lunes, 7 de enero de 2013

La Prueba en La Prueba - Cuento de CF



Estando en Taller Siete, Sergio Gaut vel Hartman sugirió un ejercicio, armar una historia basándonos en una imagen. Un dibujo al azar para cada uno de los miembros del taller. A mí me tocó algo medio abstracto que interpreté como un asteroide orbitando un planeta con algunos arcos voltaicos aquí y allá. En esa época trabajaba como administrativo en unas oficinas de un anexo de La bolsa de comercio. El ambiente de esos lugares reúne a gente de todo tipo, pero se estimula muchísimo la competitividad. Y hay personas que sucumben muy mal cuando aceptan que la vida es ver quien es mejor y que opinan las personas sobre uno. Conocí casos en verdad muy tristes. Se me ocurrió hacer una historia sobre eso. Claro, se preguntarán que tiene que ver un asteroide con la rivalidad entre empleados de oficina. Bueno ahí es donde se demuestra que una historia de ciencia ficción abarca cualquier otro género literario. El cuento fue publicado en el Número 9 - Segunda Época de Alfa Eridiani.








LA PRUEBA EN LA PRUEBA

M.C. Carper





Una Misión de Exploración, una nave espacial y dos profesionales: Álvarez y Carter.

Ambos demostraron aptitudes elogiables. Habían competido durante décadas para participar en esa misión. Nadie antes había logrado alejarse de los puestos de avanzada espaciales en sólo tres saltos. Tuvieron dificultades para congeniar desde el principio. El genio de la Administración que propuso unirlos en una tarea conjunta no tenía la menor idea sobre incompatibilidad. Sin embargo, eran profesionales y sabían adaptarse a todo tipo de condiciones adversas. Como únicos tripulantes del Osadía I, se necesitaban el uno al otro.

Carter era un hombre de contextura cuadrada, todo era cuadrado en él. Desde la mandíbula hasta los hombros y los puños. Una sombra de cabellos rojizos coronaba el rostro macizo de ojos color cielo. Estaba de pie, apoyado sobre un codo en el asiento de piloto que ocupaba Álvarez. Le gustaba demostrar a cada momento su fuerza física. Muchas veces rompía las cosas que se disponía a reparar como por un descuido, una pequeña falta de control de su propia fuerza. Era un fanático de los deportes y había conseguido un par de copas en los torneos lunares de carreras a baja gravedad. Ahora que se había acostumbrado a las tareas de oficina, su abdomen y bíceps estaban redondeándose.

Álvarez era egresado del Laboratorio Astrofísico de M-57, cuna de casi todos los científicos de los Puestos Avanzados. Llegó a ser muy reconocido por la teoría del Transportador de antimateria en Agujeros de Gusano, pero para él no era gran cosa. En su interior, reconocía que el laboratorio necesitaba publicidad para recaudar fondos y la teoría había ayudado. Se tomó el puente de la nariz con los índices, contemplando el espacio exterior. Los ojos oscuros en el rostro afilado no miraban otra cosa, ignorando deliberadamente la presencia del otro.

 —¡Ahí está! Es el mismo espectáculo que capturaron las cámaras del Aventurero IV —dijo Álvarez—. Una roca de atmósfera tenue con extrañas fosforescencias en la superficie.

La sonda que había hecho el descubrimiento, el Aventurero IV, había dejado de transmitir después del contacto. No existían detalles de las razones. Carter lanzó un bufido y se dirigió a la consola de navegación.

 —Los sensores captan las radiaciones normales. Dispondré el lanzamiento de la primera sonda —anunció sin esperar la opinión del otro.

 —¡Un momento! ¿A qué te refieres con radiaciones normales? No tenemos la menor idea sobre esas fosforescencias en la superficie. No estoy de acuerdo.

 —Ya estudiaste los análisis previos. Nitrógeno, amoniaco y metano. Nada nuevo sobre este pálido sol. El diámetro de ese mundo es de dos mil setecientos kilómetros. Si no fuera por esas extrañas formaciones luminosas nadie se habría molestado en enviarnos aquí. El procedimiento del reglamento es lanzar la sonda.

 —¿Y si se trata de una forma de vida?

 —¡Ah! No he recorrido tantos pársecs para escuchar tus estúpidas especulaciones sobre los líquidos disolventes de la naturaleza —protestó Carter con hastío; los conocimientos de Álvarez lo enfurecían, más aún cuando ensombrecían su fama de “conocedor del espacio” en la base—. Ahí no hay ningún ciclo-del-agua, ninguna molécula se une a otra en sacos líquidos en esa superficie. Es un maldito fenómeno, sólo eso.

 —Me rehúso a activar la sonda. No tenemos la completa seguridad de que nuestras acciones pueden provocar algún daño a una forma de vida desconocida. ¡No puedes hacerlo sin mi consentimiento!

 —Lo reportaré —amenazó Carter, y no era la primera vez que lo hacía. Muchos investigadores habían perdido su empleo debido a los informes que Carter enviaba a los directores de la base. Se decía que los espacionautas con cargos superiores siempre eran reemplazados por el servicial Carter cuando éste comunicaba sus falencias a los directivos de la Misión.

 —Por supuesto —dijo Álvarez ante la amenaza.

Carter se apartó hacia una de las consolas laterales; fingiendo examinar un espectrograma. El temperamento volátil había enrojecido sus mejillas, detestaba el aplomo de Álvarez. Él era un hombre de acción. Decía tener una muchedumbre de admiradores en la base, casi todas jóvenes cadetes, a pesar de llevar un matrimonio admirable con una reconocida profesional en Propulsión, pero muchos desconfiaban de ese rumor, podían ser sólo fanfarronadas. Carter no entendía como podía estar en esa misión Álvarez,  un filósofo imbécil que había dedicado la mitad de su vida a viajar y escribir libros. Apretó los dientes, conteniendo el orgullo, y regresó junto a su compañero de misión. Estaba sólo a dos pasos cuando percibió el sutil movimiento en los monitores.

 —¿Viste eso? —dijo Álvarez con una media sonrisa.

 —¿Qué registró? Por la frecuencia yo diría que son… ¡Géiseres!

 —Llegan a los doce metros —comentó Álvarez mirando sus pantallas—. Hay calor debajo de esa cáscara helada.

 —¿Cuál es tu sugerencia, capitán? —preguntó Carter.

Álvarez lo miró. Deseaba descender. O mejor, hubiese preferido que ambos lo hicieran, pero ningún reglamento lo autorizaría. Conocía la ansiedad de su compañero por las entrevistas y ese tipo de reconocimientos. Sonrió para sus adentros y dijo:

 —Baja tú. Yo supervisaré todo desde aquí.

 —Bien.

Carter sentía ganas de cantar y bailar. Ser el primero en pisar ese suelo extraño lo llenaría de fama. Era mucho mejor que Álvarez, no necesitaba demostrarlo, por supuesto. No quería que un mentecato, seleccionado por casualidad, descendiese.

Hizo la comprobación de todos los sistemas, corroborados por Álvarez desde la cabina de monitoreo. Las luces de la cámara reguladora de presión cambiaron de color, anunciando la apertura de la compuerta exterior. Condujo la pequeña navecilla de exploración monoplaza con los propulsores de maniobras, lanzando diminutos residuos de luz al espacio. Era la herramienta más dócil para efectuar un planetizaje.

A través del comunicador oía a Álvarez haciéndole recomendaciones y alentándolo, prefirió cerrar el canal de comunicación. Detestaba su voz. Se juró a sí mismo que aquello no volvería a suceder: haría la próxima misión con conocidos, personas que nunca le cuestionaran nada. Hablaría con las autoridades de la Administración. Si en algo apreciaban su aptitud y valor, comisionarían a Álvarez para investigar la Nube Cometaria de Vega, el sitio más alejado y aburrido de la galaxia. Sonrió al imaginarlo. Momentos después, tocaba la superficie.

Revisó el traje para atmósferas hostiles un par de veces antes de salir. Piso el suelo del planetoide y camino haciendo gala de seguridad y entereza. Tomó muestras del suelo. Ya había plantado los instrumentos que transmitirían los resultados del análisis químico a diez metros del tren de aterrizaje.

Estuvo tentado a enviarlos como un informe personal a la base, ignorando a Álvarez, pero no encontró una excusa convincente. La actividad de los géiseres había desaparecido y, extrañamente, las luminiscencias tan visibles desde el espacio, no eran percibidas en ninguna dirección. En ese momento un enorme cuerpo celeste ocupó la mitad del cielo. No podía ser un satélite, no habían detectado ninguno.

Ahí estaba, una mole de roca con zonas iluminadas. Parecía que caía sobre el pequeño planeta. Activó el comunicador.

 —¡Álvarez! ¡Álvarez! ¿Lo ves? —gritó.

En la cabina del Osadía I, Álvarez se debatía con los controles para apartarse del rumbo de aquella mole. Su mente le advertía que algo andaba realmente mal. Ningún objeto celeste podía aparecer así, salido de la nada. La nave se desplazó con el empuje de los impulsores de babor. Estaba tan próxima a la imprevista luna que los sensores crearon un registro cartográfico perfecto. El llamado de Carter llegaba en ese momento.

—Lo veo y no lo entiendo, Carter —dijo Álvarez—. Nuestros sensores funcionan a la perfección pero no detectaron este planetoide. Apareció de la nada. Por la velocidad que lleva debimos toparnos con él antes.

—¿Cuánto tardará en ocultarse tras el horizonte? —rugió Carter; siempre le era más fácil estallar de ira cuando estaba lejos de las personas.

—Es demencial. En sólo diez minutos dejarás de verlo. Intentaré seguirlo. Tal vez si doy una circunvalación completa descubra por qué no lo vimos antes.

 —¡Nooo! No arriesgues la nave de esa forma. Mantén tu posición. Continúa monitoreando la zona de aterrizaje, mi posición.

 —¿Quieres retornar?

La pregunta tardó varios segundos en ser respondida; Carter odiaba tener que hacer algo parecido a una huida. Además, ése no era el único inconveniente: había realizado un descenso sobre la orbita ecuatorial, el mismo curso que estaba describiendo el satélite salido de la nada. Para evitar una posible colisión tendría que llegar a uno de los polos en su reencuentro con el Osadía I.

 —Voy en camino —replicó con amargura.



Respirando con fuerza para contener la ira, Carter voló hacia el Osadía I. Apenas abandonó la cámara reguladora de presión, se quitó el traje con violencia y lleno de furia se dirigió al encuentro de Álvarez; éste seguía en la cabina mirando impasible al exterior.

 —¿Qué pretendías hacer? ¿Dejarme solo en ese paraje? —le espetó.

 —Estabas seguro en la superficie —contestó Álvarez sin inmutarse—. El objeto tendrá que aparecer en dos minutos, teniendo en cuenta la velocidad. Siéntate y tranquilízate. Te he preparado un cóctel de ansiolíticos para que te repongas del sobresalto.

 —¡Una mierda con eso! —Gritó arrojando a un lado la bebida—. Si estoy alterado es por tu incapacidad para cumplir las funciones. ¡Eres un incompetente!

 —Ésa es tu opinión —respondió Álvarez, mirándolo fijamente; Carter tenía problemas para compartir los roles en un trabajo común—. Tienes la libertad de pensar así, pero no la autoridad para que yo lo consienta. Nuestra prioridad no son nuestras diferencias de criterio, sino el éxito de esta investigación. Debemos colaborar.

 —¡Palabras! Tus acciones te contradicen. No tienes motivaciones, no le pones pasión. ¡Jamás te enojas! No tienes sangre en las venas. Yo obtuve premios, fui condecorado en tres bases espaciales. Puedo mostrarte diplomas y recomendaciones de altas personalidades. ¿Qué tienes tú?

Álvarez sorprendió a Carter una vez más al responder con una carcajada. En ese momento cayó en la cuenta de que su compañero tenía grandes dificultades para controlar sus nervios. Apenas pudo reprimir su hilaridad, dijo con calma:

—Lo que ha sucedido contradice las leyes de la física. Nuestros instrumentos no están rotos, pues funcionan con normalidad en los análisis ajenos al planeta. Por consiguiente, creo que ambos hemos sufrido una especie de alucinación.

 —¡Mi salud es perfecta! —Se excusó Carter, sintiéndose agredido por el comentario—. Además, ¿cómo pudimos experimentar la misma alucinación?

 —No lo sé. Pero estoy seguro respecto a los instrumentos. Razona un poco. Nadie, ni siquiera en Control de Misión, percibió ese satélite gigantesco.

 —Hm —gruñó Carter.

En ese momento se iluminó el espacio sideral más allá de las ventanas. Las estrellas y el planeta desaparecieron para convertirse en un telón grisáceo. También se extinguieron las luces de los paneles y las consolas; sólo la luz del techo permaneció encendida. Oyeron una puerta abriéndose desde la sección de popa. Varios pasos y el murmullo de gente acercándose. Álvarez y Carter se miraron. Doce personas los saludaron, entre ellos estaban los médicos principales de la base. La Psicóloga en Jefe sonreía al presidente y al secretario, mostrándoles un notebook de pulsera. Los espacionautas recorrieron los rostros para reconocer la misma expresión alegre en todos. El presidente se dirigió a ellos con los brazos abiertos.

 —Álvarez, Carter. Los felicito —dijo—. Han pasado la prueba exitosamente. Como ya habrán descubierto, jamás partieron con el Osadía I. Ambos se ofrecieron para un experimento de convivencia espacial. Luego de las sesiones hipnóticas, recreamos esta situación de crisis extrema para registrar sus reacciones. La psicóloga está de acuerdo en que han superado todos los obstáculos. Ahora les daremos una dosis de descanso junto a la comisión acordada. Lo diré una vez más, caballeros: felicitaciones.

No hubo otras palabras. Los médicos los llevaron a sus camarotes. El Osadía I, o el plató que lo representaba, estaba atestado de personas yendo de un lado a otro. Álvarez dejó que su mente se aquietara. Quería meditar, pero algo extraño no le permitía olvidar los hechos. No recordaba en absoluto haberse ofrecido para esa prueba. Quizá la hipnosis había borrado algunos recuerdos; se sentía como un peón abandonado en un inmenso tablero de ajedrez. En la soledad de su cuarto intentó distraerse mirando por la claraboya que daba al espacio. Las estrellas correspondían al registro de las cámaras del Aventurero IV: en el exterior brillaban las mismas constelaciones que él había catalogado durante el viaje ficticio. Algo no encajaba. Mientras pensaba, llamaron a la puerta. Era la psicóloga y uno de los Jefes de instrucción. No traían la sonrisa de la primera vez.

 —Señor Álvarez, ¿cómo está?

 —Bien. Algo confuso, podría decirse. ¿Tiene efectos secundarios la hipnosis?

 —No. No tenemos ningún antecedente —se apresuró a asegurar la mujer—. Lo siento, señor Álvarez, pero no soy portadora de buenas noticias. Nos hemos enterado por el señor Carter de su conducta incompatible durante la Misión. En estos momentos, las autoridades de la Base están tomando una decisión al respecto.

 —Pues, confío en el buen juicio que tienen. Descubrirán que Carter me odia, aunque nunca le di motivos para ello. Me comporté como un profesional en todo momento.

Ninguno de sus interlocutores hizo otro comentario. Se retiraron dejándole con una vaga sensación de desasosiego. No podía creer en la bajeza del otro espacionauta; reflexionó y llegó a la conclusión de que las autoridades de la base descubrirían que se valía de mentiras y calumnias para convencerlos. El acto en sí era cobarde. Pues había expuesto protestas a sus espaldas. Trató de dormir, de convencerse de que de ninguna manera podían considerar un mal desempeño de su parte.

Al día siguiente, a primera hora, fue convocado por la Psicóloga. Ella había improvisado una oficina en la cabina del Osadía I. La expresión con que lo recibió fue una máscara impasible.

 —Siéntese, Álvarez.

 —Buenos días, doctora.

 —Sí —le extendió unos formularios—. Llénelos, tiene quince minutos para abandonar la jurisdicción de la base.

 —¡Me están destinando a Vega! Sólo los criminales son enviados allá. ¿Por qué?

 —Estamos haciendo una reestructuración del personal, lo lamento.

Álvarez completó los espacios en blanco y firmó por triplicado los papeles.

Se retiró envuelto en una furia contenida, sintiéndose estafado. Todos sus esfuerzos habían sido traicionados por la indignidad de las autoridades de la Base. En uno de los pasillos se cruzó con Carter; éste bajó su rostro, concentrado en la punta de sus zapatos. Le pareció patético y continuó hasta la salida.

Bajó la rampa del Osadía I. Ante él se extendía una pista que no conocía, era de noche. Volvió a estudiar las constelaciones. Ahí estaban otra vez, no eran las que podían visualizarse desde la Tierra. Se estremeció pensando que podía tener un desorden mental. Había sido manipulado y descartado. Luchó con su ira, tratando de recobrar la armonía que lo caracterizaba. Entonces todo se iluminó.

A su alrededor, desapareció la astronave y la pista. Varios cúmulos de luz se definieron frente a él, podía percibir a través de ellos, el mismo paisaje del planeta extraño, el que no había podido visitar. De improviso, las luces hablaron.

 —Álvarez, lo felicito. Ha pasado la prueba exitosamente.

 —¿Prueba? ¿De eso se trata?

 —Nos disculpamos por abusar de sus emociones. Creamos una situación de conflicto para contemplar su reacción.

 —Entonces… ¿el viaje en el Osadía fue real?

 —Desde luego. Fue una carnada, por así decirlo. Cuando llegaron, lo primero que detectamos fueron los pensamientos antagónicos en ambos. Mi especie considera que la diferencia entre los seres civilizados y los que no lo son estriba en la capacidad de superar los sentimientos por medio del intelecto. Si bien tenemos acceso total a sus recuerdos, no teníamos otra forma de esclarecer nuestras dudas que hacerles pasar por esta situación desagradable y esperar sus reacciones. La prueba de Carter devino en un rotundo fracaso, no entraré en detalles. Pero usted, amigo, ha demostrado que hay una línea genética en su raza que promete. Debo admitir que es escasa, ya que la gente de su especie no deja mucha herencia. Su colega Carter tiene cuatro hijos a los que legará sus aptitudes. Tal vez sea una cuestión de equilibrio natural. Sin embargo, deseamos que sepa que gracias a usted, permitiremos el diálogo entre nuestras civilizaciones.

 —No sé qué decir. Es que… No sé dónde estoy.

 —Está descansando en su camarote. Esto que experimenta es algo aproximado a uno de sus sueños, lo recordará perfectamente. Ya estamos estableciendo contacto con su Control de Misión.

Álvarez estaba inundado de alegría. Después de haber sufrido una horrible depresión, descubría que alguien reconocía su profesionalidad. Entonces se percató de un detalle que hasta el momento no había tenido en cuenta.

 —¿Y Carter?

 —Nuestra especie cree en el equilibrio por sobre todas las cosas. En este momento, su compañero de misión, viaja velozmente hacia la Nube Cometaria de Vega —dijo el ser-luz con satisfacción.



© M. C. Carper

jueves, 13 de diciembre de 2012

¿Amigo Imaginario? - M. C. Carper - Relato fantástico



El primer cuento que tiene como protagonista a mi personaje, Sálvat, lo escribí a los dieciocho años, mientras cursaba un taller de Expresión Plástica en la escuela Rómulo Raggio. Surgió por una necesidad de expresar las broncas y frustraciones que tienen todos los jóvenes cuando dejan la adolescencia e inician una vida de adultos. En un cuaderno esbocé las primeras diez historias que terminarían siendo cuentos. En esa época estaba muy entusiasmado con los cuentos de Theodore Sturgeon. Mayormente por el libro “Más que humano”. La idea de personas con talentos especiales me atraía muchísimo y el lado oscuro de ser así era. para mí, una consecuencia lógica. La primera versión de “Amigo Imaginario” fue comentada en Taller Siete. Recuerdo que mi amigo Erath Juárez Hernández hizo comentarios muy elogiosos. Es más, creo que desde entonces nos convertimos en amigos. Años después. Manuel Burón lo publicaría con cinco ilustraciones mías en la desaparecida Aurora Bitzine. Pues bien. Aquí está de nuevo en la web. Espero que les guste y lo comenten.





¿Amigo Imaginario?







¿Soy una bestia?

¿O soy humano?

¿Sólo soy como tú?

Realmente torcido

Alejándome de ti



¿Soy un demonio?

¿Necesitas saberlo?



(Am I Demon? de Glenn Danzig)











Una noche oscura, con la lluvia golpeando las calles desfiguradas por el abandono. Una mujer se esforzaba para evitar los charcos, azuzando a dos niños que temblaban empapados. El mayor no tendría más de diez años. Látigos de plata se abatían sobre el mundo desde las densas nubes. Bajo ese castigo, la mujer los arrastraba tratando de ignorar el agua que se colaba bajo su ropa. Tomó aire al reparo de un diminuto balcón tratando de reconocer el barrio. Hacia delante sólo se distinguían los arrebatos del agua ante un enloquecido farol. Ella recordó los árboles y la vereda de pinos con troncos casi negros. Pero fue el estruendo de la boca de tormentas, la enorme alcantarilla tragándose el improvisado arroyo, lo que la orientó. Los tacos de sus zapatos no facilitaron el cruce de la avenida empedrada. Volvió a irritarse y descargó su ira increpando a los pequeños.

Se detuvo un momento apoyándose en el alto muro. Sintió los ojos del mayor de los chicos perforando su nuca, un ligero temblor la estremeció y se preguntó por qué los iba a entregar a un infierno que había conocido en carne propia. Esos chicos no le gustaban, pero… no pudo pensar nada. Siempre que algo le molestaba con respecto a ellos los pensamientos se le nublaban y se hallaba pensando en algo reconfortante.

El dinero, se dijo

El dinero me ayudará.

Ya otras veces había padecido aquella sutil amnesia. Un molesto presentimiento le advertía que era cosa de los niños, que ellos la mareaban deseándole el mal, pero duraba menos de un minuto y nunca recordaba que había ocupado su cabeza antes.

Llegaron a la puerta de rejas y, tras un intercambio de palabras a través del portero eléctrico, se les permitió el paso. Un patio de lajas gastadas concluía en un edificio oscuro, de ventanas pequeñas y apagadas. Era como un enorme sarcófago ennegrecido por los años, macizo y silencioso. Un relámpago lo mostró como un bloque de ladrillos desnudos y erosionados. Diez minutos les demandó alcanzar una alta puerta de madera con varias capas descascarilladas de pintura verde.

Los recuerdos acongojaron el corazón de la mujer. Nunca había querido aquel lugar, hasta había llegado a odiarlo. No obstante, a veces lo echaba de menos, como a un amante abusador.

La puerta se abrió.

¡Pasa! ¡Pasa! dijo una anciana con gafas baratas de plástico negro. Se hizo a un lado y entraron a una antesala pintada de gris, un banco solitario se distinguía al fondo, cerca del reflejo de una puerta entreabierta—. ¡Estás empapada, Cristina! —Y mirándola con los ojos de alguien que conocía todos sus secretos, agregó—: Aún te niegas a usar paraguas, ¿no?

        Los odio, Doña Leticia. Como odio la lluvia y la noche  replicó la mujer quitándose el abrigo y tomando la toalla que le alargaba la vieja—. Como odio el invierno.

Las dos parecían ignorar abiertamente a los chicos. Al final, la anciana los miró y dijo sin  emoción:

Así que éstos son. Pasemos a mi despacho.



Entraron a una oficina y cerraron la puerta, dejando a los niños sobre el banco del pasillo. La vieja se sentó frente al escritorio, pero Cristina no se atrevió a tomar asiento hasta que se lo indicase.

Siéntate y habla. Acepté que los trajeras por lo que me dijiste por teléfono. Pero no mencionaste todo, te escucho.

Son ideales, Doña Leticia. Hace cuatro años que los conozco, no tienen padres. No están registrados y son ciento por ciento sanos, no han tenido una sola enfermedad.

¿Cómo es eso? Cualquiera se enferma.

Cualquiera,  pero estos no. En el laboratorio los cuidaban como porcelana.

Si son valiosos alguien los buscará. No me traigas problemas, Cristina.

No, ningún problema: allá no los quieren, nadie del  personal entiende por qué había que tener tanta condescendencia con ellos. Hace cinco meses que no reciben las donaciones y estos mesticitos…

¡Como tú, Cristina! ¿O ya te olvidaste de dónde vienes?

La otra hizo un  mohín de disgusto. Cuando podía comprarlo, usaba maquillaje para aclararse el cutis, toda su vida se había sentido discriminada por el color de la piel y no perdía oportunidad de dar el mismo trato a terceros.

Te criaste aquí al igual que tantos —le recordó la vieja—. Muchos logran ser buenas personas al salir. A las almas descarriadas que no logramos doblegar, estoy segura que nadie podrá salvarlas.

Entonces sólo importan sus órganos bufó Cristina.

¡Insolente! Doña Leticia golpeó la superficie del escritorio—. Podrías agradecerme el que no hayas terminado como banco de órganos, fueron muchas las veces que necesité corregirte.

Ya no vivo aquí, señora, vine para cerrar un trato —la sonrisa educada había desaparecido del rostro de la joven—. Algo beneficioso para ambas, otros pagarían sin pestañar por estos chicos.

Ambas se sostuvieron la mirada sin mover un músculo.

Así están las cosas dijo al cabo la vieja. Sacó un fajo de bonos multiuso de un libro y se los entregó—. Es más de lo que acordamos. Ahora te sugiero que desaparezcas y no regreses nunca.

Está bien. —Esta vez la sonrisa fue auténtica, no pensaba volver jamás.

Salió del despacho con prisa, deteniéndose un momento para mirar a los chicos. Le faltó fuerza para despedirse. Ambos la observaban, el más pequeño con la cara descompuesta por el llanto. Se alejó sin mirar atrás.

Doña Leticia salió cuando oyó la puerta principal cerrarse, y los estudió por encima de sus lentes. Desde el fondo del pasillo apareció una mujer muy obesa. Murmuró un momento con la vieja y después se acercó a los chicos.

¡Vamos! Gruñó indicando el camino—. Delante mío y sin chistar.

La siguieron hasta llegar a un amplio baño colectivo; los mingitorios aparecían en hilera ante los privados de gruesas puertas grises. Las paredes, llenas de humedad, lucían un desteñido color verde. Todo estaba frío, helado al tacto. Desde unas palanganas con agua subía vapor, la gorda los empujó hacia ellas. Oyeron el desagote de un inodoro y luego apareció un tipo flacucho con una mata negra de cabellos ensortijados.

¡Ya están los nuevos! —dijo con voz desagradable y ominosa.

Dos negritos comentó la obesa, que los despreció desde un primer momento. Sus cabellos castaños, casi rubios, le causaron una enfermiza envidia; los grandes ojos cafés le irritaron pues la miraban con desafío—: ¡Deja de mirarme así, mono!

Nunca te educaron, ¿no?  dijo el hombre acuclillándose ante ellos—. ¿Cómo te llamas? —El mayor frunció la boca y se miró la punta de los pies, sin emitir un sonido—. ¿Sabes que aquí se castiga la desobediencia?

Sin permitir una réplica, el flaco le retorció una oreja al chico. Este lanzó un alarido de dolor. Fue un grito para liberar angustia y miedo, todo su terror se amplificó en ese baño vacío. La gorda lo calló de una bofetada, dejándole cinco dedos marcados en la cara. Ambos se ensañaron con él. Su hermano, presa del pánico,  lloraba caído de rodillas sobre las frías baldosas. Entonces los recipientes con agua chocaron entre sí derramando el contenido por todo el piso. Los adultos cesaron el ataque al niño y se miraron preguntándose qué había ocurrido.

¡Qué extraño! Dijo Cabeza de Raspaolla—. ¿Cómo se volcó el agua?

¡Ustedes dos sequen todo! —Gritó la Gorda Grasosa arrojándoles unos trapos de piso—. Era la última agua caliente. Ahora, tendré que meterlos bajo el agua helada de las duchas.

Los desnudó y entraron tiritando bajo la ducha. Sin miramientos, la mujer los frotó con un cepillo enjabonado que les enrojeció la piel, luego les dio otras ropas y los condujo hasta un dormitorio gigantesco. 

Muchos niños dormían, pero dos o tres cabezas se asomaron entre las sábanas para ver a los recién llegados. La gorda los metió en unas camas lanzándoles una furiosa mirada antes de irse. Ni la calidez ni el olor a limpio de las sábanas les brindó confort. Se sentían solos en un mundo enemigo, temblaban, resistiéndose a quedarse dormidos, pero el cansancio de aquella terrible noche en que los habían sacado a la fuerza del único lugar que conocían, los venció, dándoles una breve paz.



A la mañana siguiente, los recién llegados fueron instruidos en las rutinas de higiene, los horarios del comedor y los recreos. Las edades de los niños con los que estaban oscilaban entre los cuatro y catorce años, pero había muchachos mayores en otros pabellones. Aunque pocas veces los juntaban con los pequeños, los abusos eran frecuentes. Sin embargo los celadores fingían no enterarse y era más riesgoso ser un protegido de la Gorda Grasosa o de Raspaolla, no sólo por ser odiado como alcahuete sino por las preferencias sexuales de esos celadores. Las reglas eran estrictas, la directora —a quién llamaban, la Vieja Buitre— había redactado un reglamento con los castigos correspondientes a cada delito, pero los chicos aprendieron muy pronto que no existen delitos si no se pueden probar o los testigos se niegan a declarar. En el orfanato los sentimientos preponderantes eran la camaradería entre los internos y el odio hacia los celadores.

Los hermanos, debieron ganarse su lugar por medio de los puños desde el principio. Transcurrido un mes, dejaron de ser novedad para convertirse en parte del lugar. Demostraron ser taciturnos y poco sociables, especialmente el mayor. La única persona que había conseguido averiguar sus nombres era la hermana Amelia, la psicóloga del instituto. Necesitaba material para un ascenso y consideró que el caso de los hermanos le serviría, por ello no tardó en pedir una cita con la directora del orfanato.



Amelia, la psicóloga, apagó el cigarrillo aplastando repetidas veces la colilla contra el cenicero de Doña Leticia.

¿Los estudios clínicos están bien, Amy? —la vieja siguió cada movimiento de la doctora mientras hacía la pregunta.

Son sanos, Leticia contestó la otra, escueta, con un nuevo cigarrillo entre los labios—. No es nada anormal, si tienen alguna mutación no es perceptible.

¿Mutación imperceptible? ¿Qué importan ese tipo de mutaciones si los órganos pueden ser útiles a nuestros empleadores?

La psicóloga la miró con cansancio, exhaló el humo hacia el ventilador de techo y dijo:

Hay muchas cosas que no comprendemos de nuestro decadente mundo —pensó en la peste que arrasó a la humanidad y en la contaminación que devastó al planeta reduciéndolo a un continente desértico rodeado de mares envenenados—. ¿Te parece que podemos darnos el lujo de hacernos los exquisitos? Tenemos que investigar cualquier anormalidad que aparezca. En esas mutaciones podría estar la esperanza de adaptarnos, de sobrevivir.

¡Tonterías! El destino del hombre está sellado por las mutaciones. La subvención que recibimos es inútil para corregir eso. No existe la esperanza, ni hay futuro. Somos los últimos vestigios de nuestra raza. Cada vez nacen menos humanos y más animales, dominados por sus instintos básicos.

—suspiró Amelia—. Sé que lo poco que queda de la civilización se está yendo al caño. Nosotros no somos gran cosa, pero fíjate en lo que nos rodea: en la jungla y los desiertos del sur viven en semi barbarie y no muy lejos, en el norte, está Dynektrom y los tecnócratas de Progreña.

No te desvíes del tema, Amy. La política me importa un cuerno. ¿Qué es lo que te pasa con esos chicos?

No chicos, chico. El que me interesa es el mayor, el de nueve, Sálvat —contempló un momento el cigarrillo, pensando en convencer a la anciana para recibir su autorización y estudiarlo—. Ese niño está aterrado, nuestras reacciones al temor pueden ser diferentes —explicó—. En un lugar como este, la única respuesta que puede comprender es la de la violencia.

Perturba y es motivo de conversación en los pasillos, es eso y nada más. Los celadores darán cuenta de él si se propasa. Si se torna un caso difícil me ganaré una buena suma vendiendo sus órganos a los seiyones de Progreña.

Ese chico necesita tratamiento, vive bajo una tensión terrible. Si lo hostiga, sólo provocará un desorden más agudo en su psique. Sospecho que manifiesta algún tipo de PES, me han comentado cosas. La mayoría de los celadores siente rechazo y pocos niños se meten con él. ¿Ha oído sobre los incidentes en el dormitorio y en el lavado?

¿Los ruidos? —indagó perpleja la anciana—. Descontaminamos todos los techos y no volvieron a oírse. No descarto este tipo de fenómenos, pero tiene que estar segura de lo que dice.

No lo estoy, pero dame tiempo con el chico y averiguaré la verdad. Conozco a gente que se mostraría interesada en su caso.

Deberán pagar por ello. —amenazó la anciana y la psicóloga suspiró. Apagó el cigarrillo y se marchó.



¡Buen día!

El saludo no tuvo respuesta. La mirada del chico estaba perdida en algún punto entre el cesto de basura y el paragüero. Ante él, separado por el enorme escritorio que olía a madera estaba la Hermana Amy.

Sálvat —dijo ella consiguiendo que la mirase—. Tu nombre es Sálvat.

—respondió en un silbido. En los anteriores encuentros la única reacción había sido el mutismo. Aquel “sí” podía considerarse toda una victoria. Amelia se animó a dar otro paso.

Tienes nueve años y tú hermano Dlanki, siete.

Sí.

¿Puedes decir algo más sobre ti?

No. ¿Usted qué es?

Aquello era imprevisto y fue bien recibido, se establecía un diálogo.

Soy doctora. Psicóloga.

Y monja.

Sí.

¿Va a estudiarme?

Me gustaría conocerte y ayudarte en lo que pueda.

Usted busca cierto tipo de gente. Investiga, yo no le importo.

No niego que mi interés sea profesional, pero sólo quiero tu bien.

No puedo confiar en usted; no puedo confiar en nadie.

¿Por qué?

Porque todos odian, envidian y mienten. Los pensamientos de la gente me atraviesan, siento su maldad.

Amelia anotó dos palabras en su borrador. El caso parecía más grave de lo que había creído.

¿Esquizofrenia? —gruñó el chico—. ¿Alopidol para niños?

La mujer releyó su anotación.

¿Cómo...?

Ahora ya estoy seguro. No puedo confiar en usted, es igual a todos. —él bajó de la silla y se retiró.



Los chicos corrían persiguiendo la pelota. Detrás de los arcos, la doctora y el preparador físico, los observaban mientras hablaban sobre Sálvat. En el campo de juego, el niño se mantenía cabizbajo, caminando sobre las líneas laterales, eludiendo lo más posible a la pelota.

¿Por qué no se une a los otros? ¿Tiene miedo?preguntó Amelia ante la imagen del chico solitario y el resto de los niños persiguiendo el balón.

Supongo, no sé. A veces está ido. Es posible que el juego no le interese —contestó el hombre con un silbato colgando del cuello—. No vi que se  golpeara. Pero le aseguro que ese chico es una fiera, se transforma. Un día tuve que usar toda mi fuerza para quitarlo de encima de Rossiter.

¿Tienes amigos?

Un par. Néstor, el pequeño y Juanca. El hermanito nunca se separa de él. Me enteré que hubo un incidente en los baños. Ya sabe, los mayores molestan a los chiquitos. Se rompieron dos puertas y un inodoro, hubo cuatro muchachos lastimados.

¿Un niño de nueve años puede causar esos daños?

Nadie quiso esclarecer el asunto. Trabajo aquí hace seis años y yo que usted haría menos preguntas, pocos de estos chicos conocerán la sociedad, no vale la pena interesarse en ellos.

La mujer se despidió e ignorando el consejo se acercó a Sálvat.

Hola —le dijo, mientras el juego se desarrollaba en el otro extremo del gimnasio.

¿En serio quiere ayudarme? preguntó el chico alzando los ojos.

¿Te da miedo jugar a la pelota?

Me dan miedo los que juegan con la gente.

La hermana Amelia se acuclilló ante él.

¿Quiénes juegan con…?

Debe evitar que jueguen con usted. El otro día, ellos la controlaban. Hoy está libre, debe mantenerse libre.

No entiendo ¿Quiénes son ellos?

Descubrí una forma para no oírlos —el chico hizo una mueca a modo de sonrisa—. ¿Le gusta la música?

Si, el Folk y algo de los hippies.

Eso no funciona enfatizaron los ojos oscuros del chico—. Me gusta el Heavy Metal, creo que a ellos también. Bueno… dudó unos segundos—. En verdad…todos ellos son sólo uno. ¿Le digo un secreto? —Está vez, el rostro se esforzó para dibujar una sonrisa¿Me creerá?

Si  asintió ella.

—Él adquiere la forma que se le antoja. La mayoría de las veces es una sombra escondida en las sombras. Cuando pongo la música bien fuerte no puede alcanzarme, sólo queda la música. Lo he visto balancearse de un lado a otro, moviendo la cabeza y los brazos, siguiendo el ritmo. El Heavy Metal es lo mejor.

¿Lo ha visto Dlanki?

—No logra verlo, pero siente su presencia. Es el único aquí. Muchas veces le susurra a las mentes de aquellos con los que juega. Un simple susurro y actúan como títeres. Hacen todo lo que les susurra, hasta puede obligarlos a hacerse daño.

El silbato del profesor de gimnasio llamó y Sálvat salió corriendo hacia el grupo.



Caía la tarde plomiza. El café seguía frío y abandonado en una esquina del escritorio.

Amelia se sentía incómoda por las palabras del chico. Había estudiado psicología por órdenes de las Hermanas Superioras, Había visto casos de doble personalidad y leído mucho sobre posesiones, pero hasta ese momento no los había creído del todo. Volvió a mirar los deberes de Sálvat en la clase de arte, los dibujos la impresionaron. Horrendos rayones histéricos de crayón negro con algunas raspaduras rojas, caras sin rasgos con brillantes ojos.

¿Qué pasaba por la mente de ese chico?

 Cuando el timbre sonó se alegró, su colega de la universidad había llegado y estaba ansiosa por hablar con él.

Pasa, Fredek. —lo recibió.

Fredek Glasco era de mediana edad. Su pelo comenzaba a aclararse pero su cuerpo lucia fuerte y atlético. Se sentó ante ella después de un fuerte apretón de manos. Cargó su pipa y tras degustar el humo lanzó dos bocanadas al techo.

Tu oficina es acogedora, Amy. Mucho espacio, algo atípico en estos tiempos.

Es el precio que exijo por mi silencio —respondió con despecho—. Es un trabajo, Fredek, si no es esto, son las interminables colas con bidones para agua y cajas de alimentos reciclados. Soportaré todo antes de vivir en un nicho, o en una vivienda colectiva. Pero no te llamé para que criticaras mi manera de vivir. ¿Ya leíste mis notas sobre Sálvat?

No es tan impresionante como crees. Es un niño índigo, un resultado de esta sociedad enferma su mirada siguió durante un instante las cambiantes formas del humo—. Demuestra actividades ritualistas con inclinaciones al autismo —dijo por fin—. Posee una gran imaginación, sólo eso. Medícalo y listo.

Prefiero no hacerlo. Algunas drogas perjudican al corazón o a los riñones. Los órganos se venden mejor si están sanos.

Respecto a los dibujos te diré que sufre delirios de persecución. Es tan paranoico que hasta comienza a temerle a su amigo imaginario. No hay lugar para un chico así en este mundo.

¿Y la música estridente? ¿Ese “Heavy Metal”que usa para no oír a…su amigo imaginario?

Un mecanismo de auto defensa, el ritmo acompasa la actividad cerebral. Lo extraño es que haya escogido esa música que hoy es tan difícil de conseguir. Es de la época anterior al cambio climático. Claro que las letras evocan  a supersticiones, al diablo, vida desenfrenada, drogas y alcohol —Fredek contuvo una risita—. Ese niño está desquiciado.

Supongo que tienes razón. Odia a todo el personal y a nadie llama por su nombre. Raspaolla, Gorda Grasosa, Vieja Buitre; a si se refiere a todos.

Me imagino quien es la Vieja Buitre. ¿Y a ti? ¿Como te dice?

Chismosa o La Chupa Tinta.

Já, já. ¡Qué chico retorcido!

La carcajada de Fredek fue cortada por un golpeteo insistente en la puerta.

Era Haydee, La Gorda Grasosa. Los ojos se le salían de las órbitas. Todo en ella eran nervios, estaba a punto del colapso.

¡Doctora! dijo al fin—. ¡Venga!

Toda una muchedumbre se había reunido en el comedor. Retorciéndose en el suelo estaba uno de los celadores. Los ojos dados vuelta, el pelo negro ensortijado y desordenado. Amelia descubrió que se había tragado la lengua. Una veintena de muchachos formaban un circulo a su alrededor, los miró a todos con una mezcla de desprecio y desesperación. Les gritó que hicieran espacio, el hombre se debatía consciente de la proximidad de su muerte. Amelia golpeó entre sus omoplatos sin ningún resultado, sintió impotencia al ver la cara del desdichado amoratarse. Entonces percibió una mirada perforándole la nuca, al volverse descubrió a Sálvat escondiéndose detrás de una puerta. En el mismo momento, el celador murió.

 Pobre tipo —comentó Fredek—. Esto es macabro. ¿Quién era?

 —Raspaolla —respondió ella cortante. Pero nunca se había sentido más desamparada.

Se abrió paso a empujones, traspuso dos puertas con violencia hasta un pasillo del viejo edificio donde las ventanas de vidrio permitían ver el patio frontal. El chico parecía fuera de sí estrujándose los dedos, ella notó que murmuraba y cerraba con fuerza los ojos. En un primer momento le pareció que hablaba con alguien, pero de repente, al sentir la proximidad de Amelia, se tapó los oídos y gritó:

¡Yo no fui! ¡Le juro que yo no fui!

Nadie dijo eso —replicó Amelia suavemente—. ¿Por qué lo dices?

¡Porqué es lo que piensa!

El aullido le erizó los cabellos de la nuca. Aquellos pequeños pulmones tenían una potencia estremecedora. En esos horribles ojos marrones no estaba el pedido de auxilio de antes. Ahora estaban llenos de decepción y desafío. Deseó verlo muerto, era un engendro, una bestia anormal que no merecía vivir. Sin embargo, la curiosidad profesional podía más. Si ganaba su confianza y descubría que clase de capacidad extrasensoria manifestaba, obtendría un gran éxito en su carrera…

 No soy un monstruo —sollozó Sálvat, apretando los dientes—. Usted me odia, no lo haga… por su bien.

¿Me amenazas? —la advertencia del niño le molestó.

No. Pero él… Él me protegerá de cualquiera, no puedo detenerlo. Se mete dentro de uno y sabe todo. Va a matarlos uno por uno.

¿Qué dices? se acercó ella, luchando contra el rechazo que sentía, lo acarició—. No todo lo que pensamos es como aparenta. Tal vez no existe ese… ente. Es posible que puedas hacerlo desaparecer, te ayuda…

No me cree. Ya  mató a Raspaolla y a la Gorda Grasosa.

Haydee está bien —aseguró la monja y al momento la invadió el terror.

¡Ohh! dijo Sálvat y se tapó la boca—. Aún no...

Amelia frunció el ceño apartándose del niño; queriendo huir al lavado para quitarse la sensación de asco por haberlo tocado. Corrió hasta el baño común,  tomó la pastilla de jabón y se la refregó con insistencia bajo el chorro abundante de la canilla. Después de secarse en la pollera oyó un sonido apagado en uno de los reservados. Con resquemor se dirigió hacia el origen del ruido. Derrumbada sobre el inodoro, yacía Haydee, la Gorda Grasosa, las manos comenzaron a temblarle cuando intentó examinarla.

Un maldito derrame, se dijo.

Ahora me cree.

La voz del niño le congeló la sangre y se cubrió la boca para ahogar el grito. Se volvió para enfrentar esos ojos.

Tú lo haces. acusó en un gruñido.

Yo no negó Sálvat—. Yo no. Ayúdeme. Aléjelo de mí,  por favor, tengo miedo.

¿A qué? Con tu poder no puedes temerle a nada.

¿Poder? Yo no soy, yo no soy ¡Yo no soy! el chico huyó gritando y casi derrumba a Fredek que se asomaba al baño.

¿Qué pasa aquí? preguntó el psiquiatra.

Haydee está aquí, muerta. Es ese chico, Fredek. No usaré píldoras, pasaré directo al electroshock;  hasta la lobotomía. Es… Él es… un monstruo.

Cálmate dijo Fredek con suavidad—. Debes relajarte. Estás sufriendo una gran tensión, han muerto dos personas. Ahora no resulta aceptable, pero ha sido así y nada me hace pensar que haya algún responsable.

La hermana Amy miró con seriedad al cadáver. Su cabeza bullía intentando recuperar el control. En ese momento llegaron otros asistentes y el médico de guardia. Después de cruzar unas palabras les pidieron que los dejaran trabajar.

Necesito un cigarrillo. —dijo Amy.

Volvamos a tu oficina. —sugirió Fredek.



Fueron varios cigarrillos. La voz de Fredek era relajante, tan profesional como podía serlo para inspirar confianza.

¿Cuál es la relación del niño con esas muertes? preguntó ella al vacío por tercera vez.

Ese chico te ha pasado sus miedos, o quizás despertó alguno dormido. Esa gente no tiene signos de haber sido asesinada. Un ataque y un derrame… es una horrible casualidad, nada más.

¿Qué me sugieres? ¿Qué haga terapia? ¿Qué vea a un especialista?

Entre ellos se alzó un largo silencio apenas interrumpido por las pitadas en la pipa. Fredek volcó el tabaco y desarmó el objeto de madera para limpiarlo. Se aclaró la garganta para decir:

Somos muy pocos los que estudiamos la mente en este mundo. Casi todo lo basamos en nuestras lecturas de libros antiguos. No existe hoy la investigación de campo pura, sólo recopilamos datos y comparamos los estudios de un viejo profesor con los de otro. Queremos creer que lo inexplicable es nada más un enigma oculto que podemos revelar armando rompecabezas lógicos o hallando la pieza faltante que acomoda todo para sostener nuestro concepto del mundo. Esa es la mecánica de pensamiento del escéptico y, vaya ironía, la del fanático. Pocas veces logré salir de ese esquema en mi experiencia, pero conozco un grupo de especialistas que podrían ofrecerte respuestas.

¿Qué clase de especialistas?

No he tratado con ellos directamente, presencié un par de seminarios; supongo que están organizados. Por aquí tengo una tarjeta —buscó en sus bolsillos y tendió un pequeño cartón violáceo hacia ella—. Llámalos; y si no obtienes nada, tómate unas vacaciones.

¿Me lo dice el psiquiatra o el amigo?

Fredek suspiró.

Para serte honesto, ambos.



El especialista era joven. Tenía Cabellos castaños, muy cortos. Vestía un gran pulóver gris, tal vez dos tallas mayor a la suya y pantalones colorados de corderoy. Sus ojos almendrados se le antojaron muy tristes a Amy. Había entrevistado a Sálvat y a Dlanki durante cuatro horas y salió riendo con ambos. Se presentó sólo como Angus. Esperó pacientemente que Amy terminara su conversación telefónica, sentado con las piernas cruzadas ante el escritorio. Con un gesto suave rechazó el ofrecimiento de un cigarrillo para quitarse una pelusa de su pulcro pulóver.

Amy colgó y le dedicó su mejor sonrisa.

Ante todo, muchas gracias por venir.

No hay por qué. A decir verdad, el agradecido soy yo. Esos niños son hermosos.

Hm —frunció los labios ella—. Es la primera persona a la que oigo referirse de esa forma sobre a ellos.

Es una pena oírlo. A veces, dependiendo de nuestro conocimiento, reaccionamos con temor ante lo que no se rige por las reglas de la mayoría. El temor predispone al sistema nervioso para entrar en acción y a eso le llamamos ira.

—¿Me está diciendo que todos aquí los odian por ser diferentes?

Es obvio, pero más los rechazan por no esforzarse en cambiar. ¿Usted les teme?

Presencié dos muertes y todo indica que Sálvat es el responsable, igual que de muchos otros accidentes —dijo ella sin tapujos, su doctorado la respaldaba para afirmarlo—. Lo que no logro descubrir es como lo hace, que clase de capacidad síquica…

¿No hay ninguna posibilidad de que no sea él? fue un eufemismo. Era evidente que  para Angus, más que una pregunta, era una afirmación de inocencia.

—Él me anunció que morirían y así fue. —insistió ella.

Está bien,  pero eso no lo hace culpable —acotó él—. La mente de ese niño recibe información que crea un conflicto con su entorno. Busca descubrir un código, una fórmula para que su mundo sea coherente. Se encuentra en el dilema de explicarle los colores a un ciego, en un mundo donde los ciegos ponen las reglas. ¿Se da cuenta? Niños como él pueden darle una oportunidad a nuestro futuro.

¿Usted lo ve como una especie de salvador? —la monja se dio cuenta que no recibiría ningún apoyo por parte de Angus—. ¿A qué organización pertenece realmente? ¿En qué se especializa?

En realidad prefiero prescindir del titulo de especialista, soy un estudioso. Al grupo que represento lo llamamos El Conjunto, tratamos de hallar una respuesta a los interrogantes del mundo. En ciertos campos somos los únicos dedicados a estudiar esos enigmas. Este chico, Sálvat, tiene la capacidad de percibir a otros seres del cosmos —se miró las uñas pensativo—. Quizás el termino “ser” es demasiado pretencioso, “cosa” es más acertado.

¿Sabe lo que es una superstición? —cuestionó Amelia queriendo poner en su lugar a Angus, que parecía ser un místico de pacotilla.

Comprendo su punto de vista —sonrió el otro—. En realidad no he venido a convencerla sobre mi parecer. Me llamó porque quería mi opinión, si usted tiene ya una formulada, sólo desea que otro se la corrobore, en eso no puedo ayudarla.

¡No! No, está bien. Quiero oírlo —replicó ella, considerando que toda opinión podía ser útil para su estudio—. Soy una persona de fe, además de haber estudiado psicología.

—Claro —asintió—.También respeto a la fe.

Hm  —replicó Amy encogiéndose de hombros. En la primera impresión, Angus le había parecido un tipo educado e interesante, pero ahora lo veía petulante y fanático. Por supuesto, ella pertenecía a la Santa Iglesia de la Resurrección y creía en las sagradas escrituras. En las mismas se nombraba a los demonios nacidos de la depravación. Criaturas inhumanas que podían ser identificadas por poseer poderes infernales. Si un ente estaba rondando a Sálvat, poco a poco tomaría el control de la vida del muchacho, entonces estaría perdido para siempre. Nunca se había encontrado con un caso de esos pero, si figuraban en los libros sagrados, debían ser reales.

Hermana —dijo Angus—, no se precipite a sacar ninguna conclusión. Permita que me lleve a los niños, prometo que la mantendré al tanto de todo lo que descubramos.

Eso sería costoso, la directora querrá cobrarle la subvención que da el gobierno por mantenerlos. Este orfanato recibe ingresos por cada niño ¿Puedes pagar dos millones de bonos alimenticios?

Esa cifra es…  Yo creí que…

Es lo que le representan a estas paredes.

Claro, el dinero es para usar en los internos, pero nadie sabe que existen —comentó Angus decepcionado—. No vale la pena que me quede. Esos chicos, como usted y yo, cumplimos un propósito. Nada evitará que así sea, interponerse es buscarse problemas. Es claro como el agua, que la energía de este lugar se está corrompiendo. Aquí no está en juego el bien o el mal. En ciertas esferas, esos conceptos no se diferencian. No desafíe a algo que la supera y es muy antiguo.

¿Quiere asustarme? ¿Está hablando del Demonio?

Ese es el nombre que le dan los religiosos y yo no lo soy. Me refiero a eso que usted sospecha. Si las muertes tienen relación con el chico, solamente los profesores del Conjunto pueden asistir a Sálvat. Así como murieron esos dos celadores puede morir usted.

Lo que sea —dijo ella terminante—, necesita de la mente de Sálvat para cumplir sus propósitos. Anulando esa mente, anularé el mal.

Espero que esté en lo cierto. —Le alcanzó una tarjeta personal—. Consúlteme sin dudarlo, cuando guste. Esperaré su llamado.

Amy tomó la tarjeta, la guardó con desdén y, sin decir una palabra, lo acompañó hasta la calle. Apenas Angus traspuso la entrada, las dos hojas de hierro se unieron de golpe con gran estruendo. A ella le extrañó pues no había ni la más leve brisa en el aire.



Amy despertó pasada la medianoche. Se oían pies descalzos en el pasillo. Presa del mal humor hurgó en la oscuridad buscando la perilla del velador.

¡Maldición!

No había electricidad. Tras las cortinas, afuera, el viento retorcía las sombras de los pinos. El golpeteo seco de piecitos volvió a oírse. De aquí para allá, y de vuelta al otro extremo. Las manos comenzaron a temblarle incómodas. Vistiéndose con premura abrió el cajón donde guardaba la linterna.

Pla, pla, pla, pla, pla, pla, pla, sonaba sobre las baldosas del pasillo. Se preguntó como sería posible que ningún celador estuviera poniendo orden.

¿Y los de la guardia nocturna?

Sintiendo sus pies pesados extendió los dedos temblorosos hacia el picaporte. El corazón casi le estalló al oír que azotaban la puerta desde el otro lado.

¡Hermana Amy! ¡Hermana Amy!

Tardó un tiempo en reconocer la voz de Sálvat. Cuando abrió, el chico se lanzó sobre ella abrazándose con fuerza a su cuerpo.

¡Está llegando! ¡Está pasando! —sollozaba sin dejar de temblar.

Se lo quitó de encima llena de odio y asco.

¡No vuelvas a tocarme, engendro piojoso!

¡Ayúdeme! ¡Ayúdeme! ¡Por favor! ¡Por favor!

¡Cállate! —el grito histérico reveló su temor. Al mismo tiempo se dio cuenta que nadie había despertado. Nadie llegaba corriendo al dormitorio.

¿Qué hiciste, diablo?

Por favor…

Eres la Bestia. Pondrás tu número a aquellos que corrompas. No me tendrás, maldito, no me tendrás.

Hermana… musitó él, pero ella ya se echaba a correr hacia la salida.

 En el pasillo descubrió cuatro celadores tendidos en el piso, tan muertos como un témpano. A su alrededor, detrás de las puertas, sintió las miradas malignas de los niños internados. Los dientes le rechinaron de pavor y un sudor espeso le empapó el cuerpo.

Enloquecida, corrió por las escaleras. En el patio había otros cadáveres. Detrás de las columnas y escabulléndose entre las galerías percibía la presencia de niños de ojos rojos divirtiéndose con su miedo.

El corazón golpeaba dentro de su pecho tratando de salírsele. Cobró ánimo y se arrojó ciegamente en dirección a la recepción. Resbaló golpeando duro contra el piso, un peso invisible la aplastó, inmovilizándola. Delante, vio a Sálvat cortándole el paso. Por el nudo en la garganta no pudo articular una silaba. Los ojos intensamente marrones del chico le parecieron fosas, se vio cayendo en esos pozos sin fondo. La desesperación amenazaba con hacer estallar las arterias de su cabeza, soldando su lengua al paladar, impidiéndole respirar. Se desplomó de costado sin poder contener los esfínteres. En ese momento recordó la tarjeta de Angus, tal vez eso hizo que aquello que se abatía sobre ella aflojase levemente la presión. El niño seguía allí, petrificado, clavándole la insensible mirada. Creyó que movía la cabeza negando, entonces una forma nebulosa y oscura, cayó entre ellos. La imagen se solidificó en una criatura alta y delgada, el rostro oculto por las sombras. Se inclinó sobre Amelia con movimientos burlones. No emitió ningún sonido, pero las palabras llegaron directo a la mente de la doctora.

— El niño y yo somos algo parecido a hermanos siameses. Fuimos concebidos para habitar en el mismo cuerpo. Él ya no puede conservar su independencia, me necesita para sobrevivir. Así que hicimos un pacto: cuando corra peligro, asumiré el control y me haré cargo. Me instalaré en lo profundo de su subconsciente, donde ni él mismo podrá encontrarme. Mereces saber eso, antes de entrar en el olvido.

 La negrura la comprimió contra el piso. Podía oír una confusión de voces. Hablaban de ella, de divertirse con ella. Lo último que percibió su conciencia fueron ojos rojos sobre una amplia sonrisa desfigurada.



La mañana se arrastraba bajo la presión de un techo espeso de nubarrones rasgados. El aire cálido cortaba la respiración y teñía todo de ocres y tierras. Dar los primeros pasos hacia la entrada provocó una gran incomodidad a Fredek. Hacía sólo  quince días había charlado ahí con su amiga, ahora todo le parecía diferente.

Doña Leticia, La Vieja Buitre, lo recibió con su sonrisa de reptil y su apretón de manos imperceptible. Una mano llena de arrugas y fría; como un guante de goma.

Bienvenido le dijo

Gracias replicó él—. No se oye un solo rumor aquí. ¡Tan calmo!

Nadie diría que viven casi cien chicos masticó la anciana—. En ese tarro hay unas golosinas, tome una y siéntese, Doctor.

¿Ha vuelto todo a la normalidad?

Fue más rápido de lo que imaginé. Por supuesto lo que pasó con Amelia perjudicará nuestra imagen. Y ha sido una fortuna que los intoxicados fueran sólo celadores. ¡Imagínese si uno de los niños hubiera muerto! Ya despedí a las cocineras. Lo de Amelia fue muy triste ¿Quién sabe que creyó cuando vio a los hombres desmayados? Es increíble lo que el stress puede causarle a una persona.

Ella me habló de Sálvat.

¡Ese chiquillo! Es uno de los líderes, no sé desde cuándo. Todo el grupito de los nenes de diez años lo sigue, creo que hasta los grandes lo respetan. Se ha adaptado muy bien a este lugar.

¿No es retraído? Fredek aún tenía presente la última conversación con su amiga, había una incongruencia ahí.

Amelia estaba enferma, imaginaba cosas. No quiero suponer que habría pensado de la muerte de Cristina…

         ¿Cristina? ¿Quién era?

Era la enfermera que encontró a los dos hermanos y me los trajo. La misma noche que los dejó aquí, resbaló por una boca de tormenta y se ahogó en las cloacas. Hallaron su cadáver hace un par de meses.

Tantas muertes…

La vida es así. Hoy estamos y mañana quién sabe. —La vieja lo escrutó con sus ojos de pescado. —El puesto de psicólogo está vacante si le interesa.

— No —sonrió Fredek. Luego agregó—: Pero le pediré un único favor, ¿podría hablar con Sálvat?

No es lo usual dijo la vieja arrastrando las palabras e interrogándolo con la mirada. Fredek comprendió y le dio dos bonos multiuso.

En la sala Seis, el cuarto Quince.





La música sonaba fuerte en toda la sala. Ningún niño parecía molesto, al contrario, varios seguían el ritmo con sus cabezas. El cuarto tenía seis camas en dos hileras de tres. En la más alta de la izquierda, estaba Sálvat. Bajó el volumen del reproductor de MP7s cuando vio a Fredek. Sus grandes ojos marrones lo observaron expectantes, no había interrogación en su mirada.

Hola, Sálvat.

Hola.

Pasé a saludarte. Soy amigo, era, de la Hermana Amelia.

Si, lo sé. Lo vi. En los baños. —asintió el muchacho.

Ella me habló mucho de ti. Me confió tu secreto. No supo por qué le decía aquello. Lo cierto era que la actitud del niño, su presencia, le resultó súbitamente ominosa, hasta siniestra.

La expresión de Sálvat apenas se alteró. No había aprehensión.

Le hablaste de un ser —continuó el hombre—. Alguien que mató a Raspaolla y a la Gorda Grasosa lo azuzó. Al mismo tiempo se sentía estúpido y comenzaba a sospechar de las palabras de la psicóloga.

El niño negó rotundamente con su cabeza.

¿No le dijiste nada de esto a Amelia?

Sálvat volvió a negar moviendo el rostro. En su profesión, Fredek se había entrevistado con internos de muchos institutos, incluso asesinos seriales. Los gestos del niño le recordaron a esas personas. De improviso, el pequeño cuarto se llenó de chicos. Todos los rostros mostraron animosidad hacia él. Fredek se apartó para dejarlos pasar. Varios pedían a Sálvat que reiniciara los mp7 del reproductor. El chico no se mostró taciturno sino que sonrió apartando a empujones a lo otros mocosos y salió corriendo al patio con el grabador bajo el brazo. Fredek se retiró confundido.

Quiso seguirlo, pero se sintió pesado. Abrumado por un punzante dolor de cabeza. Los movimientos de los chicos le atormentaron, como si todos estuvieran en su contra. Volvió sobre sus pasos, casi sin darse cuenta. Con un esfuerzo se giró para mirarlos, El sol en lo alto calcinaba el patio, los niños elevaban el polvo con sus juegos, ignorándolo. Continuar allí era insoportable, una voluntad insistente lo empujaba a retirarse. Intentaba razonarlo, pero sus instintos le gritaban que sólo estaría a salvo fuera, lejos. Caminó, dirigiéndose directamente a la salida.

Un sobresalto casi paralizó su corazón cuando puso los pies en la vereda. Tras él, la puerta de rejas se cerró con la violenta ira de unas manos invisibles. Un sudor frío lo recorrió.

Las fantasías de Amelia pueden ser contagiosas, pensó.

Reconoció que sentía un terror incontrolable por causa del niño. Tragó saliva y se juró no regresar jamás a ese lugar, deseando nunca volver a oír sobre un niño llamado Sálvat.