿Si el Apocalipsis ocurrió, cómo mierda explicas que mi hermano y yo estemos aquí? ¡Pasaron cien años, robot idiota! —gruñó Sálvat agotando su última reserva de aire.
Las manos metálicas aflojaron la presa. El Nómada tosió acariciando su garganta.
—No hubo Apocalipsis, la humanidad sobrevivió —dijo Sálvat con esfuerzo—. Vivir es sufrir, matándonos eliminas la única oportunidad que tenemos los amos. Walsh estaba enfermo ─de alguna forma notaba que el robot comprendía su razonamiento. Era como había dicho Dlanki, sistemáticamente lógico─. Saboteaste a M.R. Treinta y Uno y luego lo activaste. Te mantuviste funcionando todos estos años al servicio de los amos muertos. Yo estoy vivo, R.O.D. Si a alguien has de obedecer es a mí. ─en la propuesta lo apostaba todo. Sabía que nada podría hacer contra la fuerza artificial de aquella mascota de hierro. El cerebro computador decidiría todo en segundos.
—Fui hecho para servirte, amo. ─el robot remarcó cada silaba.
—¡Bien! ─gritó Dlanki golpeando la pared del domo.
R.O.D era como un niño. Creía ciegamente en aquel que consideraba su amo. Obediente más allá de la mayor lealtad. Estaba hecho como M.R, para evitar o minimizar el dolor y el sufrimiento humano. Con las indicaciones adecuadas era tan dócil como un pajarillo. Los nómadas se adaptaron a él rápidamente. Los días siguientes  se dedicaron a limpiar y reparar cámaras y luces, sintiéndose dueños de la ciudad. Nunca antes habían sido dueños de una casa. Si bien el desierto siempre sería su hogar, la frescura del Campamento Cuatro les invitaba a disfrutar de paz. Tomaron por costumbre estudiar de todo un poco. Sálvat comenzó a leer con mayor frecuencia. Primero historietas, luego libros ilustrados. Su ansia de aprender lo dominaba con un hambre imposible de satisfacer.
Pero ambos eran jóvenes e inquietos. Había todavía muchas ganas de sol y compañía para quedarse en esa ciudad enterrada. No estaban seguros de cuál sería la reacción de los nuevos amigos de ese lugar al decirles que los dejarían. No obstante estaban muy decididos. Cuando comenzaron a sentir la necesidad del mundo, armaron sus mochilas y fueron a ver a M.R. para despedirse.
—¿Volverá, amo Sálvat? ¿Amo Dlanki?─dijo el computador, también en nombre de R.O.D.
—Tenlo por seguro, M.R. ─asintieron los nómadas.
—¿Tardarán? ─quiso saber R.O.D.
—Menos de un siglo, te lo aseguro —sonrió Sálvat—. Quiero saber cómo son las ciudades ahí afuera. Cómo se vive en sociedad, sólo conozco el desierto, y el Campamento Número Cuatro.
—Lo esperaremos listos para lo que necesite. —aseguró M.R.
Los nómadas sonrieron e iniciaron la marcha sin prisas.
La Ciudad Vacía quedó atrás, cruzaron el puente oxidado y desde la cumbre de Los Escombros vieron la ruta del desierto. Todo en el Gran Erg estaba tan candente como era usual. El hiriente sol reinaba en el cielo amarillo. Dlanki miró hacia el sur, ladera abajo se extendía un camino abandonado.
—Por ese lado están las ciudades costeras ¿Qué opinas? ─propuso a Sálvat.
 ─No sé ─con una mueca  de incredulidad─. Extrañaré a estos dos que dejamos. Siento como si fueran personas.
—Si. Son nuestros amigos. Con errores como los humanos ─rió Dlanki─. Esa ciudad es un lugar a donde retornar.
—Eso nos hace responsables del sitio y de ellos. Nuestro secreto. El miedo casi exterminó a la vieja generación y hoy nadie se acuerda. No importa lo que nos espere en la civilización, no nos rendiremos sin sudar hasta la última gota.
—¡Menos mal! ─respondió el más joven y bajaron rumbo a las ciudades.

© M. C. Carper