jueves, 7 de marzo de 2013

Confluencia de Destinos - Cuento de Cf - M. C. Carper


Otro ejercicio propuesto por Sergio Gaut vel Hartman en Taller Siete. Teníamos que contar una misma historia desde tres puntos de vista diferentes. Originalmente, este cuento se publicó en Alfa Eridiani con el título “Puntos de vista”. En ese momento no había pensado en ningún nombre para el cuento y ese fue el que salió, pero hoy veo que no era muy adecuado. Así que ahora lo presento como Confluencia de Destinos.             

Confluencia de Destinos
M.C.Carper


 El Señor Collins


Observé el mobiliario para matar el hastío. Una mesa sencilla, dos sillas, dos vasos baratos y una botella con agua. Era un cuarto pequeño, de cuatro por cuatro. Había un par de puertas. Una daba al pasillo por el que entré, ignoro a donde conduce la que está frente a mí. Miré mi nuevo Ipad con estuche de oro, un largo minuto había pasado desde la hora acordada.
Odio la impuntualidad, una característica de las personas desordenadas que no pueden gobernarse a sí mismas.
¿Y éste tipo pretende dar una respuesta coercitiva al asunto?
 Es un necio.
El sonido del picaporte me anunció que llegaba. Ajusté mi corbata y palpé la tarjeta en mi bolsillo, aunque supuse que él no tendría ninguna. Tampoco traería una nueve milímetros bajo el saco como yo. El hombre que apareció era gordo y llevaba una gorra descolorida. Usaba una colonia de marca desconocida, era una bajeza tener que lidiar con él.
—Señor Collins —dijo, ofreciéndome la mano sudorosa—. Encantado de conocerle, soy Helvio Puertas.
Dejé que oprimiese mis dedos mostrándose entusiasmado, otro loco soñador. Seguro se creía un iluminado que, preocupado por sus prójimos, había hecho el gran hallazgo. Permití que iniciase su exposición sin preámbulos.
—Bien —dijo exhalando cansancio por el sobrepeso—, mi programa llegó a sus manos hace meses. Sabe que hemos realizado pruebas en poblaciones reducidas y en todas obtuvimos resultados positivos.
—No lo creo. —ya había hecho analizar el estúpido programa y el pretencioso alcance que esperaba darle con mi ayuda; pondría en su lugar a aquel idiota.
—¡Esto eliminará la falta de alimentos en el mundo! —Continuó jadeando— ¡Los costos de energía se reducirán a nada! Edificando laboratorios de producción en los lugares más necesitados se frenará la tasa de mortandad por hambruna.
—¿Pretende que ponga mi dinero en sus manos para experimentar con esos cristales que halló? —lancé la pregunta para que explicará sus planes, cuanto sabía en realidad, no quería llegar a lo peor sin estar seguro.
—Sí, señor. Estos cristales fertilizan los desiertos, sus emanaciones curan enfermedades terminales. Entre los miembros de mi equipo había gente que tenía sida y cáncer, hoy pueden competir en las olimpiadas. Con un mínimo fragmento se puede generar electricidad sin ningún residuo nocivo. En nuestras últimas pruebas descubrimos que reducen las posibilidades de sismos y tornados…
—¡Basta! No creo en la magia. ¿Quiere obsequiar esa fuente de milagros al mundo? ¿Todo a cambio de nada?
—Nada de nada. La humanidad podrá entregarse a los placeres del conocimiento y la distensión.
—Usted no sabe nada acerca de la humanidad, como no sabe nada acerca de esos cristales —el gordo se mostró interesado en mi comentario—. Encontró los dichosos cristales por una maldita casualidad. Fueron escondidos ahí en los tiempos de mis ancestros. Señores que en su sabiduría, así lo decidieron. El acceso al lugar estaba prohibido según las leyes, pero a pesar de las restricciones, usted y sus colegas, excavaron donde no debían.
—¿Quiere decir que conocían esta tecnología, pero privaron a la humanidad de su uso? —Al entender al fin lo que le había revelado, el gordo enfureció— ¿Con qué maldito derecho, hijo de puta? —me divirtió verlo mirar las paredes buscando una respuesta.
—Su definición de humanidad es la de los poetas, de los enamorados. De aquellos que no ven más allá de sus narices. Hace tres mil años se reunieron en una abadía francesa los siete hombres más poderosos de Europa, no necesita saber los nombres, sólo que en esa reunión decidieron que era lo mejor para asegurar el futuro de la especie humana, porqué eso es lo que importa, nunca cuentan los individuos. El futuro es la prioridad. La naturaleza lo sabe. Desde la cucaracha a las ballenas, pasando por el hombre; debe prevalecer la especie. Mientras se conserve un espécimen, el más apto desde luego; la humanidad tendrá un futuro.
—¿Qué quiere decirme? ¿Para que la humanidad sobreviva hay que negarle esta solución a los problemas?
—Aún no he terminado, gordo. Trate de no ser insolente y escuche. Aquellos siete de la Abadía le dieron vueltas y vueltas al asunto durante días. Al final, sin ninguna opción, coincidieron que había una sola manera de lograr un ser humano con intelecto desarrollado, salud mental, principios y excelente estado físico… Otra vez, la naturaleza nos brindaba su ejemplo: La selección natural. Algunos sobreviven, otros no. Se crearon muchas normas —me distraje un minuto tratando de imaginar a mis ancestros sellando con pluma y papel el destino de los siguientes milenios—: El anonimato fue la regla número uno. La gente común cree que los políticos, las religiones o las catástrofes someten al mundo. Todo eso es una pantalla. Real, sí, pero no más que una pantalla. Ya aparecieron otros insensatos como usted, todos terminaron del mismo modo.
—Parece que usted ha visto muchos episodios de los Archivos X. —replicó el gordo dirigiéndose hacía la puerta.
En ese momento entró un hombre con un extraño atuendo, parecía un buzo sin la escafandra. Sacó una pistola y apuntó al gordo. Yo nunca había visto un arma igual, no se parecía en nada a la nueve milímetros que tenía escondida. Debía ser un enviado de mis colegas. Antes de que pudiera hablar, fulminó de dos disparos a Helvio.
Iba a felicitarlo cuando apuntó el arma hacia mi pecho. Noté lágrimas brillando en sus ojos mientras oprimía el gatillo.


 Helvio Puertas


Me detuve para pedir un par de hamburguesas mientras aguardaba el arribo del tren. Sabía que era comida chatarra y sonreí. Quizá en algunos años se transformarían en exquisiteces para excéntricos.
Estaba haciendo calor, otra cosa que desaparecería y nadie iba a extrañar; el insoportable e impredecible clima. Saqué un pañuelo descartable para secarme la barbilla. Al terminar mi breve cena, me percaté de que el tiempo transcurría despacio; algunos teóricos argumentaban que se debía a un cambio en el eje de la Tierra.
Hice un bollo con la servilleta para dejarla en un cesto de basura, pero demoré diez minutos en encontrar uno, los vándalos los destrozaban sin ninguna razón. Miré las baldosas a mí alrededor, todas estaban cubiertas por papelitos de cigarrillos, golosinas o vaya a saberse qué.
El andén estaba llenándose de gente, otra impredecible demora en el servicio. Nunca usé relojes, así que busqué el de la estación, pero estaba tan sucio y deteriorado que dudé en confiar en la posición de las agujas.
La oficina que había alquilado estaba a veinte cuadras. Tenía que llegar a tiempo, no podía arriesgarme a perder la oportunidad de concretar el acuerdo. Si alguien se había arrojado a las vías o había paro de señaleros, no era relevante, tenía que ser puntual a la cita.
Abandoné la estación y emprendí la caminata por la avenida. No soy ningún atleta, pero aceleré el paso. A los pocos metros me empezó a arder la garganta. Sentía todo mi cuerpo mojado de sudor cuando vislumbré un quiosco. Me detuve a pedir una gaseosa, de dos litros, por supuesto. Helada. Bebí sin respirar y proseguí.
Tal vez, algún día recordaría con una sonrisa esta terrible caminata a favor del futuro de la humanidad.
Con cada pasó los pies me dolían. Traté de distraer mi mente recordando las excavaciones bajo las ruinas precolombinas. Nunca imaginé encontrarme con aquel poderoso artefacto milagroso. Ya había oído a los guías murmurar que durante siglos los nativos iban a ese lugar con ofrendas. Para recibir dones, habían dicho y otras cosas acerca de curaciones milagrosas y bendiciones.
No eran los rezos, ni las supersticiones locales los responsables de tales milagros. Se trataba de cristales en forma de diamante, pero del tamaño de una pelota de fútbol. Generaban calor, casi imperceptible sin termómetros sensibles. Reaccionaban ante la presencia humana, a mayor cantidad de personas, mayor calor. De alguna forma eran empáticos con el entorno, influían en el clima y la ecología.
Un día, distraídos, dejamos uno sobre nuestro grupo electrógeno para descubrir sobresaltados que el aparato funcionaba sin combustible. Aposté unos pesos a que la camioneta arrancaría con el tanque vacío si dejaba un fragmento de cristal en el motor y gané.
 No sabía que esperar del señor Collins. No era alguien reconocido, no salía en las revistas ni en los artículos de los suplementos de economía, pero sus agentes aparecían en muchas organizaciones. Desde la Bolsa hasta las entidades ambientalistas, las conferencias del Vaticano y los centros de investigación suizos. Mi afición al internet tenía la culpa, soy un hurgón por naturaleza, por la misma razón me topé con los cristales.
De repente me vi frente a la entrada del lugar convenido para la reunión. Subí los escalones hasta la puerta del edificio y entré. El conserje no estaba, como era habitual. No tardé en tomar el ascensor hasta la oficina. Me arreglé un poco aprovechando el oscuro espejo en la pared mientras ascendía. Al salir sólo tuve que cruzar la puerta de servicio que daba al pasillo trasero y abrir la puerta secundaria. Un instante después estaba frente al hombre al que esperaba asombrar y convencer.
—Señor Collins —dije con mi mano tendida. Era un viejo muy saludable, su ropa parecía recién planchada, me presenté.
Me contestó con una mirada apática. No abrió la mano, así que me encontré tomándole unos dedos fríos, como de muerto. Iba a ser difícil, pensé. Pero ya había jugado mi carta y comencé recordándole que le había entregado toda la información respecto al descubrimiento
—No lo creo. —interrumpió el viejo con su cavernosa voz. Definitivamente su intención era discutir. Nunca me arredro ante los que se creen mejores que el resto de los mortales, tendría que oírme.
—Es la verdad —dije fingiendo no darme cuenta de su actitud y describí las virtudes de los cristales. Entonces se encendió de ira y me gritó que terminase, que no creía en la magia.
—¿Todo eso a cambio de nada? —dijo como si le diera asco la idea.
Lo había aclarado mil veces en los mails, el viejo me estaba haciendo perder el tiempo a propósito. Le dije que así era y comenzó a contarme una rara historia sobre europeos, una abadía y Señores guardianes de la humanidad. Miré la boca del viejo moverse, pero me negué a escucharlo. No tenía sentido para mí su fábula sobre un complot mundial. Bostecé de cansancio, el viejo era un dinosaurio testarudo. Cuando volví a prestarle oídos estaba diciendo—: Ya aparecieron otros insensatos como usted, todos terminaron del mismo modo.
La última frase sonaba a amenaza. No soy cobarde, aunque tampoco un héroe, el veterano estaba loco y podía esconder un arma.
—Parece que usted ha visto muchos episodios de los Archivos X. —dije a manera de despedida dispuesto a abandonar la oficina.
Entonces apareció en la puerta un hombre con traje de buzo. Sacó una pistola y pude ver el cañón entre mis ojos. No entendía que diablos estaba haciendo cuando oprimió el gatillo.


El hombre con traje de buzo


Contemplé mi cuerpo desnudo ante la superficie pulida de la cápsula del tiempo. Lo que veía era el resultado de la abnegación de una enorme cantidad de personas, un ejemplar humano capaz de sobrevivir ante lo inusitado.
Un Súper hombre.
Claro que conocí a muchos otros como yo, pero ya no existían en esta línea temporal.
Ya jamás oiré las canciones de Adel o la dulce voz de Crista susurrándome poemas de amor.
Sólo sobreviví yo y no por alguna habilidad distinta o un aprendizaje especial, no. Estaba vivo por casualidad.
Al ser seleccionado para los viajes de prueba a través del tiempo, la línea temporal de retorno se desvió, mi propia biósfera de tiempo entró en una singularidad cambiando el presente. En los registros, el último periplo fue un salto cinco milenios hacia al pasado, pero al retornar no retomé la misma línea temporal hacia mi presente. Un deslizamiento a uno de los infinitos rumbos potenciales en la vida de cada individuo. Una variación debida a un error microscópico, un desliz sutil, imperceptible para las proporciones de los sentidos.  Eso creo, aunque las computadoras tienen muchas teorías.
Cuando salí de la capsula, todo parecía normal en casa, con una horrenda excepción. Todos mis congéneres habían desaparecido. Por fortuna, el registro total de los eventos acaecidos durante mi ausencia, se conservaba en las memorias de nuestro complejo subterráneo, la gran ciudad, donde gozamos de todos los placeres conocidos.
Para cerciorarme de la ausencia total de mis amigos, realicé viajes de inspección a la superficie, pero sólo hallé bandas ambulantes de humanos en estado salvaje. Sin cultura social, compitiendo con animales por alimento. Quise adiestrarlos, pero sólo conseguí desilusionarme, son torpes y taimados. Su resistencia al aprendizaje es muy fuerte.
Algo destrozó mi presente, algo que pasó desapercibido. Un evento que desencadenó esta catástrofe y sucedió después de mi última partida.
Conocíamos el secreto de la inmortalidad hacía muchos siglos, pero sólo podía administrarse el tratamiento en niños, el metabolismo de los adultos tiene muy marcada su línea temporal para poder modificarla. Nuestros mentores, los ancianos señores, en su sabiduría aceptaron este hecho con alegría. Siempre fui amado, todos mis parientes me brindaron su amor e instrucción. Al finalizar mi larga adolescencia, me inscribí en el programa del viaje en el tiempo; fui al pasado muchas veces. Tal vez eludiendo por pura suerte, esta línea temporal en cada viaje, salvando mi mundo sin saberlo. Pero no podía durar, mientras existiera el hecho, la causa, que nos desvió hasta esta realidad.
Irónico, volvía de un examen a las comunidades prehistóricas africanas para descubrir que mi mundo se había convertido en algo más salvaje a esa época de hombres simios.
Dejé que las computadoras buscaran “el hecho” y pronto conocí los detalles.
En los años iniciales, cuando todos mis amigos eran niños. Uno de nuestros antiguos Señores había localizado a un perturbador entre los obreros esclavos de la antigua sociedad humana, la que nosotros denominamos obsoleta. Ante la amenaza, aquel Señor, decidió deshacerse del elemento discordante él mismo, pero falló y fue descubierto por las fuerzas policiales de esa época oscura. Durante las indagaciones,  quedó al descubierto el anonimato de los Señores. La opinión pública los condenó. Para peor, salieron a la luz documentos del perturbador que develaron el secreto de nuestra fuente de recursos ilimitada. Todos los integrantes fueron juzgados y encarcelados, los Señores no pudieron continuar el plan y mi mundo nunca se originó.
Estaba claro lo que debía hacer.
Programé el viaje hacia el pasado para cambiar aquel destino.
Me materialicé en el punto temporal exacto de la disrupción, un pasillo de un antiguo edificio, frente a una oficina, donde se hallaba mi objetivo. Detrás de la puerta pude oír las voces de ambos. No pude resistirlo, acerqué mi oído para escucharlos.
Uno explicaba como acabar con el hambre en el planeta, mientras el otro, un anciano a juzgar por el sonido de la voz, replicaba sobre lo inútil de la idea.
Esta última voz era despectiva y desagradable.
El primero describió cristales que sanaban, yo los conocía, eran nuestra principal fuente de energía. La emoción que ponía en sus palabras me alcanzaba. Era un hombre que pensaba en los demás, quería el bien de sus semejantes.
—¿Todo a cambio de nada? —gruñó el viejo.
—La humanidad podrá entregarse a los placeres del conocimiento y la distensión. —lo oí y asentí para mí mismo, así era mi mundo.
Entonces el viejo se reveló como uno de los Señores, uno de mis antepasados. Era muy posible que lo conociese, de niño me presentaron a casi todos, varias vidas atrás de estos hombrecitos mortales. Entendí que mi objetivo era él que me caía en gracia, mientras que mi pariente era desagradable. Las voces se acaloraron del otro lado, gritaban.
—¿Privaron a la humanidad de su uso? ¿Con qué maldito derecho, hijo de puta? —estalló mi objetivo, pero no podía dejar de sentir simpatía por él. Yo reaccionaría del mismo modo en su lugar, en cambio el viejo me provocaba tristeza.
El Señor antiguo replicó, el desprecio se percibía en cada sílaba. Comenzó a contarle la historia de nuestros antepasados, los que idearon el plan y concluyó:— …debe prevalecer la especie. Mientras se conserve un espécimen, el más apto desde luego; la humanidad tendrá un futuro.
Ya no quería oír más. Saqué mi desintegrador. Entraría y cumpliría mi tarea, lo que había venido a hacer.
—Ya aparecieron otros insensatos como usted —continuó burlón, el anciano—, todos terminaron del mismo modo.
La que oía era la voz de un asesino, un ser disponiéndose a matar. No estaba seguro de ser capaz de obrar igual, el arma temblaba en mi puño, mi comportamiento no era diferente al del despreciable viejo.
—Parece que usted ha visto muchos episodios de los Archivos X. —dijo el hombre destinado a morir de una u otra forma. Abrí la puerta y los vi. Ignoré mis sentimientos para disparar y lo hice dos veces, terminando con la vida de mi objetivo. No pude hacer lo mismo cuando mis ojos se posaron en el Señor.
Un nudo se formó en mi garganta mientras las lágrimas me llenaban los ojos, él también pareció reconocerme. Lo odié en ese instante y odié al maldito programa que me había convertido en asesino. Tal vez estaba en los genes porqué no sólo tengo el mismo nombre, Collins; llevo la misma sangre. Había contemplado su retrato muchas veces, en mi presente  condenado; era mi abuelo.
Disparé y comencé a desaparecer.







martes, 26 de febrero de 2013

Intuición y Libros - M.C. Carper - Cuento de Ciencia Ficción


Hace años, la revista NM de Santiago Oviedo, publicó mi cuento “Incursión en Aguand”. En esa historia narraba las peripecias de un espacionauta naufrago en un planeta océano. ¿Qué hubiese ocurrido si en su lugar hubiese naufragado una chica? Esta es la versión femenina de aquella historia ambientada en el Universo de mi saga EdlD. Nunca ha sido publicado antes.

Intuición y libros.

Incursión en Aguand.2 – Lori.





 Cuando  el planeta Aguand apareció en los visores de nuestra astronave, hablé con el capitán Oysten para oficiar de intérprete con los nativos y así demostrar que nuestras intenciones eran totalmente pacíficas.  Habían pasado dos horas desde que el Alto Mando alertara a todas las patrullas sobre los ataques síquicos de los aguandeses. Todos los miembros del equipo estábamos nerviosos.
Como lo supuse, Oysten rechazó con tozudez mi pedido. Muchas veces había realizado comentarios despectivos por el color claro de mi cabello.
—Doctora Grimaldi —después de un carraspeo, agregó: —, Loretta — me miró fijo haciendo ese tipo de silencio que usan algunos para generar atención. Pero ya lo había echado a perder dirigiéndose hacia mí con dos nombres que odio; quienes me conocen saben que me ganan llamándome Lori. El capitán expuso que un oficial de rango sería más adecuado para representar al Régimen, que una xenóloga no tiene el entrenamiento adecuado y cosas así. No insistí, por experiencia sé que es inútil razonar contra la necesidad de demostrar hombría que tienen algunos miembros de mi especie. Podía seducirlo, claro, pero su falta de predisposición me quitó ganas para eso.
 Me recluí en el camarote para imprimarme todo lo que se sabía en  el Régimen sobre los aguandeses. Cargué en el imprimador el pack completo de archivos de la Enciclopedia Galáctica más otras cosas que encontré en Hipernet. Apoyé el mentón en la almohadilla para que mis ojos quedasen en posición e inicié la operación. Duró siete minutos, sentí el característico escozor en el nervio óptico que viene siempre después de una recarga. Los especialistas recomiendan que uno duerma a continuación para que la mente se acondicione, así que me acomodé en el nicho con los precintos antiaceleración en posición a esperar que pasasen las maniobras que realizaría la espacionave para iniciar el descenso. Estiré las piernas, pero no logré encontrar ninguna posición relajada. Estaba nerviosa, mi intuición me alertaba sobre algo, pero no conseguía saber de que se trataba y no necesité esperar mucho. De repente la espacionave comenzó a sacudirse. El giroscopio de mi pulsera enloqueció. La integridad del casco había disminuido a un treinta por ciento, el fuselaje se mantenía apenas por los tensores del campo estático. No me quedaba más alternativa que abandonar la nave. Alcancé con esfuerzo el compartimento con  el equipo salvavidas y tiré de la palanca de emergencia para colocarme el traje espacial. Salí como pude del camarote. A mí alrededor se habían disparado las señales de alerta como histéricas luces rojas. De un salto me acomodé en la cápsula de evacuación. Hice la operación mil veces durante el entrenamiento y esa vez no fue diferente. Hubo una leve sacudida y comenzó la caída libre. Estos aparatos del Régimen están automatizados, sabía que al llegar a la superficie habría una maniobra de frenado y se desplegaría la unidad de supervivencia. Claro que este planeta es casi todo agua y había un ochenta por ciento de posibilidades de que impactara en el mar.
Así fue.
Después del planetizaje, verifiqué mi estado físico y mental. Comprobé que mi unidad  funcionase. La cápsula tenía forma de cuña, un verdadero vehículo anfibio con  techo de textura maleable, el agua me rodeaba hasta el horizonte hacia donde mirase. Deseando que mis conjeturas fuesen erradas, verifiqué en mi unidad inteligente de pulsera si aún aparecían los signos de vida de mis compañeros, pero excepto la mía todas estaban apagadas.
Suspiré.
¿Y ahora?
Loa aguandeses son una civilización importante que ha transpuesto los límites del planeta y tienen varias colonias mineras en el sistema, aunque son un poco herméticos. Es seguro que han detectado mi caída, o sea, saben que estoy aquí varada, que vengo del Régimen y que soy humana por el diseño de mi vehículo. Ahora tienen dos opciones, venir hasta mí para rescatarme o venir hasta mí para rematarme. Me tendí boca arriba para estirar los brazos y las piernas, dispuesta a esperar. Como ninguna otra cosa podía hacer, me quedé dormida.

El rumor de la alarma me volvió a la realidad, tomé la pistola pixie de doce mil calendas, pero al instante pensé que eso me condenaría y la dejé en la cartuchera sobre el camastro, de todos modos no podía ganar enfrentando a un planeta entero. Me asomé en dirección a la proa, ahí en cuclillas, apenas cubierta por una malla semitransparente estaba una criatura aguandesa, Su aspecto era humanoide con pies y manos palmeadas. El color de la piel era de una tonalidad azulada con brillos verdosos. El cabello consistía de algas que le rozaban los hombros. No había ninguna arma a la vista. Yo sabía bien que era una algunsa, una hembra. Los machos de la especie se llaman Balliam y tienen un aspecto semejante a los manatíes. Por mis nuevos conocimientos imprimados, sabía que los aguandeses de diferentes sexos viven en comunidades distintas la mayor parte del tiempo y sólo se juntan para los ritos de apareamiento, por lógica las que llevan adelante la civilización eran las chicas.
—Hola. —dije en la lengua Standard.
Me estudió unos minutos y respondió.
—Usted no estaba autorizada a venir aquí.
Usó el femenino en Standard, también se había dado cuenta de mi sexo. Traté de identificar alguna arma, pero no encontré nada parecido a la vista. Sabía que estas aguandesas producían al contacto una descarga eléctrica, así que estuve alerta.
—Mis intenciones son pacíficas —dije—. Vengo en nombre del Régimen, soy la xenóloga Lori.
—Yo soy Aryel Natrown, la Intérprete, te llevaré ante mis superiores, pero te advierto que debes demostrar tus intenciones si quieres continuar con vida. —anunció la algunsa.
—Desde luego. —afirmé poniéndome el traje de inmersión.  Observé su cuerpo cuando saltó hacia el agua, estilizado y elástico. Solían llamarlas chicas cetáceas en el Instituto.
Sin más preámbulos me sumergí, siguiéndola hacia las profundidades, pero no hizo falta ir muy lejos, aparcado a unos cien metros bajo el agua, nos esperaba un vehículo con forma de escualo con el tamaño suficiente para que ambas viajáramos en dos asientos en fila. Aryel operó los mandos y la nave tomó gran velocidad. Hay poco que pueda contar sobre el trayecto y tampoco hablamos mucho, Aquella aguandesa era muy parca.
—¿Cómo me hallaste? —Dije para comenzar una charla—. ¿Fue un escrutinio satelital?
—No usamos eso en océano —explicó la aguandesa—, tenemos muchos sensores naturales, hay peces sensibles a las perturbaciones en el mar. Tienen pelos en las escamas que son más eficaces que los sonares, apenas tocaste al agua, me llegó la noticia.
—¿Peces? —sonreí—. ¿Están siempre alertas por si cae un espacionauta?
—No —contestó ella cortante—. Su tarea es prevenir maremotos.
Y eso fue todo, no cruzamos palabra  por casi una hora. El paisaje submarino, a esa velocidad, tampoco es muy entretenido. Me distraje con el interior de la nave, desde mi asiento apenas veía su nuca, pero me sorprendió ver en la guantera un libro.
¡Antigüedades! ¡Soy fanática de ellas! Desde que aprendimos a imprimar, cargar conocimiento en nuestro cerebro con un simple enlace, están obsoletos. Hace cuatro generaciones que el hábito de la lectura desapareció de la civilización, los únicos libros que existen quedan en museos o en las escuelas especializadas. Había visto otros cuando me enlisté, un año atrás
Para ocupar el tiempo en ese trayecto, recordé la oficina de mi entrevistador del Partido. Tenía el típico mobiliario del Régimen, lustrosos muebles grises y negros con estantes vacíos y cajones sellados. Sin embargo sobre el escritorio había dos voluminosos libros.
—Bienvenida, señorita Grimaldi. —me había saludado el funcionario, un tipo joven que no llegaba a los cuarenta, de cutis blanca y pelo rojo, pero insulso. Esa clase de hombre que puede resultar bonito en la descripción pero que en persona no motiva ninguna hormona femenina—. Tiene usted licenciaturas en xenomorfología —continuó, mirando la pantalla de su computadora—. También ha estudiado Ecología y tiene dos pasantías en Argio Assor como intérprete de los insectos…
—¡Insectoides! — recuerdo que corregí.
—¿Perdón?
—Insectoides, los assorianos perdieron muchas de sus actitudes primitivas cuando desarrollaron el intelecto. —expliqué.
—Claro —fue su respuesta automática—. Estos conocimientos son vistosos, pero no tienen ninguna relevancia si no se usan en cuestiones prácticas ¿Me entiende?
—¿Necesita que demuestre que he realizado esos cursos?
—No, nadie duda de estos documentos —carraspeó el funcionario—, pero el Régimen necesita gente con personalidad, valiente y leal. Sin presiones sobre el carácter y que crean realmente en lo que hacen.
Sonreí, nunca me gustaron los burócratas y menos aún que alguien que no tuviera idea sobre mi profesión, me cuestionara. Estaba a punto de irme, pero antes quise calmar mi curiosidad.
—¿Y esos libros? ¿Los han puesto de adorno? —dije.
—¿Perdón? —Pestañeó el pelirrojo sin entender mi pregunta— ¿Qué son libros?
—No importa. —repliqué dirigiéndome a la puerta. Estaba por salir cuando se oyó una voz, proveniente de un intercomunicador
—¡Señorita Grimaldi! Espere un momento, por favor. —pidió la voz, tenía un tono masculino, firme y cordial. Regresé a mi asiento buscando con la mirada el visor que me estaba monitoreando desde otra parte de la base, o tal vez desde otra parte de la galaxia.
—No se moleste con la situación —prosiguió la voz—. Es nuestra forma de evaluar su carácter, le aseguró que ningún fanfarrón, adulador o adicto al servilismo logra ser aceptado en esta oficina. Usted ya lo ha conseguido. Así que me presentaré, soy el Graff Ajhab.
¡El Graff mismo!
Después del Primario Dobom, la persona más renombrada del Régimen era Ajhab, corrían rumores de que no era del todo humano, pero la devoción que inspiraba era legendaria, me sentí un poco cohibida.
—¡Es un gusto, Graff!
—Comenzará un periodo de adaptación a las costumbres del Régimen que incluirá cursos de supervivencia y doctrinas militares, pasado esto encontraremos un destino acorde a sus preferencias.
—¡Gracias! ¡En verdad, muchas gracias! —dije a la nada, sintiéndome un poco ridícula. Entendí que la entrevista había terminado y me dispuse a retirarme, cuando volví a oír su voz.
—Las revistas son un toque personal —explicó—, en mi planeta natal, todo el mundo escribía sus propios libros, siento afinidad con los que aún prefieren los libros a las imprimaciones de conocimiento.
Nunca olvidaré que sonreí y salí de ahí contenta como pocas veces en mi vida.

Mientras recordaba mantuve los ojos cerrados. Salí de mi ensimismamiento y entonces apareció delante de nosotros una maravillosa colonia submarina. Pocos en el Régimen habían visto una ciudad aguandesa, fue emocionante contemplar ese complejo de avenidas que se trenzaban como arterias bajo monumentales cúpulas transparentes, aunque la mayoría estaban acondicionadas con aire respirable y secas por completo, había también algunas llenas de agua, donde se veían niños aguandeses haciendo cabriolas imposibles fuera de ese medio. Descubrí extensas granjas piscícolas y campos de corales con todos los colores imaginables. Aryel guió el vehículo por un compartimiento estanco en la parte inferior y lo subió hasta una plataforma sin una gota de humedad. Allí me indicó que descendiese guiándome por unos pasajes tubulares, su rápido andar no me dejaba tiempo para admirar el paisaje que nos rodeaba. De repente empezó a gritarme en su idioma cetáceo, demoré unos segundos en entender que me estaba advirtiendo algo. Miré hacia arriba, a las planchuelas que sostenían los filamentos de luz, entre ellas algo se movía. Era una criatura que imitaba los colores de su entorno.
Un erizo- catapulta, famoso por su ponzoña. No tenía oportunidad de efectuar ningún movimiento, contuve la respiración esperando que saltase hacia mi rostro, clavándome sus espinas cuando Aryel se interpuso alzando sus manos. Las pulseras de sus muñecas se desplegaron  como pequeñas pantallas. Vi como sus manos despidieron arcos voltaicos que achicharraron al erizo, de la criatura no quedó más que un despojo humeante. Después de todo, ella iba armada.
          Continuamos la marcha hasta unos edificios con paredes de un material que me recordó al mármol pero poroso, la iluminación era escasa y pude notar que había muchas puertas en las paredes de esa sala, pero no traspusimos ninguna. Fuimos hasta el centro de una bóveda circular,  a un pedestal coronado por un símbolo parecido a una ostra. Aryel se detuvo para mirarme.
—Espero que tus intenciones sean buenas —advirtió—, de lo contrario nunca volverás con los tuyos.
—¿Qué puedo hacer para convencerte? —dije bastante incómoda con su actitud.
—Yo soy la Intérprete, la que entiende a los dioses —Afirmó la aguandesa con total naturalidad—. Sólo los que entienden ganan la aprobación de los dioses.
Aryel retrocedió dos pasos expectante, como si dándome espacio me facilitara razonar. De pronto sus pulseras se activaron, cargándose de energía, con un resplandor azul que me intimidó, más aún cuando sus manos se alzaron apuntándome.
Aquello era un acertijo y no podía fallar si quería seguir con vida. No era una pregunta directa, pero se me requería “entender”. Me mordí el labio inferior buscando respuestas.
 Datos… ¿Qué es lo que sé sobre este planeta? Ella mencionó dioses…
Piensa, Lori. Piensa, piensa…
—¿Dioses? —murmuré recordando los debates en el Instituto, todas aquellas veces en las cuales el concepto de dios se había cruzado en nuestros razonamientos. Volvían a mí las viejas preguntas: ¿Qué es dios? ¿Cuál es realmente el sentido que le damos a esa palabra? ¿La definición que diferentes culturas alienígenas encuentran para esa condición? La imprimación sobre la cultura aguandesa que hice antes de abandonar la nave, no estaba sirviendo de mucho… Pero en mi memoria había muchos recuerdos, libros leídos, ilustraciones contempladas, tenía que establecer relaciones entre los datos.
Reprimí el impulso de caminar de un lado a otro como es mi costumbre, para seguir escarbando en mis conocimientos.
Si los aguandeses no hubiesen alcanzado las estrellas de seguro su Dios sería el cielo o el mar… Pero Aryel dice ser la que traduce a los dioses, tal como hacían los antiguos sacerdotes en muchísimas culturas, Sin embargo, la mayoría era fruto del liderazgo de los machos, no como en Aguand. Así que tenemos una sacerdotisa y varios dioses ¿o diosas? No, ella dijo dioses, y apostaría que estos no tienen sexo. No vi símbolos fálicos en la arquitectura de la ciudad, esas cúpulas me recordaron más bien otra cosa. Por estadísticas, las féminas suelen tener más contacto con el ecosistema que los machos, prefieren lo táctil y reconocible a lo etéreo y desconocido. Por lo tanto estamos hablando de seres vivos, presentes. Además tuvimos que sumergirnos, lo que significa que estas deidades no tienen su altar en la superficie, luego no conocen el fuego… ni la luz… Las criaturas a las que Aryel se refiere son acuáticas y viven en las profundidades abismales. Otra cosa, necesitan de alguien que las interprete, que escuche un lenguaje sin sonido y eso me recuerda a los ataques que sufren las naves intrusas, de naturaleza psíquica. Entonces, mi amiga Aryel es una telépata.
Ahora, ¿Qué clase de organismos pueden ser estos dioses?
Sin ojos, puede tratarse de anélidos como los setenbelinos o algo parecido a los crustáceos de Yumix… ¡Ah, claro! Tienen que ser pelecípodos de la familia de los moluscos y por pura intuición diría que bivalvos, Bueno lo apostaré todo.
—Lo que entiendo —dije acentuando las palabras—, es que estoy lista para aceptar la voluntad de los dioses telépatas bivalvos.
Si bien nunca antes había visto a una aguandesa, puedo jurar que reconocí la expresión que tienen cuando están asombrados, la chica cetácea era una cabeza más baja que yo y alzó el mentón para estudiar mi rostro, como si tratara de descubrir algún truco o engaño. Sin duda había acertado con mis especulaciones.
—Entiendo. —dije suavemente.
—Sí —musitó ella—, los dioses están conformes con tu mente. Dicen que concederán un permiso a tu gente para asentar una base científica en uno de nuestros mares.
Tenía ganas de gritar, pero no lo hice por las dudas.  Aryel a partir de ese momento, se mostró mucho más amable y me condujo hasta una oficina donde pude comunicarme con el Régimen. Luego me llevaron a recorrer la ciudad y me ubicaron en el hotel más lujoso.

Al día siguiente, llegó una respuesta desde el Alto Mando, el Graff en persona me contestaba. Como la vez anterior ninguna imagen acompañó a la voz que salía del comunicador.
—Lo ha hecho muy bien. Doctora Lori —comenzó el Graff Ajhab—, el Régimen la compensará por esta victoria diplomática.
—Le agradezco, señor. —contesté.
—Las autoridades aguandesas dicen que usted posee una mente deductiva.
—Sí —sonreí—, en realidad me valí también de la intuición. Mientras estaba allí vinieron a mi memoria las imágenes de un  libro que solía mirar junto a mi padre —me detuve pensando que un tono tan confiado no era el adecuado para dirigirme a uno de los líderes del Régimen.
—Adelante, Lori. —me animó el Graff.
—Mi padre no acostumbraba leer, pero yo siempre estuve intrigada por saber de que trataba ese libro. Cuando tuve edad suficiente, pedí una imprimación para saber leer, se rieron, pero consintieron mi pedido. Descubrí que el libro trataba sobre formas de vida marítimas y me fascinaron las fotografías de las ostras y los caracoles. El éxito de esta misión se debe a esa experiencia de mi infancia.
Ajhab tardó en volver a hablar, como si estuviese meditando o tal vez ocupándose de otro asunto mientras conversaba conmigo.
—En verdad fue culpa de un libro —dijo al fin—, y eso me convence para hacerle un obsequio que sé, valorará. Tiene una semana para disfrutar de la hospitalidad aguandesa antes de que llegue el transporte para buscarla y llevarla a Dobómica donde la espera una biblioteca con miles de ejemplares auténticos de la literatura humana, coleccionados por mí desde hace años. Usted es la indicada para poseerlos.
Me quedé sin poder articular palabra, era como un sueño convertido en realidad, Y él tenía razón, fue la afición a aquel libro lo que me salvó.
—Disfrútelo, doctora Lori. Que continúen sus éxitos







martes, 5 de febrero de 2013

Es la Abuela - Cuento de M. C. Carper





En una ocasión el taller Forjadores propuso realizar un cuento colectivo con diferentes escritores donde cada uno inventaría un personaje viajando en el vagón de un tren. Todos nos pasaríamos las descripciones y con esa información haríamos un cuento con la única condición de que nuestros personajes estaban pasando por un túnel, no sabían que hacían allí y no podían ver nada del exterior. La idea era un desafío y al finalizar todas las historias se armaría el cuento. Como suele ocurrir a veces, una buena idea que  depende de más de dos personas tiene reveses, contratiempos y no consigue concretarse. Así fue que me quedé con este cuento en un cajón con el único destino de quedarse allí. Hoy me animo a mostrarlo. Es algo simple.





¡Es la Abuela!

M.C. Carper





¡Eh! ¿Y esto?

Estoy viajando en un tren, o eso parece…

¡Mierda, afuera no se ve nada! Esto se mueve, está andando. Y no veo casi nada porque llevo puestas las gafas negras, son buenas para ocultar las sombras oscuras en los párpados y las pupilas dilatadas. Bajo un poco los lentes y comprimo la cara contra la ventana, pero nada, sólo el reflejo de un rostro demacrado, el mío.  Las canas son una mancha blanca en el vidrio. Vuelvo a refugiarme detrás de los anteojos. Entonces la siento, rozándome en el suelo. La mochila, ahí, entre mis piernas. El sudor me cubre. Intento pensar en otras cosas, esperando que mi corazón se tranquilice, que nadie note mi presencia. Respiro hondo,  el alcohol en el estómago me sube a la nariz, confirmando que eso que recuerdo es verdadero. Tengo presentes todos los detalles. La habitación del hotel, el whisky, la droga y las tres…

¿Y después?

¿Cómo carajo llegué aquí? ¿Alguno de mis compañeros me metió en este vagón?

No. No me hubiesen dejado con la mochila.

El traqueteo es continuo acompañado de un bamboleo irritante, avanzamos en línea recta. Miró alrededor, tal vez algo me indique donde estoy. Pero no hay carteles de publicidad, ni planos de estaciones. Nadie sentado a mi lado. Bueno, esa es mi costumbre, no soporto a los desconocidos.

¿Quiénes más viajan en este tren?

Estiro el cuello para descubrir al resto de los pasajeros y lo que veo no me tranquiliza.

Una tipa de melena roja, con una rosa y una pluma negra en las manos, vestida de oscuro, una bruja sin duda. Por culpa de ellas mi vida se fue al caño. No fue por los mp3s, ni las descargas piratas de internet, fueron ellas.

Antes, recorría todo el país con la banda, recogíamos el dinero de las ventas y ya. Ahora estoy obligado a dar un show tras otro, en los lugares más recónditos del mundo para conservar las casas y los autos. Y las putas tarjetas de créditos para todos los vagos de mi familia.

¡Y me metí en un maldito tren! ¡Odio los transportes públicos!

Los que viajan conmigo parecen salidos de un manicomio. Ahí está esa otra perra, vestida como bailadora de flamenco, aunque su aspecto es desaliñado. Está mirando el infinito. Sin duda es otra perversa mujer meditando su brujería.

Porque todas son así, lo sé. En las giras se te cuelgan del cuello, llegan de todas las edades. “Sin compromisos” te dicen, hasta que logran enroscarte. Yo caí tres veces. Oh, sí, porque los estúpidos repetimos errores. Me llovieron juicios de divorcio y las malditas terminaron haciéndose amigas.

¡Brujas!

Quiero sonreír y al instante me doy cuenta de mi insensatez. No debería mostrarme feliz, es mejor para mí no demostrar ni un ápice de alegría. Miro como distraído a los otros, no puedo confiar en ninguno. Un tipo andrajoso y alto mueve las manos dentro de los bolsillos de su gabardina, un loco; me codeo con los de esa clase todo el tiempo. Un viejo de gris camina por el pasillo y se acomoda en un asiento fuera del alcance de mi vista. Su aspecto indica que debe estar en las últimas.

Esto es muy raro. La droga del hotel era la de siempre, me digo, y entonces me siento observado. Giro el rostro para encontrarme con una mujer vestida de jean que me mira con un par de ojos oscuros, enormes. Me arrebujo contra el lado de la ventana. Estas brujas tienen poderes hipnóticos. No voy a dejarme engañar por el aspecto sencillo de su ropa.

Con el movimiento del tren, uno de los bultos de la mochila, golpea en el piso. Clavo el mentón contra el pecho, imaginando que todos los pasajeros se vuelven a mirarme. El corazón me traiciona, martillándome en las costillas,  mis sienes se abultan e imagino mi cara roja como un tomate. Sin soltar la bolsa, llevo mis manos hacia el tórax, haciéndome un ovillo. El ardor en la garganta me ahoga. Pienso que tiene que pasar. Ya más tranquilo, respiro como me enseñó el médico.



Cuando empiezo a serenarme, recuerdo las risotadas de mis ex, allá en el hotel —El idiota del conserje les había dado el número de mi habitación, juntas podían sobornar a cualquiera—. Cuando abrí la puerta y las vi, me di cuenta que el infierno no puede ser tan malo. Pero la suerte no me había abandonado del todo. Ellas llegaron con papeles que necesitaban mi firma, mostrando desprecio, criticando mi estilo de vida. Haciendo comentarios mordaces o irónicos sobre mis muebles, mi ropa y todo lo que tuviese relación conmigo.



El tren disminuye de velocidad y una luz al frente aumenta, un resplandor plateado. De repente, como siempre, el corazón recupera su ritmo normal, suspiro. Quisiera putearlos a todos. Detesto a la gente, pero más odio a las mujeres. Ah, y a los maricas, son igual de histéricos. Los bultos de la mochila pesan. Los acomodo con hábiles movimientos de las rodillas, para que nadie se fije.

¡Qué puta noche de brujas! ¡Nunca fue más adecuada la fecha!

Cómo disfruté cuando las perras se enteraron de que la cosa era en serio, cuando las sonrisas se esfumaron. La habitación estaba preparada para reducir el ruido desde que la usamos para los ensayos, nadie escuchó los gritos. ¡Qué fácil se hunden los cuchillos de cocina en la carne! La única cagada fue la alfombra, pero siempre estoy provisto de bidones de lavandina. No lo planeé, se dio. Después me bajé todo el whisky y me clave la aguja, riquísima. A veces parece que alguien te ayuda desde el más allá, uno de los plomos se olvidó una sierra en la sala. ¿Para qué mierda usará eso? Lo ignoro, pero sí que es buena para descuartizar a unas brujas. Metí todos los pedazos de basura en bolsas de residuos. Los años en el hotel me enseñaron varios secretos: sé que el ascensor de servicio es manual, una reliquia y el ignorante del empleado termina su turno a las ocho, el mismo tonto me enseñó las calderas durante la última gira. Bajé al último subsuelo con las tres bolsas y encontré al viejo de mantenimiento roncando. Estaba tan borracho que parecía muerto. Metí los trozos de las brujas en aquel pequeño infierno, el olor fue insoportable, todavía lo siento en mi ropa y el pelo, pero me aguanté, mirando fascinado como se consumían. Claro que me guardé unos suvenires y después…



Después, me encuentro en este vagón lleno de locos disfrazados. Miró quién más está acá: ¡Júas!, ¡Un cura! ¿Un jesuita? Claro, si seré boludo: es Noche de Brujas...

¡Había quedado en visitar a mis nietos y llevarles calabazas para festejar Hallowen!

Después del largo túnel, la claridad empieza a inundar el vagón. Pero por el resplandor es imposible distinguir nada del otro lado del vidrio, ya debemos estar llegando a la estación. Me preparo para descender, con manos inseguras palpo el contenido de la mochila. Exhalo con alivio. Tengo que cortarla con la falopa, me está comiendo la cabeza. ¡Casi me creo que soy un asesino! Deliré mal. Esa mierda me trastornó la memoria. Al menos tomé el tren correcto.

Se detiene. Me arrimo a la puerta, en el andén veo a mi hija con sus tres críos. La encuentro muy flaca y ojerosa, con pliegues oscuros debajo de los ojos. Los chicos me descubren y se abalanzan para abrazarme gritando mi nombre. El más chiquito y osado tironea la mochila, pero la retengo con fuerza. Saludo a mi hija. Evito mencionar al padre de las pequeñas bestias mientras ella rebusca en la cartera alguna moneda, seguro que no le sobran, así que hurgo en mi bolsillo. Con la distracción, mis nietos me quitan la mochila. Sonrío y me encojo de hombros, de todos modos iban a tener las calabazas le digo a mi hija. En ese momento nos llegan los gritos espantados de los nenes. No me atrevo a mirar, no hace falta. El más chiquito se aproxima balbuceando, sosteniendo algo entre las manos, con ojos desorbitados que nunca conseguiré sacarme de la cabeza. Entonces comprendo lo que repite sin cesar. ¡Es la abuela! ¡Es la abuela!